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Cultura

A un año del estallido de la pandemia: cuatro gestores culturales reflexionan sobre la crisis

Arrojados al vaivén de las cuarentenas y restricciones, con el agua de la deuda al cuello, los espacios culturales independientes se resisten a morir. A un año de la llegada de la COVID-19 a Colombia, líderes de cuatro de ellos nos contaron cuáles han sido sus estrategias para mantenerse a flote.

Felipe Sánchez Villarreal
18 Mar 2021 3:40:40 PM

Nadie pensó que seguiríamos en estas, pero seguimos. Cuando el 6 de marzo de 2020 el Ministerio de Salud confirmó el primer caso del nuevo coronavirus en Colombia, el entonces enigmático SARS-CoV-2, nadie previó lo que vendría. Que lo íbamos a contener rápido, se decía. Que era cosa de unos pocos viajeros internacionales. Nadie, o quizá solo unos pocos, vio venir el desastre. Ni siquiera cuando el presidente Iván Duque declaró la emergencia sanitaria seis días después, el 12 de marzo, y ordenó las primeras medidas de contingencia, como la cancelación de todos los eventos públicos de más de 500 personas, que arrasó al segundo día con el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI) y continuó con una cascada inmediata de suspensiones: la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBO), el Festival Estéreo Picnic, el Festival Vallenato. Que era cosa temporal, se decía. Que en septiembre todo iba a estar bien.

Nadie imaginó la envergadura de la crisis: la cancelación de eventos culturales, los prolongados cierres, las quiebras masivas, los despidos. Ni siquiera cuando se confirmó la primera muerte por COVID-19 en Colombia, un 16 de marzo como el que acaba de pasar, o cuando la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, decretó un “simulacro vital” el viernes 20 de marzo, que mutaría de un chispazo en una cuarentena estricta a la que se sumaría el resto del país. Primero por quince días. Luego por otros quince. Por un mes. Y otro. Dos, tres, cuatro. Después inteligente y selectiva. Sectorizada. Abierta en diciembre; estricta en enero. Hoy, abierta de nuevo.

Y, entre aperturas y confinamientos, ya ha pasado un año.

Para el sector cultural y los trabajadores de la cultura este ha sido un aniversario particularmente aciago. La Organización Internacional del Trabajo (OIT), en un informe que publicó en enero pasado, subrayó el golpe asimétrico y desproporcionado que se ha dado entre “la pérdida generalizada de empleo en los sectores más afectados (en particular, los servicios de hotelería y restauración, el arte y la cultura, el comercio minorista y la construcción) y el aumento del empleo en varios sectores de prestación de servicios”. Una investigación de la Unesco sobre los impactos de la pandemia en las industrias culturales y creativas de América Latina, construido con información de diez países de la región —Colombia, entre ellos—, lo puntualizó en algunos datos alarmantes: hasta junio de 2020, se canceló el 83 % de las actividades programadas en las infraestructuras culturales y, en el segundo semestre del año, se registró una caída del 13,75 % en la creación de valor económico del sector en comparación con el mismo período de 2019.

Según esa alerta preliminar, el organismo estima, entre otras, que se perdieron diez millones de puestos en la industria del cine, que el mercado editorial se desplomó un 7,5 % respecto a 2019 y que un tercio de las galerías de arte redujeron a la mitad su personal. Como alertó Audrey Azoulay, directora general de la organización: “La cultura no debe ser olvidada en los planes nacionales, porque la recuperación económica no será posible sin ella”.

Las respuestas de las entidades estatales aún se perciben tímidas frente a este monumental desafío. En Colombia, y a la espera de un diagnóstico profundo —aún no se ha realizado un censo completo que dimensione la envergadura de la crisis para el sector—, podemos agarrarnos de un par de cifras que hay a la mano. Cifras, hay que decirlo, nada esperanzadoras. De enero a septiembre de 2020, según informó el Dane, se redujeron en 61.534 el número de empleos de "economía naranja" (las industrias culturales, las artes y el patrimonio punteando la lista roja) y un estudio de Gallup ubicó a los "profesionales de las artes, el diseño, el entretenimiento y los medios" en el segundo puesto de las ocupaciones más afectadas por la pandemia. 

Comparando los consolidados anuales de 2019 y 2020 del CadBox, la base de datos de la Asociación Colombiana de Distribuidores de Películas Cinematográficas que mide la taquilla colombiana, se calcula que cerraron más de 105 salas de cine y han estado apagadas alrededor de 600 pantallas: una reducción anual de al menos 60 millones de espectadores. Y un balance preliminar de la Cámara Colombiana del Libro mostró que, aunque no hay registro de que ninguna librería hubiera cerrado, en 2020 la caída de las ventas del sector estuvo entre el 20 % y el 25 %.

De enero a septiembre de 2020, según informó el Dane, se redujeron en 61.534 el número de empleos de "economía naranja"

Y es que basta con pegarse una vuelta por los distritos culturales de las ciudades colombianas para ver los letreros de arriendo clavados en las fachadas de decenas de teatros, galerías y salas independientes —los casos de Casa E o Cine Tonalá, dos de los espacios emblemáticos del ecosistema cultural de la capital, fueron el síntoma temprano del embate implacable que se venía con la crisis—. Y eso, como bien advierten los gestores con quienes conversamos para esta radiografía, es solo la punta de un efecto cascada: entre menos espacios de exhibición, menos entradas para los creadores, menos pluralidad de propuestas estéticas, menos oferta cultural diversa y más competencia (ya aguda antes de la pandemia) por los pocos escenarios que queden disponibles.

Frente a este panorama, en Canal Trece buscamos seguir articulando desde distintas orillas un diagnóstico vivo de las consecuencias que ha tenido este año de pandemia para el sector cultural, en estrecho diálogo con especiales periodísticos luminosos como #SOSCultura de la periodista Manuela Saldarriaga en el portal Cerosetenta o los reportajes de María Paula Lizarazo y María José Noriega en el diario El Espectador sobre el comportamiento del sector a un año de la pandemia. 

Para eso, hablamos a fondo con directores y gestores de cuatro espacios culturales independientes que han sido faros para el tejido cultural colombiano de los últimos años y que han logrado —desde las artes, el teatro, los libros y el cine— generar adaptaciones “exitosas” (entre comillas, porque, a pesar de seguir en pie, tendrán un año cuesta arriba, incierto y desafiante) para sobrellevar la crisis: Pilar Gutiérrez, directora de la editorial y centro cultural Casa Tragaluz; Alejandra Sarria, curadora de Espacio Odeón; Jorge Hugo Marín cofundador y director artístico del teatro y compañía La Maldita Vanidad, y Federico Mejía, director de la distribuidora de cine Babilla Ciné y la sala Cinema Paraíso.

Con el agua de la deuda al cuello, enfrentados al coletazo económico del cierre prolongado de sus espacios a raíz de las restricciones y hurgando en soluciones híbridas para mantenerse en pie (virtuales y físicas, de financiación estatal y privada, con donaciones de patrocinadores y apoyos de su público), la experiencia de estos cuatro proyectos puede arrojar luz sobre las arenas movedizas en las que camina la cultura un año después del estallido de la pandemia.

Algunas conclusiones preliminares: urge más articulación en los distintos sectores, diversificar las fuentes de ingreso para no morir si se corta el chorro de los apoyos estatales, aprovechar la conectividad para tejer redes regionales e internacionales y voltear la mirada hacia la pedagogía, los talleres y la formación de públicos. Lo anterior, claro, precedido por un grito de auxilio dirigido hacia el gobierno nacional y los gobiernos locales. Porque, para casi todos, más allá del discurso del emprendedurismo, el Estado debería echarse al hombro la salvaguarda y la garantía de un derecho fundamental como el del acceso a la cultura para que, una vez pase este ciclón pandémico, no queden solo naufragios.

I.

“Como editoriales no podemos depender económicamente de una sola feria”


Pilar Gutiérrez, directora de Casa Tragaluz

Ilustración por @eme_al_3 

Pilar, ¿cómo las cogió en Tragaluz el estallido de la pandemia en marzo de 2020 y cómo ves el panorama ahora, un año después?

La pandemia la recibimos con un susto aterrador: llegó el 13 de marzo, precisamente en la mitad de La Propia, la primera feria de editoriales independientes que organizaba la Casa Tragaluz. Era un ensayo al que le teníamos muchísima fe, hecho de manera muy casera, con nuestros recursos y de la mano de catorce sellos antioqueños. Era el gran momento para posicionar nuestro proyecto cultural. Con dolor en el alma, en medio de unos días que habían sido muy festivos, tuvimos que cancelarla al segundo día. Hubo un parón en seco. Cerramos y la casa quedó vacía, con banderines y todo. Fue un momento muy asustador, muy doloroso. Hubo llanto. Nos quedamos sentados en la casa diciendo: “Bueno, ¿ahora qué vamos a hacer? ¿De qué propuestas nos vamos a agarrar?”.

El concepto integral de la casa tiene distintas propuestas. Una era un café, donde la presencialidad era vital: allí queríamos organizar conciertos, exposiciones, conversaciones. Esa fue una agenda que murió. Pero al mismo tiempo teníamos el corazón del proyecto, la editorial, que cumplió quince años, con dos líneas: los libros del sello Tragaluz y nuestros servicios editoriales. Dijimos: esto está vivo, esto lo podemos seguir trabajando desde la virtualidad y lo podemos fortalecer. Tuvimos que abrir la mente al momento histórico que estábamos viviendo, porque empezaron a llegar unos servicios completamente distintos a los que habíamos trabajado. Por ejemplo, nos empezaron a encargar una gran cantidad de libros de cocina. Como al principio todos estábamos en casa, la cocina empezó a ser importantísima, y eso motivó a grandes cocineros a querer hacer libros. Con el equipo, al que le agradezco muchísimo, pensamos: si llegan libros de cocina, desde Tragaluz vamos a hacer los mejores libros de cocina que podamos. Y nos los vamos a gozar. 

