Alto contraste
Cultura

Mi Rock al Parque

Una de nuestras periodistas estuvo, a sus 26 años, disfrutando por primera vez del festival de rock más importante de Colombia. Acá nos cuenta cómo le fue.

Nátaly Londoño Laura
08 Jul 2019 1:00 PM

Sábado

Estoy frente al espejo. Saco un labial, me lo pruebo, me lo borro. Encima de la cama, el gato juega a sacarle hebras al buso de lana con el que dormí. En la cocina, Tahina escucha Angra, la banda de power metal a la que verá más tarde. En la habitación continua a la mía, Juank lee a Walter Benjamin y con los dedos imita el ritmo electrónico de Cerati que inunda su espacio. Sigo frente al espejo probándome labiales, me doy vuelta y abro las llaves de la tina para darme un baño, pero mientras se llena, el vapor que emerge con el agua de los tubos de metal, se adhiere al espejo y convierte mi reflejo en un cúmulo deformado de tonos nude. Como abrir el pecho y sacar el alma una cuchillada del amor. Me quito la ropa y el útimo color y me sumerjo en el pequeño estanque de agua caliente, y ahí adentro, reviso mi lista imaginaria de pendientes y me asusto con la semana de dragón hambriento que me espera.

—¿Ya habían ido antes a Rock al Parque? —Pregunta Juank, que está recostado en la nevera con un vaso de jugo en la mano.

—Parce, he venido mucho a Colombia y nada, nunca me había tocado. —Responde Thaina al tiempo en que revuelve unas pastas que tiene a fuego lento en la estufa.

—Yo tampoco, y miren que estoy muy feliz porque siempre quise venir y no había tenido la oportunidad de hacerlo… Hoy no voy, mañana y el lunes sí, ¿ustedes cuándo van? ¿Los tres días? —Digo de últimas.

Ambos me cuentan que no se van a perder nada, hacemos una lista interminable de artistas a los que  queremos ver, y creamos una serie de escenas distópicas en caso de que nos encontremos.  Y en medio de eso abro una conversación en el grupo de WhatsApp del trabajo, Viernes Trece:

Nát: Saben qué, les voy a decir algo muy paila que estoy pensando desde hace un rato: no tengo ropa rockera para ir a RAP, jajajaj.

Chu: GIF de niña mirando como bicho raro.

Nát: Dije que estaba pensando algo muy paila…

Zeta: Ayer era el día metalero, dónde muchos vestían de negro, ya hoy y más aún mañana, la gente se va normal. Así que no importa la ropa. Si tienes una prenda diferente, como un abrigo o algo raro, lo puedes llevar.

Chu: Gracias por los tips.

Zeta: También puedes hacerte un maquillaje diferente de acuerdo a tu personalidad.

Lala: Whaaaaaat yo voy normal!!! Jajajajajja.

Marce: Sííí, abrigada y cómoda.

Nát: Bueno. 

Lala: Síííí, eso pensé yo: llevo saco, abrigo y botas porque está helando por la noche.

Nát: Yo toda asustada, soy muy boba, jajajaja. Perdón, se lo tenía que contar a alguien.

Marce: Nahh estamos en familia.

