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Cultura

Impresentible: una distopía sensorial de Fabián Acosta

Dos de nuestras periodistas abren un diálogo sobre su recorrido por ‘Impresentible’. Invitados todos a leer.

María Fernanda Rodríguez y Nátaly Londoño Laura
03 Dic 2019 4:44:44 PM

Impresentible’, la obra experiencial de Fabián Acosta, Gabriel Hernández y Nelson Jara llegó al Teatro Cádiz en Bogotá para hablar de un futuro árido y desértico como resultado de una relación destructiva entre el hombre y los recursos naturales, en este caso: el agua. Esta pequeña crónica será un diálogo entre M y N con su experiencia dentro de los oscuros pasajes de este universo distópico que ocurre en el año 2106.

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M: Recuerdo haber viajado en el tiempo cuando entré a la puesta en escena. Para ser más precisa, 10 meses atrás. ¿Dónde estás? ¿Dónde tenemos que dar los pasos? Me preguntaba N cada vez que teníamos que cambiar de escenario en el Teatro Cádiz. Esa era la magia de esta obra de teatro: éramos parte de ella, no solo como público sino como actrices. Nosotras entrábamos en escena y salíamos de ella, como si estuviéramos abriendo y cerrando un círculo narrativo que cada vez era más árido. Entré para viajar en el tiempo, desnudar mis pies y, de paso, la memoria.

N: Por mi parte entré sin esperar nada a cambio, como quien camina por la vida hacia delante porque sabe que esa es la forma correcta de hacerlo, aunque debo admitir que había bromeado con la gente de la oficina sobre lo que nos íbamos a encontrar. Íbamos, digo, porque me encargaron la visita junto a M. ¡Tantas cosas surgen de la cabeza de uno cuando escucha la palabra inmersión precedida por la palabra teatro! Y sin embargo yo no iba viciada por reseñas o comentarios. Iba limpia, con mis demonios, limpia, como quien se quita la ropa completa para sumergirse en un estanque cristalino.

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10 meses atrás entendí el agua como recipiente de memoria. Pienso en el agua y no puedo evitar hacer materia de recuerdos todas las ‘cosas’ que se lanzan a los ríos en una búsqueda utópica de ‘olvidar’, como si el olvido fuera despojarnos de lo que agarramos con las manos. Pienso en los cuerpos despojados de vida que han flotado y se han hundido, buscando descomponerse de las memorias de los vivos. No es difícil pensar que aquel que pescó a las orillas del Lago de Siecha sembró en el agua toda su historia y ella recorrió el mundo: se hizo nube y luego llanto del cielo. Llovió. 

El agua en cambio, para mí, no estuvo relacionada a la memoria. O esa agua, al menos, no. Durante todo el recorrido tuve en la cabeza, revoloteando como mariposas, las cosas que nos dijo una chica que nos acompañó hasta donde el viaje empieza: “Este es un espacio para que se den la oportunidad de sentir, para que dejen salir todas sus emociones”. Y al abrir la puerta que te empuja a ese viaje, me sentí abrazada por la oscuridad de una noche a orillas del mar, por las historias de un pescador, y por una suerte de brevarios de podredumbres, es decir, fue el inicio de un recorrido macabro, a pies descalzos, hacia la falta ineludible de recursos naturales. Y de pronto, el miedo empezó a latir en mí como un animal furioso. Sigue tú primero, que siento miedo, le dije a M.

¿Susurramos? ¿Hablamos duro? ¿Qué hacemos? Eran preguntas que le hacía a N en silencio. Sé que ella se las hacía conmigo mientras transitábamos cada escenario. Era una complicidad silenciosa, la más bonita, la que se hace lenguaje con las manos porque no teníamos forma de mirarnos a la cara, pero sí de agarrarnos y saber que si alguna tropezaba la otra indiscutiblemente caería también. De eso también se trataba esta obra, de descubrirnos con el otro mientras caminábamos el mundo que le heredaríamos al futuro. 

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Y no solo eso, creo que esa complicidad silenciosa también nos amarraba a las dos de los sentimientos; a ese otro lenguaje que surge cuando no tienes boca; a esas emociones que te recorren el cuerpo cuando te sientes imposibilitada;  cuando sientes que estás ante una realidad aterradora en la que lo único cercano que te queda es tu amiga de la oficina; cuando sos consciente de que te estás gastando todo el agua del planeta, y por consiguiente, de que ni los animales ni las plantas, podrán sobrevivir a la premisa; cuando en los pies, la humedad no es más que una cruel añoranza mientras el polvo, de tan absurda sequedad, se ha convertido en diez mil granos de arena, cuando te das cuenta, como humanidad, que todo lo que hay a tu alrededor, es aniquilamiento... y por eso mismo tomás la mano de M cada que tenés oportunidad: es una necesidad muy básica, agarrarnos como bichitos hambrientos de aquello que posee vida...

Varias veces acepté la realidad: a esta distopía llegaríamos. No nos demoraríamos. ¿2106? No, más pronto sería. Me sentí egoísta, sucia, árida… desolada. He aceptado por mucho tiempo que la destrucción progresiva del planeta es inminente. Fui consciente de eso caminando cada espacio de la obra, cada interacción y cada diálogo de los cuerpos actorales conmigo. Tal vez ese es el secreto de ‘Impresentible’, hacernos pararnos de frente a nuestros peores pensamientos en un mundo que nunca fue nuestro, pero del que nos apropiamos. Tal vez ese es el logro de la obra: interpelarnos sin tapujos a nosotros mismos, incomodarnos, problematizarnos y llevarnos a lugares que, aunque sabemos que manejamos en la clandestinidad de nuestras sentires, los pensamos a diario y nos convierten en cómplices. No tenemos otro nombre.

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