Tuvimos que fortalecer, además, el trabajo que veníamos haciendo en redes sociales y en la librería virtual. Nos pusimos como meta volvernos unos tesos en la virtualidad. Continuamos en formato digital con nuestra librería de sellos antioqueños. Abrimos un chat colectivo con todos los editores y los invitamos a que mandaran sus libros. Esto se empezó a mover de a pocos, no inmediatamente, pero a lo largo del año las ventas nos arrojaron números muy interesantes. 

¿El encierro hizo que la gente comprara más libros físicos?

Sí, yo percibo que con la pandemia vino un renacer de la valoración y la apreciación del libro impreso. La virtualidad fue, de hecho, un aliado en ese resurgir. Por ejemplo, se armaron un montón de clubes de lectura que se reúnen en la virtualidad, pero piden sus libros físicos e impresos a las librerías. Eso es grandioso: cómo se van uniendo estos avances tecnológicos del mundo con unas experiencias ya conocidas, como el libro impreso. Veo con optimismo para el sector un fenómeno como ese, la cantidad de clubes de lectura que hay ahora es una locura. Es la manera como la gente se está relacionando cuando no puede verse en persona. Y lo hace a través del libro.

La gente quiere leer en libro impreso, porque está rendida de tantas pantallas. Para nuestra fortuna, se empezaron a mover los fondos de todas estas editoriales, nos empezaron a pedir libros que no son novedades, sino de hace cinco o seis años que no se movían mucho. Y como la gente ya tenía tiempo de investigar y leer más, el sector editorial se siguió moviendo muy bien. Desde todo ese dolor de la crisis, en ese momento tan difícil, fueron apareciendo oportunidades.

¿Cambiaron también los hábitos de lectura?

Sobre todo al inicio de la pandemia, la gente sintió que por fin tenía tiempo. Y tener tiempo, sin duda, permite acercarse a otro tipo de lecturas. Te encontrabas con mucha gente leyendo clásicos. Yo misma tuve la oportunidad de leer muchas cosas que tenía pendientes. Los primeros meses volvió esa lectura tranquila y era usual que alguien te dijera: “Me estoy leyendo En busca del tiempo perdido” o “Empecé El Quijote”. Porque recuperamos el tiempo para nosotros. Creo que si se hace un estudio de cómo revivieron los clásicos, la pandemia arrojaría unos resultados interesantísimos. Pero eso ya cambió. Ya percibo que volvimos a lo de antes: a ese ritmo vertiginoso. 

De ese proceso de adaptación, ¿cuáles fueron las transformaciones más hondas que tuvieron que hacer para mantener Tragaluz andando?

Una de las más importantes fue en la parte de distribución y ventas: a las librerías nos tocó fortalecer nuestros equipos de trabajo y nuestros canales de ventas. En Tragaluz teníamos a una sola persona y ya son tres, porque ahora son muchos más los canales que debemos atender. La otra estrategia interesante que encontramos fue desde el compartir: cómo compartir nuestro saber de la manera como hacemos libros para conseguir recursos. Nos pasó una cosa muy bonita y es que, empezando la pandemia, la caja de compensación Comfenalco nos llamó para montar un diplomado virtual en ilustración. Esa fue la oportunidad de aprovechar nuestros conocimientos para encontrar otras fuentes de ingresos. El diplomado empezó siendo sencillo, pero se creció repentinamente: abrimos la convocatoria y se inscribieron más de cuatrocientas personas a pesar de que los cupos eran solo para dos cohortes de treinta y cinco estudiantes. Fue sorprendente.

Como proyecto editorial, la pandemia nos enseñó sobre la importancia de la formación de profesionales y de públicos. Arrancamos con diplomados básicos que ahora tienen una faceta de profundización y están formando ilustradores emprendedores. Eso pasó en solo un año.

¿Cómo sintieron el impacto de la cancelación de la Feria del Libro de Bogotá presencial —quizá la noticia que más descolocó al sector, justo al comienzo de la pandemia— y su migración, como la de varias ferias regionales, al universo digital?

La cancelación de la FILBO nos obligó a una revisión profunda de cómo veníamos operando las editoriales y las librerías. Ese ritmo de ferias es un ritmo vertiginoso. Que no tuviéramos esas ferias presenciales que hemos tenido siempre, que implican una enorme cantidad de esfuerzos —trasladar a un equipo de trabajo, diseñar un stand, disponer gente para la venta—, hizo que empezáramos a mirar de otra manera cómo se movía nuestra economía anualmente. ¿Qué pasaría si esas ferias no existieran? ¿Cómo puede una editorial defenderse? ¿Cómo vivir de los libros sin ferias presenciales? 

Ya pensando como empresarios, lo que nos mostró este año es que los editores o artistas no deberíamos depender tanto de esos momentos, sino hacer un diseño de nuestra operación que nos permita tener una venta anual mucho más equilibrada y constante. Entiendo que para unos, sobre todo a quienes los cogió de sorpresa y no habían desarrollado una página web o una tienda virtual, no fue tan fácil y no tuvieron de otra que cerrar. 

Además, las ferias en las que estuvimos presentes, que se realizaron desde la virtualidad, nos hicieron ver una cosa muy interesante y es que con la virtualidad desaparecen las fronteras. No solo en términos de llegarle a lectores nuevos sino en términos de presencia: poder estar en la Feria de Guadalajara sin tener que ir allá, con todos los costos que eso implica. O cómo otros pueden estar en la Feria del Libro de Bogotá sin tener que estar acá. De pronto las ventas fueron menores, pero el impacto de los contenidos fue muchísimo mayor: se abrieron las fronteras. Yo creo que nos estábamos volcando a una labor muy comercial en las ferias, olvidándonos de que las ferias deben tener un equilibrio: son tan importantes las ventas como la verdadera promoción de lectura, la generación de contenidos culturales. 

¿Qué aprendizajes compartirías con proyectos editoriales que la están pasando mal o que no saben muy bien cómo hacerle frente a la crisis?

Ha sido un año duro, pero este es un sector muy resiliente. Estamos acostumbrados a que la situación nunca es fácil, pero con bases sólidas es posible salir de la crisis. El primer gran aprendizaje, en términos coloquiales, es que no podemos ser tan extraterrestres. Si queremos vivir de esto y mantener nuestros propios proyectos, los editores, libreros, escritores e ilustradores nos tenemos que formar en otras disciplinas y habilidades: a administrar recursos, por ejemplo, o a entender a fondo temas de gestión de una empresa. 

Para quien hoy, en plena pandemia, esté empezando con una editorial o una librería independiente, le daría dos consejos: primero, métase en el mundo de la virtualidad, porque esta fue la salvación de muchos de nosotros; segundo, concíbase como empresa. Aunque sean productos y servicios distintos, tanto su vecino que montó una empresa donde vende empanadas como usted, que vende libros, necesitan en la práctica de una estructura empresarial. 

Y el último gran aprendizaje, que todos sabemos y repetimos mucho pero no ponemos en práctica, es que unidos hacemos mucho más. Que editoriales independientes antioqueñas hubiéramos abierto un chat, nos hubiéramos unido para estar en una librería, hizo que nos sintiéramos apoyados entre todos y que compartiéramos ese saber de cada uno y nos diéramos la mano para sobrevivir. Asociarnos y trabajar juntos es clave.

En mayo, ustedes, junto con otras cuatro editoriales independientes, renunciaron a la Cámara Colombiana del Libro por, como dijiste antes, no verse “representadas por un gremio que privilegia los intereses comerciales […] sobre los contenidos culturales”. ¿Cómo pensar una articulación del sector editorial a nivel nacional si instancias como esta, que naturalmente parecería que es la que debería agremiar al sector del libro, no parece estar representando a todos?

Más que una crítica, nosotros hicimos un llamado de atención necesario. La Cámara Colombiana del Libro nació en la capital y, como todo lo que nace en el centro, corre el riesgo de quedarse ahí. Si no se hace una labor realmente amplia y comprometida, lo más fácil es quedarse mirando lo que hay más cerca. Y eso es lo que ha pasado. En Colombia, las editoriales independientes están creciendo, cada vez son más, entonces uno no puede, como pasa mucho en la Cámara, solo pararles bolas a las editoriales bogotanas. No: hay editoriales independientes en la Costa, en Antioquia, en fin. 

Esa carta que firmamos fue un momento importante para el sector. Más que salirnos porque sí, fue un campanazo para que su equipo de trabajo hiciera una investigación y conociera más de lo que está pasando en el resto de Colombia. Porque finalmente todas esas voces de autores y escritores son voces de país. Si nosotros al hablar de una Cámara Colombiana del Libro estamos representando nomás a editoriales de Cundinamarca, no estamos haciendo la tarea completa. Quisimos tocarles la puerta y decirles: ustedes son importantes, nosotros necesitamos ser representados, pero en este momento no estamos viendo esa representación.

Eso tuvo, además, un ingrediente económico. En un momento como este, todos estamos muy mal de recursos, entonces hay que mirar la lista y ver en qué nos estamos gastando la plata. Y uno de esos gastos era la afiliación a la Cámara, de la que no estábamos viendo ningún retorno. Como cualquiera lo hace desde una economía muy casera, eso nos llevó a decidir que, por ahora, debíamos quitar ese gasto. En todo caso, tenemos mucha comunicación con ellos, estamos abiertos al diálogo y reconocemos la labor importantísima que siguen haciendo por el sector.

