Alto contraste
Cultura

Una crónica de lectura, dos sorbos de café y 'La maravillosa vida breve de Óscar Wao'

Tomar un café frío, leer a Óscar Wao y reconocer que la diversidad también camina con nosotros en el lenguaje. ¡Una crónica de lectura de 'La maravillosa breve vida de Óscar Wao'!

María Fernanda Rodríguez
15 Oct 2019 6:00 AM

Columna de opinión

La diferencia siempre ha tocado la puerta de mi casa. Soy una mujer bisexual y he llegado a ser marginalizada por lugares que consideraba seguros y donde ser diferente significaba ser tolerada, pero sin una pizca de interés de vivir mi diferencia. Fue por esto que cuando leí 'La maravillosa vida breve de Óscar Wao', de Junot Díaz, entendí, sin saberlo, que el personaje me susurraría al oído durante toda la lectura y haría un pequeño himno del destierro al que la sociedad y uno mismo se envía:

“Si estos años me han enseñado algo es esto: nunca se puede escapar. Jamás. La única salida está por dentro”.

Pero también del que uno mismo debe salvarse. El maldito fuku. El maldito fuku que me daría un cachetadón en la cara.

Recuerdo haber llegado a este personaje en un momento de mi vida donde estaba perdida: quería aprender y tragarme el mundo en dos bocados, era de tal forma que a veces el apetito rugía desde el centro de mi estómago. No me hallaba como sujeto en el mundo —pero más importante aún: como mujer— y no era un problema de conciencia personal, sino de lenguaje; no sabía convivir conmigo al nombrarme como una mujer ‘blanca privilegiada’, peleaba a diario porque no lo era, la única certeza que tenía era el maldito privilegio, y sí, digo ‘maldito’ porque parece convertirse en ello cuando no nos permitimos atravesarnos por los otros. La raza –y el género– me traspasaba incluso cuando veía a otro ser agredido por su color de piel. Sentía que el totazo era para mí pero me concentraba en dejar la huevonada y el egoísmo, despertar y darme cuenta de que la agresión era hacia el otro, hacia el negro, moreno, indígena. Hacia el distinto, ese parecido a mí.

Recuerdo que cuando leí el poema de Derek Walcott que antecedía al libro entendí que el himno del diferente podía encontrarse en la poesía. 

“Solo soy un negro pelirrojo enamorado del mar, recibí una sólida educación colonial, tengo algo de holandés, negro e inglés, así que o no soy nadie, o soy una nación”.

Y entonces Wao me dio el primer susurro: sabía que tendría una conversación de tú a tú con él, y que me hablaría a mí, a la mujer, a la hija de mestizos, mulatos, criollos, negros, indígenas; le hablaría también a la latina, a la hija del Abya Yala –la tierra en plena madurez, de sangre vital. 

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Foto: flickr.com

Oralidad total: la primera circunstancia de diferencia estaba allí, en el lenguaje. Los personajes nos hablan en un inglés lleno de español, dialogan así entre ellos, y la conclusión es breve: somos unos hijos-de-la-gran-puta que se la juegan por entender a un tipo que es gordo, negro, hijo de inmigrantes y que, a parte de todo, es un nerd que come libros porque quiere ser escritor. Wao nos raya la cabeza con su lenguaje en trabalenguas, un lenguaje que parece un conjuro que solo sucede con quienes tenemos guardado en el pecho la herencia de la magia que ocurre únicamente en América Latina. Todos tenemos el fuku —la maldición del destierro, la que se concentra en Santo Domingo: la ciudad a la que llegó la colonia y con ella, Cristóbal Colón. El origen. El mito de la historia latina que nos riega la memoria— y poco aprendemos el zafe. Sí, fuku es ¡Qué te jodas!, una apuesta al lenguaje desde el grito del norteamericanizado Fuck you, el zafe es lo que nos salva de la maldición. Por eso al leerlo soy una hija-de-la-gran-puta, porque me saboreo el vivir en el margen de ser latina, y sé que los lectores también.

Las imágenes de Wao, el colmo de él como un tipo que no sabe dónde está parado porque no encaja, incluso estando en un barrio repleto de dominicanos criados en Nueva Jersey, logran hablar de la diferencia racial que se hace tangible en la lengua, en la forma de crear el mundo desde la palabra, de amar, sentir y creer, pero siempre con una fuerte necesidad de irse al carajo y despertar en el origen: República Dominicana, el lugar donde su abuela, La Inca, vive. El lugar donde sus ancestros hacen un llamado a la tierra para que él regrese y así, finalmente lo haga, tal vez con un hilito de esperanza por salvarse del maldito fuku. Porque además de negro, era patético con las mujeres. Una obsesión que parecía hacer contraste con su imposibilidad de hallarse en el mundo.

De nuevo me estaba hablando a mí. 

Recuerdo restos de café frío en mi labios porque me sabía hediondo. Se me había enfriado desde el primer sorbo. Pensaba en las veces en que lo que no es latino es lo que esperamos perfeccionar: si hablamos inglés, hablémoslo perfecto, con acento, con un ritmito americano o cockney —sí, bien londinense—, porque hablarlo a lo arrastrado, a lo local, a lo identitario nos jode. Si viajamos es indispensable que nos veamos diferentes a los primermundistas y crear una relación vertical con ellos porque somos tercermundistas. Y si estamos en nuestro origen, necesitamos jerarquizar y marcar la diferencia: fuku negro, fuku mulato, fuku mestizo, fuku indígena, fuku a todos. Definitivamente estamos jodidos.

Me intenté tomar el segundo sorbo de café y supe que me quedaba con la imagen de la Mangosta, aquel animal que es aparición, como el milagro de la virgen para los católicos. Me quedaba con la idea del animal que salvó a Wao del suicidio, la representación de lo que somos: una diferencia que camina con las cuatro patas de América Latina entre lo real y lo maravilloso.

Nosotros.

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