Domingo

Llego al Parque Simón Bolívar. Delante de mis ojos hay un río de gente que salta, grita y se emociona al unísono. Detrás, las guitarras de Zona Ganjah me estremecen la piel. Es un día de mucho ritmo. Veo a Natalia en la zona de prensa y la acompaño a almorzar una lechona fea a las cinco de la tarde. Estamos medio felices, medio tristes, y el cielo de Bogotá se suelta en un aguacero: llueve despacio primero, rápido, lento después, entonces empezamos las dos a caminar como pequeños fantasmas debajo de una misma capa azul impermeable. Nos reímos. Hablamos. Pasamos de la Doble A a Acidez y nos perdemos la una de la otra. Y sola, otra vez, la lluvia me abraza. Intento llamar pero no hay señal. Intento hacerme debajo de un árbol para resguardarme como un animalito de campo, y me voy sintiéndome un poco más soyada después de aspirar el humo de los porros de los que se hicieron a mi lado buscando como yo calor. Hay recuerdos que no voy a borrar. Personas que no voy a olvidar. Silencios que prefiero callar. Escampa. Tengo el pelo mojado, la ropa mojada, los zapatos mojados y el piso de tierra es un mar de dos centímetros de profundidad. Pantano. Intento encontrarme para caminar hacia Aguas Ardientes pero llego a todas partes y a ninguna parte. ¡Nat!, me grita y me salva Zeta. Le digo que quiero ver a La Vela Puerca pero que no tengo idea de donde estoy parada. Me dice que lo acompañe a The 5, 6, 7, 8’s y que luego vamos a ver a mis uruguayos. Vamos. Y encuentro a H, lo abrazo y canto como si las canciones fueran mías. Soy de la cuidad con todo lo que ves, con su ruido, con su gente… Sigo caminando con Zeta y a lo lejos descubrimos a Lala y a Chu caminando hacia el esenario Lago, les grito: ¡Lala! ¡Lala! Me escuchan. Hacemos una pequeña fiesta y me voy con ellos a ver a Rita Indiana. Me enamoro de Rita Indiana, y me pregunto por qué no la había escuchado antes. Bailo. Salto a veces. Bailo. Lala también lo hace. Y Chu es una estatua fría en medio de mil almas que no pueden quedarse quietas.

Lunes

No sé si recuerdo más las gotas de tierra espesa que salpicaban en mis zapatos y en mis medias negras cuando caminaba por la zona de emprendimientos, o la historia que encontré inscrita en un tablero dentro de la carpa Bogotá en 100 palabras; o las respuestas de los dueños de esos espacios: “Somos una tienda con 10 años en el mercado”. “Creamos la tienda para parchar con los amigos”. “Desde hace 3 años participamos de Rock al Parque”; o la canción que llevaba enredada en la lengua, en todas partes: Ella se divide en dos la sombra y la luz del mundo, sus ojos son un mar profundo, hoy sin ella yo no veria el sol; o la felicidad de Lala por ver a Christina Rosenvinge, o las ganas de Vivi de ver a Gustavo Santaolla; o el recuerdo de la voz de H diciéndome: “Estoy feliz de volver a ver a Santaolla”; o mis ojos hechos agua viendo a Santaolla; o mi cuerpo mojada por las primeras gotas de lluvia desterradas del cielo lechoso; o el pantano; o la lluvia; o la cara de la juventud desaforada; o a mi cuerpo cantando a todo pulmón, como si fuera la más fan del mundo A Dios le pido que mi pueblo no derrame tanta sangre; o mi cuerpo enloquecido de amor por ver a Fito Páez; o el sentir a mi garganta disfónica de cantar todas, todas, todas las canciones de Fito Páez; o a mi cuerpo muerto de risa escuchando a El Tri; o el morirme de la felicidad por ver a Zeta Bossio; o la impresión que me causó el ver a tanta gente reunida para celebrar un ritmo musical y no un partido de fútbol; o la especie de montaña rusa sentimental que me hacía recordarme en el Lollapalooza; o  el sentirme tan feliz, tan llena de música, tan llena de vida después de tanta tristeza y tanta podredumbre; o el pensar que en realidad la gente se viste como le da la puta gana para ir a donde le da la puta gana; o el sentir que el presentador del escenario principal estaba muy paila cuando gritaba: “¡Sexo!... Ahora que tengo su atención”, y terminaba con una propaganda de no recuerdo qué; o el desorden de horario que se hizo en el esenario Plaza y que terminó permitiéndole a muchos, poder ver a Babasónicos en el escenario Bio; o la emoción de Andrea Echeverry, el homenaje a Kraken, o en general, al cierre solemne e impecable de la Orquesta Filarmónica de Bogotá. Sé que recuerdo muy bien el cosquilleo en las manos y el temblor de las piernas por poder estar ahí escuchando a mis bandas favoritas, con los que se han vuelto mis personas favoritas, porque a la larga, así se deberían vivir todos los días, no solo cuando vamos a un festival.

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