Hubo campañas desde la Cámara como #AdoptaUnaLibrería, que intentaban rescatar financieramente a las librerías con donaciones vía crowdfunding al comienzo de la crisis. ¿Funcionó? Y, por otro lado, ¿crees que han sido suficientes y eficientes los apoyos de las entidades estatales al sector editorial?

Me parece que ha habido buenas iniciativas, pero decir que son suficientes es decir mucho, porque por supuesto no lo son. Lo que pasa es que campañas como esa fueron conejillos de indias a los que tocó recurrir de forma muy precipitada: estaba apenas empezando la pandemia, ya venía la FILBO, entonces tocaba enfrentar la crisis a una velocidad impresionante. Cuando llegó, meses después, la Fiesta del Libro de Medellín, ya teníamos un camino recorrido porque habíamos visto la experiencia de la Cámara. Yo pienso que hubo una buena intención, lo sacaron adelante y, en un momento de emergencia, todas esas ideas son bienvenidas. 

El tema es que, para mitigar verdaderamente la crisis, no alcanza con apoyarse sobre esas estrategias y ayudas esporádicas. Eso aprendimos nosotros: como editoriales no podemos depender económicamente de una sola feria o, como librería, no podemos depender de una campaña de crowdfunding. No: tenemos que armar una estructura lo suficientemente sólida donde esto llegue como un ingreso adicional, como un complemento. Pero evidentemente eso no es lo que nos va a sacar a flote; para eso tendría que ser una campaña de muchísimo dinero. Y no lo hay. 

Hablando sobre la migración obligada a lo digital, que, según dices, ha sido un enorme salvavidas, hace unos meses hubo una discusión a raíz de un pronunciamiento de algunas librerías independientes sobre la entrada en Colombia de la plataforma Buscalibre, que para muchas representa un riesgo. Tanto Buscalibre como Amazon, con infraestructuras de distribución muy sólidas y grandes descuentos, se han potenciado y los libreros perciben allí una competencia injusta. ¿Cuál es tu lectura de esa fricción? 

Es un tema sensible y delicado que debemos mirar con muchísimo cuidado. Estamos en un mundo en el que siempre va a haber una convivencia de modelos comerciales, como sucedía antes en la pelea de las editoriales independientes con las grandes editoriales. Yo creo que nos debemos concebir como complemento. Las pequeñas editoriales son interesantes en la medida que existen las grandes. Lo mismo con las librerías: eso que podemos ofrecer nosotros como librerías independientes es muy distinto a lo que puede ofrecer un Buscalibre o un Amazon. 

Sabemos que esos negocios en principio significan una amenaza y nos asustan, pero también nos deben llevar a revisarnos y a pensar cuál es nuestra oferta de valor. ¿Qué es lo que ofrecemos distinto las librerías a un comprador que no le va a dar Amazon? Yo creo que sabemos la respuesta: las librerías independientes son espacios de encuentro donde, más que comprar un libro como pura mercancía, hay otras vivencias, programación cultural, hay una curaduría particular, una relación de intimidad y cuidado de los libreros con los compradores, hay conversación y otras redes afectivas. Eso nunca lo logrará Buscalibre. 

Lo que hará esa competencia es exigirnos, porque el mundo no va a dejar de presentarnos propuestas tipo Amazon. Seguirán existiendo y habrá más. El gran reto es: ante esas propuestas que nos asustan, qué vamos a proponer nosotros. Las librerías son proyectos culturales más complejos que desbordan la mera venta de libros y, por eso, ya no pueden ser las de hace muchos años, las librerías de mostrador con alguien sentado detrás de un mueble. 

En esa línea, ¿cómo ves la relación actual de los lectores con los espacios ahora que van a reabrir? ¿Hay alegría por el regreso o predomina el miedo?

La alegría del regreso a la presencialidad está, pero el miedo se siente latente aún. Nosotros hemos sido muy conservadores, no hemos abierto en forma en todo el año. Estamos proyectando volver a recibir público desde el 21 de abril. Nos estamos preparando y nos hace mucha ilusión. Siento que poco a poco nos hemos ido familiarizando con todo este mundo de la distancia y los protocolos. Hemos tenido unos pocos eventos con aforo reducido. A un año de pandemia, yo siento todavía un poco de temor y algo de nostalgia. Lo que buscaba la Casa Tragaluz era el encuentro y con el encuentro viene el contacto, pero eso no será posible en un buen tiempo. 

¿Cuáles consideras que serán las secuelas a largo plazo en el sector del libro a raíz de las limitaciones y transformaciones a las que ha empujado la pandemia?

Desde mi mirada, creo que todos los efectos van a ser positivos. Tengo una mirada muy optimista. Y no solo del libro, sino frente al sector cultural. Aunque hay sectores que han sufrido de manera particular —como el teatro, que depende de la presencialidad y los aforos—, creo que el público fue más consciente y reconoció cómo el arte es completamente necesario para la vida humana. Ese reconocimiento va a traer un momento muy importante para las artes. El momento más duro, la sorpresa de hace un año, ya pasó. Si logramos seguir adelante, lo que viene va a ser muy bueno. Como lo han mostrado momentos de crisis, como ha pasado después de las guerras, vendrá también una ola intensa y creativa de propuestas culturales robustas y distintas. Todos saldremos renovados.

Para cerrar, ¿qué llamado haces a las autoridades y al gremio, desde tu rincón como editora y como gestora cultural, para apoyar a quienes no la están teniendo tan fácil?

El gran llamado que hago yo es a que nos unamos más. A que nos conozcamos más. Si hacemos una reunión de todos los editores independientes en Colombia, la sorpresa sería impresionante. La posibilidad de hacer esos encuentros nos va a permitir, por ejemplo, una comunicación muchísimo más clara con el Estado. Siempre le estamos exigiendo a los funcionarios del gobierno que por qué no saben de tal cosa, que por qué no están enterados, pero en la medida que entre nosotros nos unamos y nos conozcamos y hablemos, le podemos llegar al Gobierno con unas propuestas mucho más claras para que ellos sepan qué hacer con sus presupuestos. Y seguramente de esas conversaciones vendrán luego soluciones.

II.

“El teatro será fundamental para recuperar nuestro tejido emocional”


Jorge Hugo Marín, director de La Maldita Vanidad

Ilustración por @eme_al_3 

Jorge Hugo, ¿cómo los cogió en La Maldita Vanidad el estallido de la pandemia en marzo de 2020?

Definitivamente para La Maldita hubo un antes y un después de la pandemia. Antes de comenzar, hace un año, contábamos con una infraestructura que incluía dos salas de teatro pequeñas y un hostal para residencias artísticas de creadores que traíamos a Bogotá de otras regiones de Colombia. Por la crisis, tuvimos que cercenar la mitad de esa infraestructura. Justo esta semana hace un año teníamos un proyecto con una programación muy interesante que se llamaba 'Cruce de pensamientos', que hacíamos entre Grecia y Colombia. Traíamos dramaturgia contemporánea griega, autores y autoras menores de cuarenta años traducidos al español, y todo se canceló de último minuto. 

Quedamos con una sola sala y tomamos la decisión de transformarla, que era algo que teníamos planeado desde hace mucho tiempo. Durante los primeros meses, tuvimos que reorganizar la fundación y replantear qué era lo esencial, qué quería la compañía, a dónde quiere proyectarse. Aprovechamos ese trance tan complejo para revisar todo con un objetivo en mente: no íbamos a morir, teníamos que lograr pasar la crisis de la mejor manera.

Nunca pensamos que esto iba a ser tan largo. Durante esa etapa inicial, fue el público el que nos salvó. Muchos seguidores del proyecto vieron lo que estaba sucediendo y comenzaron a hacer donaciones, algo nos permitió tener un poco de sostenibilidad la primera mitad del año. Rápidamente comenzamos a crear proyectos en alianza con entidades públicas que nos ayudaron a navegar la situación, no cubriendo el déficit, pero sí permitiendo que hubiera proyectos nuevos para ir cubriendo las deudas que nos iban quedando.

¿Y cómo está la situación ahora?

Tuvimos que reformar nuestra infraestructura. Antes La Maldita eran pequeños espacios que le daban una identidad poderosa al teatro que hacíamos, pero ahora va a pasar muchísimo tiempo hasta que podamos reabrirlos. Por eso nos tocó reformar: por los protocolos las condiciones cambiaron, entonces nos tocó rearmar todo de forma creativa. Igual hemos podido seguir creando. Hemos hecho producciones virtuales y, sobre todo, hemos encontrado una fuente de ingresos importante a través de proyectos pedagógicos. La Maldita tuvo suerte, porque habíamos tejido una red muy grande de apoyo en el exterior: como hemos ido a muchos festivales internacionales había muchos seguidores nuestros que, cuando empezamos a dar talleres virtuales, se inscribieron desde México, Ecuador, Perú, España, Brasil. 

Exploramos también la mezcla de directores teatrales con directores audiovisuales y varias de esas obras estuvieron en temporada a fin de 2020. Entre octubre y diciembre tuvimos la primera reapertura con dos espectáculos. La gente estaba asustada pero empezamos a generar la confianza y, durante este año, hemos estado en ensayos con el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo y el Teatro Colón para dos obras que presentaremos, y concentrándonos en la reapertura de la casa. Hay que picar por todos lados.

Las artes escénicas han sido uno de los sectores más afectados por la crisis. A raíz de las medidas de distanciamiento social, los cierres y la restricción de aforos, el teatro ha sido uno de los últimos en poder reactivarse. ¿Cuál ha sido la estrategia para mantener La Maldita Vanidad a flote?

A nosotros nos salvó ser un equipo. Éramos muchos pensando en cómo mantener y sostener esto. Unos comenzaron a pensar en los talleres y la parte pedagógica, otros se pusieron a pensar en qué iban a crear para la virtualidad artística, porque no nos entendemos con el tema de grabar obras. Pero empezamos a explorar y a jugar. Escribiendo proyectos empezamos a ganar financiación. Soluciones diversas de ese tipo solo son posibles con el junte de muchas voluntades. Y las voluntades que unen a La Maldita afortunadamente han permitido que sigamos en pie. 

Ha sido muy nefasto ver muchos proyectos parecidos a nosotros desaparecer. Ha sido triste y fuerte: eso es un retroceso enorme de una gestión de muchos artistas y empresarios y gestores que apostaron por proyectos culturales y ya no están, como Casa E o Tonalá o algunos teatros vecinos al nuestro que no la lograron. Ahora solo vemos la punta de la crisis: creo que no dimensionamos aún los verdaderos impactos que dejará para el sector el derrumbe de esos ecosistemas.

¿Cuáles consideras que serán las secuelas más graves, a corto y largo plazo, que tendrá la pandemia para el sector de las artes escénicas?

Lo primero son las infraestructuras que desaparecieron. Eso, además de a los artistas y gestores a quienes les afecta directamente, sin duda transformará la dinámica de un público que circulaba por barrios como el nuestro, en el que había ya un circuito de espacios para la cultura. En la década de 2010 a 2020 la formación de público en teatro había crecido, había muchas opciones, vida cultural. Hay que ver ahora con esto qué va a suceder. Y no solo en términos de infraestructura, sino que muchos colectivos teatrales están compuestos por maestros mayores que no pueden correr riesgos de exponerse al virus y no han podido volver a los ensayos. 

Lo segundo es el sablazo al ecosistema teatral. El de Bogotá no lo formaba solo gente de Bogotá. En su mayoría eran artistas que venían de otras ciudades y se formaron acá en escuelas de teatro. Muchos de ellos, a raíz de la pandemia, tuvieron que irse. En nuestra compañía hay varios actores a quienes nos ha costado volver a traer porque queremos que vengan con buenas condiciones y no podemos costearlo. Ese ecosistema era diverso, regional, y ahí quedará una fractura enorme que quién sabe cómo vamos a solucionar.

Por otro lado, la economía de la ciudad está golpeada. Y la cultura, lamentablemente, es el último eslabón en el que se piensa. Nuestra sala actual, que tiene un aforo de cincuenta espectadores, solo puede recibir a catorce con la normativa actual. Eso no es nada. Para poder sostenernos con ese bajísimo aforo, eventualmente tendremos que poner la boletería un poco más alta. Y eso va a generar que alguna población que antes asistía, a la que le podíamos ofrecer muchos descuentos, no vaya a poder venir y costear una entrada al teatro. 

¿Y es rentable?

No, no es rentable para la casa ni para el grupo presentarse en este momento, pero necesitamos hacerlo para empezar a crear el hábito del público de nuevo. Esa es la apuesta. No tenemos otra opción. Por eso, muchos teatros se resisten a abrir aún. Estamos en un tire y afloje todo el tiempo. Nosotros creemos que debemos empezar a generar de nuevo un flujo de público: no es que uno abra y ya las salas se llenaron. Toca trabajarlo. 

Necesitamos encontrar un equilibrio que nos permita que se sostengan los espacios, pero aún no sabemos bien cómo hacerlo. Veremos si esta reapertura es de tiro largo y no nos toca volver a cerrar en dos meses, como ha pasado todo el año. Eso sería gravísimo para nosotros. También debemos intentar conseguir financiación no solo a través de estrategias públicas, sino ojalá privadas. Es clave que en esa reconstrucción del panorama teatral entren otros agentes. Pensar que solo con boletería se va a solucionar esto es irreal. No es suficiente.

El Ministerio de Cultura, desde programas como el Compromiso ReactivARTE, ha anunciado apoyos de emergencia o más plata en temas de salas concertadas, por ejemplo, a carpas de circo. ¿Han sido suficientes y eficientes los apoyos estatales para mitigar el impacto de la crisis para el teatro y las artes escénicas?

Hay que esperar a que ya esté escrita la resolución y la convocatoria; según lo que han dicho, los espacios culturales vamos a poder utilizar los recursos de esas becas en la administración y organización y sostenibilidad del espacio. Porque lo que sucedía es que todo el dinero de esos apoyos lo teníamos que invertir en la parte artística, pero realmente no teníamos cómo sostener el espacio mismo. Era un círculo vicioso muy complejo.

Lo que he visto es que aparecieron muchas convocatorias, becas y estímulos que corresponden a generar nuevos proyectos. Eso es bueno y válido. Sin embargo, no soluciona el lastre que va a tener que arrastrar el sector que sí se mantuvo abierto o que sigue abierto, lleno de deudas, con proveedores a los que no se les ha podido pagar. Creo que falta poner el ojo también ahí: porque nosotros aún no sabemos desde dónde vamos a buscar esos recursos. Estos son espacios que van a tardar años en recuperarse económicamente. 

Lo más importante y urgente es, primero, hacer un diagnóstico real de lo que quede después de la pandemia: si paso el tsunami, tenemos que ver qué quedó de pie y qué no. Aún no se sabe eso: cuánta gente se fue, cuánta gente cerró, cuánta gente murió —porque durante la pandemia se han ido varios maestros del oficio—, cuántos se sostienen y de qué manera. Ese diagnóstico es vital y eso debería hacerlo alguna entidad como el Ministerio de Cultura en diálogo con las entidad correspondientes de cada ciudad o región.

Al comienzo, por los protocolos, muchas compañías privilegiaron montajes de pocos actores o monólogos. ¿Crees que estas condiciones incidirán en el tipo de montajes que veremos en 2021 o hasta que avance la vacunación?

Creo que no tanto: ya se está anunciando en el Movistar Arena un musical gigante sobre Chavela Vargas con circo y teatro. Serán aforos más limitados, pero creo que todos tienen los protocolos y lineamientos de bioseguridad. Si tenemos cuidado, se puede hacer la reapertura. 

Ahora, creo que lo virtual no llegó solo por moda o de manera temporal. Se abrió un espacio que va a hacer que los creadores exploren desde nuevos lenguajes. He visto cosas muy interesantes que en unos años todavía veremos con admiración. Además, creo que los artistas tenemos otras cosas que contar después de esto. A lo largo de la historia ha sido así: cuando suceden grandes crisis, el teatro ha observado con detenimiento para dar testimonio.

Y en términos de potencias creativas o nuevas apuestas, ¿qué viste?

Me gustó mucho lo que Santiago Merchant hizo con Marcela Mar y Claudio Cataño: 4 Gatos Mapas Negros. También varios de los proyectos de L'explose y las apuestas virtuales de Juliana Reyes con el Teatro Colón. Nosotros estamos ahora a punto de estrenar en el Teatro Mayor una versión que hice de El sueño de la vida de Federico García Lorca, un fragmento de una obra que él no alcanza a escribir. El planteamiento mío preveía un teatro muy grande medio vacío: ahora, por el aforo limitado, voy a poder llevarlo a cabo. Son trece actores y el público repartido lejos en espacios grandes del teatro. Este es un ejemplo de esas nuevas posibilidades creativas a las que empujó la pandemia.

El tiempo en pandemia me dio la posibilidad de escribir guiones, también hice un cortometraje. Creo que todo depende de cómo cada uno haya podido tomar este momento, cómo lo impulsó o detuvo. Cada caso habla de una orilla distinta. Para algunos colegas creadores fue el año más fructífero en mucho tiempo, porque no pararon de escribir y ganaron reconocimientos y premios; hubo otros que no pudieron crear nada. 

En esa línea, ¿crees que la pandemia motivó una migración de agentes del teatro a lo audiovisual?

Aunque el teatro es mi lugar, esto sí nos ha movido a los dramaturgos y creadores teatrales a las aguas del guion audiovisual, de la dirección audiovisual. Ahí hay un camino interesante que creo que puede potenciar también lo teatral. En La Maldita entrenamos también actores para proyectos audiovisuales. Ahí hay una dinámica interesante de creación, y sí creo que cada vez más dialogarán el lenguaje teatral y audiovisual, dependiendo de cuánto más se extiendan estas restricciones. Enhorabuena que eso suceda.

Y también pienso algo: la pandemia y su sobreproducción en la virtualidad va a potenciar muchísimo el valor de lo presencial. Las artes de la presencia van a ser joyitas casi de culto. Me atrevo a augurar que durante un tiempo será así: como solo pueden ir muy pocas personas, será un privilegio que dotará esto de un valor especial. Lo que hay que evitar es que ese privilegio se vuelva costo. Nosotros decidimos mantener los descuentos estudiantiles, porque por ellos es que apostamos. Pero inevitablemente, con el reducidísimo público que puede asistir por función, habrá un alza en los precios. A todo súmale la inversión económica, logística y de tiempo que implican los actuales protocolos de bioseguridad. Queremos abrir de forma segura, y eso va a tener un costo adicional. 

¿Cómo ves la relación de los espectadores con los teatros? ¿La gente sí está volviendo a los espacios o aún percibes miedo?

Percibo aún algo de miedo, y para eso debemos generar confianza. Esa es la clave para que la gente vuelva. Por ejemplo, en Madrid hay una campaña hermosa donde artistas mayores de setenta años son los que están invitando a la ciudadanía a volver al teatro. Ayudan a que las personas entiendan que se puede asistir a una función de forma segura y que los espacios culturales, por su misma dinámica, son lugares que permiten que los cuidados puedan darse. Hay que promover campañas para que la gente vuelva a habitar estos lugares.

El hombre por naturaleza necesita socializar e interactuar. Más el hombre de la ciudad: se necesita una interacción permanente y la cultura es un motor de encuentro social y humano fundamental. No debemos olvidar que la pandemia no solo generó una crisis económica sino psicológica. El teatro será clave en la recuperación de ese tejido emocional. Y será clave, además, como registro y memoria: se escribirán obras y literatura sobre esto que hemos vivido, sobre los nuevos sentimientos y afectos que ha hecho emerger la crisis.

¿Qué llamado haces, desde tu rincón como actor y director artístico de una compañía de teatro, a las autoridades para ayudar a mitigar los efectos que está dejando la crisis?

A través de los años, los espacios culturales independientes han logrado contribuir de una manera muy grande en esa cuota que los gobiernos necesitan mostrar de cultura, equidad, economía o proyectos sociales. Pero yo creo que, más allá de la pantalla, si quieren impulsar este sector, tendrían que ver que en este momento no solo somos un vector de crecimiento económico sino que podemos ser un vector de conciencia y trabajo comunitario. Una herramienta para reconstruir un tejido social roto. En temas como el conflicto armado o la guerra ha sido así: momentos de crisis humanas como este vuelven más urgente el teatro y la cultura.

Estos pueden ser catalizadores para lograr transformaciones sociales, mucho más desde un gobierno que se quiere abanderar de las industrias culturales y creativas como su gran causa. La solución desde las entidades estatales debe ser mucho más transversal, que no sea solo ponernos a competir por unas becas: necesitamos apoyo para generar estrategias de sostenibilidad, para crear modelos que les permitan a los emprendimientos culturales ser autosuficientes, que ayuden a blindar a los trabajadores de la cultura en temas de seguridad social, entre otras.

¿Ves al sector articulado para dar esas discusiones?

Quiero creer que sí. Pero eso solo lo dirá el tiempo: la gente está impactada, muchos teatros aún no abren. No va a ser tan fácil, se va a demorar. En este momento, ese tema de los corredores culturales y alianzas entre sectores pueden fortalecernos. Por las limitaciones de viajes y presentaciones internacionales, este es un año para pensar desde lo nacional, desde la articulación local. Queremos rearmar circuitos en diálogo con otras regiones. Pero, antes que nada, debemos pensar en nuestro bienestar. No es solamente crear contenidos, sino cuidar nuestra salud.

¿Hay optimismo en el sector?

Toca trabajar desde el optimismo: si no, no nos moveríamos para seguir resistiendo.

III.

“La burocracia colombiana es muy lenta para responder a algo tan rápido como la pandemia”


Alejandra Sarria, curadora de Espacio Odeón

Ilustración por @eme_al_3 

Alejandra, ¿cómo las cogió en Espacio Odeón el estallido de la pandemia en marzo de 2020?

Fue terrible. El año de Odeón nunca empieza en enero, sino en marzo o abril, cuando hacemos nuestra tradicional subasta y cuando ya tenemos las becas, a partir de las cuales armamos la programación del año. Nuestra idea era hacer la subasta a finales de marzo y abrir con el proyecto de Ana María Montenegro, Otra victoria así y estamos perdidos, en mayo. Eso terminó sucediendo en septiembre. 

La subasta tuvimos que adaptarla a última hora, porque si no la hacíamos no íbamos a tener plata. Desarrollamos una plataforma web y, para nuestra sorpresa, nos fue muy bien. Estábamos muy nerviosas porque pensábamos que en este momento del mundo —los negocios cerrados, la gente en incertidumbre financiera— nadie iba a querer comprar obras de arte. También nos dio miedo que hubiera una lectura negativa por parte del sector y del público sobre el hecho de que nosotras insistiéramos en hacer la subasta en un momento de crisis sanitaria tan difícil, pero la respuesta fue completamente positiva. De hecho, la de 2020 fue una de las subastas en las que mejor nos ha ido en nuestra historia. En ese punto la virtualidad nos jugó a favor. Creemos que la gente dijo: “Hay que apoyar estos espacios, porque es la única forma como van a sobrevivir”. 

Decidimos, además, apoyar a otros con lo que recibimos: creamos el Fondo de Apoyo Mutuo para ayudar económicamente a artistas y agentes del sector de las artes plásticas y visuales afectados por la emergencia sanitaria. Desarrollamos, en medio de la incertidumbre, Quiénes son, una pieza del proyecto de Ana pensada desde lo virtual y como acto de protesta: un formulario para generar derechos de petición a la Fiscalía para preguntar por los líderes asesinados. 

Y para el proyecto de Ana sí fuimos muy radicales en que tenía que ser presencial. Esperamos y decidimos aplazar hasta que pudiéramos hacerlo en el espacio, porque en nuestro caso el edificio mismo es una parte fundamental del proyecto Odeón. Después, en medio de la pandemia, Tatiana Rais, la directora, y yo, más a nivel personal que a nombre de Odeón, nos metimos de lleno con el tema de políticas públicas y escribimos una carta desde el sector de las artes diciendo: “Las respuestas que están ofreciendo desde las instituciones estatales no están funcionando”.

¿Y cómo ves el panorama ahora, un año después?

Hoy el panorama es distinto: mejor por unos lados y peor por otros. Mejor porque ya pudimos abrir, y desde septiembre estamos operando en el edificio. Odeón ya está abierto. Hicimos una exposición colectiva y, recientemente, el proyecto Aquí vive gente, un museo comunitario con distintas organizaciones comunitarias. Recuperar los lazos presenciales siempre ha sido muy importante para nosotras y nos ha diferenciado: hemos sido enfáticas con el invitar a ir a Odeón. 

El flujo de público es ahora, sin embargo, un tercio de lo que era antes. Convocar público, sobre todo cuando estalló el segundo pico, era casi imposible. En enero nos tocó reorganizar toda la programación por las medidas: el toque de queda repentino, los cierres intermitentes, en fin. Ahora, para la segunda fase del proyecto, estuvimos de buenas porque se levantó todo y se pudo abrir al público general. 

Pero a pesar de que ya está volviendo gente, vemos que el coletazo económico será aún peor que el año pasado. En 2020 lo logramos remarla, con una intensa gestión y algunas alianzas que nos salvaron. Las becas no nos cubren todo y alquilar el edificio, que era nuestra base de subsistencia financiera, se perdió. Ahora hay algunos alquileres para rodajes o para fotos, pero, digamos, el gran evento de Adidas que alquilaba todo el edificio ya no se puede hacer. Y claro, venimos con el agotamiento del año pasado y del segundo pico. Ya vemos que está más difícil gestionar recursos que no vengan por becas y las becas no dan. Ahí hay un nudo ciego.

De cara a ese nudo ciego, ¿cuáles han sido las estrategias a las que han debido recurrir para mantener Odeón a flote?

La primera, a la que recurrieron todos, fue el giro hacia la virtualidad. La digitalización de la subasta nos salvó. Pero no fue la adaptación radical que un momento así exigía, y creo ahí hay gran error en la forma como las instituciones estatales reaccionaron: creyeron que los espacios y proyectos culturales íbamos a tener la infraestructura para adaptarnos a lo digital de la noche a la mañana. Los primeros meses no había otra opción de adaptación ni de manejo de los dineros ni de nada. Te decían: “¿Ya no puedes hacer tu proyecto presencial? Entonces hazlo virtual”. Punto. Pero nadie tenía cómo. Aparte de unas cuentas de Facebook o Instagram, nadie tiene la infraestructura para hacer proyectos de arte en digital bien hechos, y nadie lo hizo completamente bien. Seguimos sin tener equipos de comunicación digital bien jalados. 

También tuvimos que reducirnos. Tatiana hizo un trabajo enorme para mantener a casi todos y, después, hubo una reducción de un porcentaje del salario que ya se reajustó. Luego vino el tratar de encontrar qué otros servicios podíamos proveer que no fuera solo el alquiler del edificio. Nos dimos cuenta de que nosotras tenemos un know-how en gestión y producción cultural que le puede interesar a una marca. Así nos rebuscamos recursos. 

Lo otro es que, en medio de la crisis, esto produjo otras solidaridades: el Fondo de Apoyo Mutuo del que hablaba fue una cosa que no habíamos hecho antes y fue muy bonito. Nosotras estamos jodidas, pero igual quisimos ponernos a disposición de quienes estaban aún más jodidos. También nos obligó a meternos todavía más a entender la política pública. Hay algo que desde antes no está funcionando bien y la pandemia lo mostró.

¿A qué te refieres cuando hablas de que nadie en el sector tenía la infraestructura para migrar hacia lo digital?

Esa adaptación es un proceso que requiere muchísimo más tiempo que el que ha permitido la pandemia. Grabar un 360 de una exposición que está en el espacio físico no es adaptarse a la virtualidad: eso es tratar de mostrar en internet algo que está en otra parte. Para uno crear exposiciones que sean concebidas para y desde la virtualidad se requieren otras cosas. Nosotras no teníamos esa infraestructura, ni la web para eso, ni el dinero. Lo que hicimos fue pensarnos talleres, conversatorios y laboratorios, como uno de soberanía alimentaria, que nos funcionó muy bien. 

En cuanto a lo expositivo, tomamos la decisión consciente de no hacerlo. Preferimos esperar y hacerlo en el momento que se pudiera. Una buena adaptación fue Quiénes son, porque justamente fue eso: un proyecto concebido para la virtualidad. Es una plataforma virtual para hacer derechos de petición, una obra colectiva y participativa totalmente virtual. Volcamos un poco de presupuesto de la instalación física a la obra digital. 

Pero yo no creo que ponerse una GoPro y hacer un recorrido virtual sea realmente una adaptación a la virtualidad. Lo intentaron algunos museos, pero era extraño. Por eso muchos espacios cerraron, muchas galerías se esperaron. 

Y es que en general al sector de las artes no le funciona mucho la virtualidad. El trabajo virtual, por ejemplo, fue muy difícil en Odeón, porque el esqueleto de toda nuestra apuesta tiene que ver con la presencia: Intensivo, las fiestas y conciertos, las inauguraciones y otros procesos afectivos donde también se cuecen proyectos y donde hay otras dimensiones de las relaciones humanas. Para un espacio de exhibición y circulación, así tenga una página web, estar cerrado tanto tiempo, casi seis meses, es nefasto.

¿Crees que eso incidirá sobre los procesos de articulación del sector?

En nuestro caso, hemos intentado contribuir a que eso no suceda, a generar procesos de articulación comunitaria desde las artes con proyectos como Aquí vive gente. Pero, a excepción de una carta abierta que firmamos varios trabajadores del sector, la realidad es que el sector de las artes no es un sector bien organizado ni agremiado. Es un sector atomizado y la pandemia terminó en un sálvese quien pueda. Muchos procesos de red y de encuentro desaparecieron porque espacial y físicamente estábamos lejos. Y las organizaciones tampoco teníamos la fuerza para mantener esos procesos cuando estábamos tratando puramente de sobrevivir. Es triste, porque se ha perdido un montón de trabajo adelantado en generar procesos de conexión y trabajo conjunto que tendremos que volver a empezar. Y realmente no hay una entidad que realmente esté a cargo de no dejar que eso suceda, de que los proyectos artísticos e instituciones culturales independientes se sientan verdaderamente apoyadas.

¿Hubo respuesta de las entidades a las que le dirigieron la carta abierta? 

Con el Ministerio de Cultura tuvimos una reunión apenas salió la carta y de ahí no salió nada. Nada es nada. Uno de los temas clave, en términos de las becas, es el tema de la cofinanciación y los costos fijos. Para poder recibir una beca tú tienes que estar desarrollando programación y la beca solo te da dinero para eso. Además no la cubre toda, porque la tienes que cofinanciar; entonces, entre más programación haces, más costos tienes. Es un círculo vicioso en el que no da la plata si haces la programación, pero si no haces la programación no tienes plata. 

De esas becas no puedes pagar tu nómina, no puedes pagar los servicios públicos, alquileres o vigilancia. Entonces cualquier espacio que esté intentando mantener planta física y humana no tiene cómo costearla. Tuvimos esa discusión, sobre todo para el Programa Nacional de Concertación: que una parte debería poderse ir a costos fijos, que dejaran un porcentaje de la beca. También que le bajaran a los porcentajes de cofinanciación, porque es una gran crueldad: si presentas un proyecto que realmente cuesta cien millones de pesos, te da un tope de cuarenta y seis. Y realmente te terminan dando diecisiete y aún así tienes que sacarlo adelante. A uno termina saliéndole carísimo, porque ninguna organización tiene para poner la otra parte. El llamado es: den la plata completica sin esperar que se les haga el match.

En esa reunión se nos dijo que lo iban a evaluar para los años siguientes, pero esa beca ya salió y eso no pasó. Y obviamente lo que hemos visto es que se están eliminando un montón de estímulos para meterlos en CoCrea y el problema con eso es que es una APP. Está bien que haya reducción de impuestos para los privados, como pasó con el cine, pero eso no debería implicar que para esas becas haya menos dineros públicos. Pero esa es la lógica con la que se está abordando. 

¿Y el Idartes?

Idartes hizo un esfuerzo mayor: nos respondió la carta con mucha más seriedad, abordaron puntos y sacaron estímulos nuevos, algunos de los que nosotras pusimos en la carta. Ahí hubo un interés más genuino y un esfuerzo mayor por escuchar y adaptarse a lo que los gestores proponíamos. Obviamente se entiende que los recursos de ellos mismos son limitados. Poder dar más se le sale de las manos. En el caso de Odeón, el mayor apoyo que recibe es de Idartes. 

Ahora, eso tiene sus vicios un poco complicados: como el tener que cumplir el contrato así el año pasado se hubiera ido al carajo. O sea, estuvimos cerrados seis meses, pero luego nos dieron solo dos semanas adicionales de plazo para ejecutar esos proyectos. Entonces nos tocó empaquetar en tres meses todo lo que no habíamos podido hacer todo el año. La opción era eso o hacerlo virtual, pero eso en algunos no se podía. No hubo capacidad de adaptación de esas becas y esas condiciones a la emergencia. Y hay una cosa en relación con los indicadores y es que los indicadores siguen siendo los mismos, pero el mundo ya no es el mismo. Si antes decía que traía diez mil personas de público, ya no puedo hacerlo: ahora tenemos unas restricciones de bioseguridad, entonces esas metas no se puede. Pero inclusive en lo virtual la gente está mamada.

En lugar de reevaluar cómo se mide eso, que quizá sean más cualitativos que cuantitativos, de pronto proyectos más pequeños que impacten a una comunidad particular, no lo han hecho. La burocracia es muy lenta para responder a algo que se ha movido tan rápido como la pandemia. Entonces, así haya esfuerzos por hacer lo mejor, y que creo que de Idartes los hubo, no da y hay cosas que dejan de lado. Entonces uno como organización se siente consiguiendo la plata para existir, y luego existiendo para conseguir la plata. Termina uno haciendo una programación para cumplirle a una beca. 

En una entrevista que tuvimos el año pasado con Diego Garzón, director de la Feria del Millón, él contaba que había percibido que las cuarentenas hicieron crecer la demanda de arte. Que, con la pandemia, el mercado se movió más: la gente quiso decorar los espacios en los que estaría confinada indefinidamente, decidió invertir en obras. ¿Cómo lo has visto tú?

Creo que sí: en general este año se movió bien el mercado del arte del país. Nuestra subasta fue muy al principio de la pandemia y, como la gente no sabía lo larga que iba a ser la crisis, invirtió en arte. Lo que más nos ayudó fue la salida internacional y algunos compradores de afuera. Escuché que a la subasta de ARTBO le fue también súper bien. 

Pero, por el contrario, la campaña de #ApoyoAOdeón, que es con piezas más baratas, merch y obra gráfica ya no de doce millones de pesos sino de cuatrocientos mil, ha sido más difícil. De pronto porque no ha sido un evento concreto o porque apuntamos a un público distinto y ya pasó la fase del encierro, cuando la gente quería muchas cosas mientras estaba guardada. Y es que, claro, los compradores de obras de arte de subastas no son propiamente la gente a la que más le afectó económicamente esto. Si tú puedes comprar una obra de doce millones de pesos es porque tienes un capital excedente. 

El panorama ahora es distinto. Estamos muy nerviosas por este 2021, porque para todos, grandes y pequeños, el coletazo económico se está sintiendo mucho más que el año pasado.

Ese rasero económico, el del la compraventa o el “aporte a la cultura al PIB”, parece ser el discurso dominante de las políticas de economía naranja y es el que ha estado cobrando vigencia en la valoración del arte con esta crisis. ¿Cómo lees el impacto que esto puede tener para pensar, no solo desde su función mercantil o de monetización, la cultura y las artes?

Esa que señalas es la gran premisa naranja. Y la pandemia contribuyó a acelerarla: “Pues si están jodidos, moneticen, no dependan del Estado”, nos dicen todo el tiempo. Por supuesto lo ideal sería que todos los espacios culturales encontraran sus mecanismos de sostenimiento económico sin depender de unas becas o de competir por unos estímulos. A todos nos ha tocado rebuscarnos por dónde. Lo que pasa es que ese discurso ignora una realidad: eso, en la práctica, es realmente inviable. Es imposible.

En Odeón buscamos todas las alternativas, pero cuando eres un proyecto sin ánimo de lucro las cuentas no dan. Se necesita el apoyo de las becas estatales, así como el de privados, para que los proyectos realmente se puedan hacer. En un espacio para las artes, por más que se comercialicen cosas —nosotras incluso pensamos hacer un programa de música el año pasado y se fue al carajo—, no tienes más entradas que vender obra o vender merchandise. Ambas las hacemos y, a menos de que vendas masivamente, la plata no te va a dar. No les da ni siquiera a las galerías más comerciales.

El efecto es muy curioso, porque la economía naranja vende el discurso de la innovación y la creatividad, pero la realidad es que somos los espacios no comerciales, los que no respondemos al mercado, los que verdaderamente generamos innovación y transformación. Justamente porque no tenemos esa necesidad de producir para vender, sino para experimentar, para imaginar nuevas dinámicas y llegar a otros lugares. Y esa creatividad real es la que permite que un sector se desarrolle, que siga siendo interesante, que genere nuevo contenido y crezca. Entonces, en la medida que todo se centra en lo vendible, en el producto mercadeable, esa experimentación desaparece porque no hay como sostenerla. Y, al final, se pierden los procesos realmente innovadores y de transformación que verdaderamente mueven las artes y la cultura.

¿Y cómo ves a los artistas, que son quizá el eslabón más frágil, el más golpeado por la crisis? Se reducen los espacios de exhibición, muchos han migrado a otras fuentes de ingresos...

Justamente porque siempre ha sido un medio precario, los artistas se hacen mañas: son profesores, buscan otras fuentes de ingresos. Muy pocos artistas se dedican de lleno a esto. Cuando nosotras hicimos la convocatoria del Fondo de Apoyo Mutuo nos encontramos con artistas en situaciones terribles. Los que pertenecen a un circuito y ya están en el mercado, medio logran cierto flote. Pero a una escala más amplia, han sufrido demasiado. El el caso hipotético de que nosotras desapareciéramos, impactaría sobre una cadena enorme: con las becas que nos ganamos invitamos a un montón de gente a hacer proyectos, les pagamos honorarios a los artistas. Lo que uno recibe como beca impacta a toda una cadena de gente. Entonces, cuando empiezan a desaparecer este tipo de espacios y cuando hay menos dinero esto impacta desde al montajista hasta el portero. Y, sobre todo, a los artistas: hay exposiciones colectivas donde ya no podemos invitar a diez artistas porque no les podemos pagar, entonces tenemos que hacerla de seis. El derrumbe se siente por todos lados.

Se habla mucho de que los primeros meses hubo una revitalización de cierta valoración de la cultura a raíz del tiempo que la gente pasó en casa —en el caso de libros o contenidos audiovisuales—. ¿Cómo lo lees del lado de los espectadores de Odeón y de las entidades del gobierno?

Nosotras sí sentimos una solidaridad de la gente: nos han dado la mano con recursos, comprando en nuestra subasta, hay artistas que nos han donado obras para la campaña #ApoyoAOdeón. Veo que la gente ha valorado que este espacio es importante, que este lugar no puede desaparecer. Sin embargo, a un nivel más amplio, con las artes plásticas no pasó lo mismo que con los libros o las películas. Las artes no te entretienen en tu casa. Pero ahora creo que la emoción de la gente de volver a ver una exposición se siente.

De parte de las instituciones del gobierno nacional, evidentemente no sentimos apoyo. Y la economía naranja tampoco provoca esa valoración de la cultura, porque es sobre todo un problema de negocio. La valoración es otra: económica. Eso se nota en las becas y en que ninguna carta de ningún sector logró nada. Al final les importó cinco, esa es la sensación de todos. Y creo que por eso nadie siguió metiéndole la ficha a eso. Es un desgaste seguir peleando porque parece no haber respuesta.

¿Cuáles consideras que serán los efectos a corto y largo plazo en el sector de las artes a raíz de las limitaciones y transformaciones a las que ha empujado la pandemia?

Hay que entender que esos efectos no son solo de la pandemia, sino que los efectos de la pandemia se han sumado a lo mal que se administra la cultura en Colombia. Ya las consecuencias se ven: han cerrado muchísimos espacios, sobre todo los sin ánimo de lucro. Pero también galerías o lugares como Miami. Lugar a Dudas está en un limbo entre quedarse o no quedarse. Vivimos un agotamiento de años que la pandemia terminó de precipitar. Muchos no la lograron y algunos no sabemos si la vamos a lograr. Nosotras estamos metiéndole la ficha pero la verdad es que no sabemos qué va a pasar. No hay de dónde. Y, para rematar, ahora esos eventos con los que el arte ha generado ingresos siempre, como las fiestas, no se pueden hacer. Lo duro es que no se nos están dando otras opciones desde lo público. 

Las dos consecuencias tremendas que veo son: la desaparición de los espacios y el sobreenfoque del arte en la parte mercantil e institucional, museística, que es la que está logrando sostenerse desde lo estatal. Todo lo que es más independiente, alternativo, sin ánimo de lucro, está en riesgo de desaparecer. Aunque justamente como siempre nos hacemos mañas para existir en las intersecciones y los bordes, seguro sobreviviremos. Pero a una escala mayor, de esa red grande que venía estableciéndose, hay una herida que será difícil cerrar. Y que estamos todos luchando por sobrevivir pero con mucha dificultad. Esa escala de lo alternativo, que en Bogotá era tan potente, está sufriendo y es ahí donde más se sentirán las consecuencias de esta crisis.

¿Y cómo percibes que se están tramitando emociones como el miedo al contagio o la alegría de volver a salir entre los espectadores?

Ha variado y depende de la información que se esté dando. En las emociones del público y su afluencia definitivamente incide el discurso que esté dominando sobre la pandemia: los picos, las alarmas de los gobernantes, las subida o bajada de las UCIs. En el momento de la de Ana Montenegro, que fue por funciones con un aforo limitado de quince personas con cita previa, se sentía el miedo de la gente de ir. Pero a pesar de eso, todas las funciones estuvieron llenas. Convencer a la gente de asistir era duro, pero una vez iban salían todos muy contentos. 

Ya este año se siente la gente muchísimo más relajada y, apenas llegaron las vacunas, aún más. El fin de semana pasado, por ejemplo, hubo un taller y circuló un montón de gente. Odeón es espacioso y grande, entonces la gente lo ha vuelto a ver como un buen lugar para parcharse los fines de semana. Espacios como el nuestro o la Galería Santa Fe, los Museos del Banco de la República y el MAMBO están siendo fundamentales en esa reactivación segura de la vida social. Son lugares de encuentro para salir de la casa y volver a ver otra cosa. En vez de ir de shopping, caigan a espacios como estos. Hay que bajarle al miedo: si seguimos con tanto miedo, en unos años la crisis estará muchísimo peor.

Para cerrar, ¿qué llamado haces, desde tu rincón como curadora y como gestora cultural, a las autoridades para ayudar a mitigar los efectos a largo plazo de la crisis?

Reitero algunos. A corto plazo, revisar las becas y entender los indicadores a la luz de lo que está pasando. También que hagan el ejercicio de entender realmente cuáles son las dificultades que está teniendo el sector y, desde ahí, generen políticas públicas, no desde lo que se imaginan. La cultura vive del cuello y esa ficción del aporte al PIB de la economía naranja es absurda. Hay un desconocimiento a veces ingenuo y a veces intencional de lo que la cultura realmente hace y necesita. Lo que se siente es que esas instituciones que trabajan con la cultura no conocen la realidad de la cultura. 

Como tantos han tenido que cerrar, este año queremos invitar a otros espacios a usar Odeón para generar proyectos. Vamos a poner nuestros recursos, a través de las becas que tenemos, para que otros puedan hacer cosas. Esto nos ha llevado a pensar que, por el tiempo que llevamos operando, somos un espacio que puede hacernos acceder a cosas que otros no tienen tan fácil conseguir. Dentro de lo difícil que es, a nosotras nos va más o menos bien. Y nuestra idea es ayudar a esos otros que están peor.  

IV.

“Es más seguro ir a una sala de cine que sentarse en un restaurante”


Federico Mejía, director de Cinema Paraíso y Babilla Ciné

Ilustración por @eme_al_3 

Federico, ¿cómo los cogió en Cinema Paraíso el estallido de la pandemia en marzo de 2020 y cómo ves el panorama ahora, un año después?

Fue de un día para otro, exactamente hace un año: tuvimos que cerrar la sala definitivamente y quedamos en nada. Suponíamos que iba a ser algo más corto, que sería cosa de unas semanas, pero ya vemos lo que se ha extendido. Solo hasta hace un mes pudimos volver a abrir, pero en condiciones muy complicadas. Las medidas de bioseguridad son altas, el porcentaje de ocupación es muy reducido y mucha gente todavía está bastante temerosa de salir. Y ese temor solo va a mermar el día que avance y se expanda la vacunación, que es lo único que genera verdadera tranquilidad en esta crisis. Pero ya vemos que en países como el nuestro, el tema va lento.

¿A qué estrategias recurrieron para mantener la sala viva? Vemos que espacios similares, como Tonalá, no sobrevivieron.

Con la sala física no había mucho que hacer: simplemente cerrar. Lo que hicimos fue generar una plataforma digital, Cinema Paraíso On Demand, para poder mantener contacto con nuestros clientes, una idea que ya nos venía sonando incluso antes de la pandemia. Lo que hicimos fue concentrarnos en ese trabajo y generar una nueva línea de negocio. Afortunadamente, más que ser solo una sala, somos una empresa de distribución y tenemos un catálogo importante de películas que nos permitió encontrar otras salidas a la crisis. Pero no todas las salas pudieron hacer eso, si bien muchas exploraron la alternativa de hacer exhibiciones virtuales o presentar películas a través de plataformas sirviéndose de otros catálogos. Así que las plataformas web de ninguna manera son una alternativa que reemplace la sala: son una fórmula de emergencia que, al menos a nosotros, nos ha funcionado y nos ha permitido navegar estos tiempos.

La pandemia aumentó significativamente el consumo de contenidos audiovisuales desde casa. En ese contexto, las grandes ganadoras han sido las megaplataformas de streaming como Netflix, Amazon Prime o Disney+. ¿Cómo compite en ese contexto desigual una plataforma independiente como la de Cinema Paraíso?

Esa es una pregunta que todos se hacen en primera instancia, pero creo que ambas cosas van por lados distintos. Durante el último año se han creado miles de plataformas digitales, tanto comerciales como independientes, en todo el mundo. Es una respuesta a una nueva tendencia del mercado y a una dinámica del negocio que ya venía caminando y se materializó durante la pandemia. Pero ni nosotros ni muchas de las plataformas alternativas pretenden competir con Netflix o con Amazon o con Disney+. No tiene sentido: esos son gigantes que tienen el negocio acaparado. Lo que nosotros pretendemos hacer es lo mismo que hacemos desde el campo de la distribución: apostarle a un mercado de nicho y llegar a unos usuarios que están interesados en disfrutar de un contenido curado, muy específico, al que la mayoría de las veces no tienen acceso a través de plataformas mainstream

El consumo de Netflix es muy distinto al de Cinema Paraíso. Así allí haya ahí buen contenido para ver, la gente en Colombia lo que ve es el contenido que la misma plataforma quiere que vean: lo que está de primero en la góndola de promoción. Son casi siempre las mismas películas o series que hacen un ruido global. Si entras hoy a Netflix vas a notar que lo más visto son las mismas telenovelas de siempre —Betty la fea o Pasión de gavilanes— y las series que están pegando en todo el mundo —Lupin o Gambito de dama— y dos o tres películas que ya son un éxito global. Pero muy poca gente te va a decir: estoy viendo en Netflix la última de Abbas Kiarostami o Clímax, de Gaspar Noé. Primero, porque ese no es el tipo de contenido al que le apunta la plataforma y, segundo, porque muchos ni siquiera saben lo otro existe ahí.

Nuestra propuesta de valor es, entonces, generar un contenido curado y llegar a ese público de nicho que nos ha seguido siempre, que sabe lo que distribuimos. Eso es lo que ocurre no solo con nuestra plataforma, sino con las miles que ahora hay en todo el mundo: cada una apunta a un segmento de público diferente.

En términos de acceso a internet y crecimiento de espectadores, ¿cómo ves a Colombia? El tema de conectividad todavía es precario y no todos los que iban antes a cine tienen la oportunidad de tener un dispositivo y pagar un servicio de streaming.

Hay muchos retos en términos de penetración digital en Colombia, es cierto, pero yo sí creo que el acceso ha mejorado, que ha habido un esfuerzo por ampliar ese acceso y, desde ahí, me atrevo a decir que el consumo por este medio sin duda va a aumentar. Hoy en día, internet es un territorio fundamental para el sector audiovisual. De hecho, Colombia es ya el tercer o cuarto mercado más importante para el cine en América Latina. Durante la primera ola de la pandemia, el acceso al contenido por internet y al streaming creció en porcentajes increíbles, tanto para Netflix como para quienes teníamos plataformas disponibles. Y seguramente va a seguir creciendo. 

¿Cómo percibes que ha respondido el Estado frente a las salas y frente al sector? ¿Han recibido ayudas o salvavidas? ¿Han sido suficientes?

Desafortunadamente somos un país pobre y, si bien la bandera del Gobierno es el tema de la economía naranja, eso a la hora de la verdad se ha quedado en el papel. No han llegado ayudas específicas al sector. Todo se reduce a los estímulos de siempre o a los concursos. Pero el sector no necesita solo estímulos y concursos sino apoyos directos para salvarlo de una crisis que lo tiene contra las cuerdas. Para nadie es un secreto que, un año después, con la mayoría de las salas todavía cerradas, con el poco contenido que hay circulando, al sector de la exhibición y la distribución le falta muchísimo para poder reactivarse en forma. Si bien en noviembre se abrieron algunas salas, hubo nuevos cierres en enero y las salas que están abiertas vienen trabajando a media marcha, con costos fijos muy altos. Aunque estamos haciendo el esfuerzo por mantener el negocio a flote, seguimos muy lejos de que las cosas regresen al punto en el que estaban antes de la pandemia. 

Muchos le apuestan a que los grandes estudios vuelvan a estrenar películas, pero también, como sabes, todos han aplazado sus estrenos. El regreso a la normalidad de la industria dependerá de que eso suceda y de que el público se sienta más cómodo para volver, cuando se pueda, masivamente a las salas. 

¿Cómo ves la relación de los espectadores con las salas? ¿Hay mucha reticencia aún a volver?

La gente todavía tiene miedo. Las salas están trabajando a un 20 % o 30% de su capacidad. Sin un verdadero parte de tranquilidad por parte del gobierno para que la gente vuelva con confianza a este tipo de escenarios, la gente no lo hará. Hay una necesidad que el gobierno evalúe o relaje las medidas para las salas en comparación con las que tienen, por ejemplo, los restaurantes. Es mucho más seguro ir a una sala de cine que sentarse en un restaurante o un pub de los que sí están operando completamente llenos. Se sabe que una sala de cine es un lugar bioseguro: la gente está en silencio, distanciada, con su tapabocas frente a una pantalla. Pero, a pesar de eso, las personas siguen reticentes a asistir. Y bueno, más allá de eso, lo más importante es que se acelere el tema de la vacunación, que es lo que le va a dar realmente a la gente seguridad para reactivar su actividad cultural.

Cine Colombia no ha abierto aún —ya anunció que lo hará en mayo—, a pesar de que es la que tiene la mayoría de las salas del país. ¿De qué manera incide esa decisión sobre el ecosistema de exhibición y distribución?

Cada empresa ha abordado esto como mejor puede. Para una empresa grande como Cine Colombia, imagino que hay mucho más en juego y seguro no es buen negocio para ellos abrir, en términos de costos y su cálculo de PIG. Desconozco la razón de fondo. Pero indudablemente el hecho de que una empresa grande como esa abra o no abra incide fuertemente sobre la confianza del público. Lo ideal es que todas las salas volvieran a abrir para que el público también tenga la certeza de que puede volver tranquilamente al cine. Pero el tema de fondo, tanto para ellos como para nosotras, las independientes, es que abrir las salas no es rentable bajo las condiciones actuales. 

Con estrenos represados y pocas pantallas disponibles, ¿qué futuro le ves a la distribución de cine independiente este año? ¿Cómo ves que impactará esto esa circulación?

Seguramente cuando las cosas se normalicen va a haber una gran cantidad de películas que van a querer salir, y eso influirá en los resultados que van a tener. Para cada una habrá menos tiempo de exposición en las pantallas, por el cuello de botella. Y las más fuertes y taquilleras son las que se van a mantener. Más allá del cine independiente, que circula por otros lugares, los que van a sufrir más ese impacto serán los grandes distribuidores y los estudios que se van a tener que matar por esas pocas pantallas disponibles, porque los exhibidores sin duda van a privilegiar las que más llenen. Eso sin contar la fuerte pelea que deberán tener con las plataformas en el caso de que hagan estrenos simultáneos: si hay estrenos simultáneos, como ha hecho Netflix, va a haber una discordancia con los exhibidores que no van a querer en muchos casos exhibirlas al tiempo que las plataformas. 

Ese va a ser un escenario al que tocará pararle bolas cuando se normalicen las cosas: cómo va a ser la negociación y la disputa entre los grandes exhibidores y los estudios, porque ya todos tienen sus plataformas: Disney, Universal, Paramount, HBO. Esa va a ser una discusión que veremos en los meses por venir.

El recaudo en salas es uno de los ingresos fundamentales para los estímulos del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico. ¿Cómo ves el impacto que va a tener ese cierre prolongado de las salas y los aforos pequeños que deben tener para la producción de cine en Colombia?

Eso es un hecho. El FDC se nutre de la taquilla y la taquilla lleva un año sin recibir dinero, entonces evidentemente los recursos que va a recibir serán menores y lo que podrá repartir va a ser casi nulo. Habrá una menor producción de películas y va a llevar un par de años hasta que volvamos a estar en los niveles en los que estábamos a comienzos de 2020 o en 2019. Ahí no hay mucha tela que cortar: cuando no hay plata, no hay plata. 

¿Y cómo proyectas que será ese coletazo después de un año para las salas independientes?

Esa es la pregunta que todos tenemos. Nadie sabe qué va a pasar. En este momento estamos en la reactivación del negocio, apostándole a que poco a poco las cifras vuelvan a estabilizarse. Pero es una apuesta incierta, porque no sabemos cómo va a evolucionar el mercado no solo por la pandemia, sino por los cambios en el negocio —lo que ya hemos dicho del consumo audiovisual en plataformas o las nuevas maneras como la gente accede a ese contenido—. Todos quienes estamos en este negocio aspiramos a que la gente vuelva a la pantalla grande. Uno aspiraría a que ir a cine a las salas físicas seguirá siendo una tendencia, una forma de entretenimiento asequible para la gente. Este año, con la saturación de lo digital, la gente quiere planes afuera de su casa. Por más plataformas que haya, creo que nadie se aguanta ya pasar todos los días viendo televisión en la casa o en un computador.

Ir a cine es una forma de encontrarse con otros, es una experiencia diferente. A eso le apuntamos: a la experiencia. Porque si fuera por ver una película, seguramente ya nadie volvería a cine. Esperamos a que no haya una tercera ola y que en el segundo semestre se pueda recuperar la normalidad. 

Muchos festivales y muestras migraron exitosamente a lo digital. ¿Hay en lo virtual un camino a seguir? ¿Crees que pueden mantenerse así? 

No, no creo que eso vaya a quedarse así. Lo peor que podría ocurrir para el cine es que no puedan volverse a hacer esos eventos de forma presencial. La esencia de los festivales es la presencia y la reunión tanto de los talentos como de los profesionales. La virtualidad desvirtúa, entonces, la esencia de un festival. Lo que más quieren quienes organizan esos encuentros es que las cosas vuelvan a la normalidad porque su razón de ser, lo que se busca, es la integración o convivencia de un grupo de gente durante un periodo de tiempo. Y que ahí están en juego muchísimas realidades económicas para todos los que estamos en la industria del cine, como las inversiones de los patrocinadores. Si fueran ahora solo eventos virtuales, seguramente muchos patrocinadores migrarían sus capitales hacia otras actividades. 

Además, aunque hoy en día todo se pueda ver por internet, la gente no está dispuesta a pasar su vida frente a una pantalla móvil. Por más que tengas todo en tu computador, socializar es un factor importante para nuestra experiencia humana en el mundo. La razón de ser de estos festivales, además de ver películas, es la socialización. La virtualidad fue una alternativa interesante, pero a largo plazo no se sostendría.

Para cerrar, ¿qué llamado haces, desde tu rincón como administrador de una sala independiente y como distribuidor, a las autoridades para ayudar a mitigar los efectos a corto y largo plazo de la crisis?

El Gobierno debería ser consciente de lo que significa y el lugar que ocupa la industria del cine en el país. Ellos mismos han hecho los estudios, a través del Ministerio de Cultura, sobre lo que mueve el negocio cinematográfico en la economía del país. Así como hay ayudas para otras industrias, debería haber ayudas directas para este sector con estímulos, reducciones tributarias, préstamos y dineros directos. Los gobiernos locales también podrían hacer muchas cosas. En el caso de Bogotá, donde está el 60% del mercado del cine del país, la Alcaldía podría ayudar con temas tributarios. Si uno es abanderado de la economía naranja y pretende que eso tenga sentido, lo primero que debería hacer es intervenir en el sector, proponer ayudas y salvavidas, que en este momento estamos necesitando todos: desde el más grande hasta el más chiquito.


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