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Cultura

¡Letras pal trancón! Volumen III

Lo único sabroso del trancón es saber que tienes algo bueno para leer. ¿Te animas a leer estos textos? ¿te animas a dejarte embriagar por las palabras? ¡Pues, échale ojo ya!

Redacción Canal Trece
05 Nov 2019 6:00 AM

Bacatá

 

Te veo y te reconozco.
Recorro los túneles de mi infancia
en tus panaderías, en tus calles y carreras.
Recorro los túneles de mi adolescencia
en tus parques y tiendas, en tus calles y carreras.

Te veo y te reconozco.
Escucho los susurros de las montañas,
los susurros de tu gente, de mi gente, los míos.
Escucho los susurros de tu urbanidad,
los susurros del frío, de las nubes, de la lluvia.

Te veo y te reconozco.
Lloro mientras llueve, porque no eres mía,
porque no eres de nadie, porque eres tuya.
Lloro mientras llueve, porque te visito,
porque no te habito, porque ya no existo en ti.

Te veo y te reconozco.
Atravieso el aire frío con el que cortas mi rostro, 
y sonrío porque sé que eres mi hogar.
Atravieso la lluvia que revuelve mi cabello,
y sonrío porque me quieres siendo una forastera.

Te veo y te reconozco.
Eres el poema que escapa de mis dedos,
el que habita en el aliento de los bogotanos.
Eres el poema que me persigue siempre,
el que me envuelve, me destruye y me construye.

Te veo y te reconozco.
Y lloro mucho, 
vuelvo y lloro porque no sé cómo regresar.
Y lloro mucho, 
vuelvo y lloro porque ya no sé cómo amar.

Te veo y te reconozco.
Pero ya no sé quién soy yo, si sigo siendo tuya.
No sé si alguna vez lo fui.
Todo parece un sueño y me abruma lo efímera que te has vuelto.
Me es ajeno aquello que alguna vez pensé mío.

Y sin embargo, te veo y te sigo reconociendo.
Me recibes con brazos abiertos.
Me disparas con dudas y preguntas sin respuesta.
Me abrigas con el frío que necesito, que me llena y me invita a caminar.
Tienes la noche y el día lleno de ti, de tu olor, de tu amabilidad.
Sigues siéndome familiar,
Desde tus raíces indígenas, hasta la jungla de concreto que eres.
Te extraño todos los días, Bogotá.

MRG. 
13 de julio 2018.

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***

La caída

Chopin - Nocturne Op. 9 No.

Aquella dama de cabello castaño vivía la rutina de una mujer de clase media, independiente y sobre todo irreverente. Su rutina era tan simple como bostezar. A las 7 en punto se despertaba, le gustaba dormir desnuda porque no quería que nada, ni siquiera la ropa, la hiciera sentir atada. Tomaba una ducha con agua caliente y aunque tenía cierto amor por el clima frio y por la lluvia, no soportaba el recorrido del agua helada sobre su cuerpo. Media hora después de desadormecerse se dirigía a preparar su desayuno – si es que a eso se le puede llamar como tal- en su deshabitada cocina comía lo primero que encontrara y aunque el café no podía faltar, comer en las mañanas no era su prioridad.
Para ella no existían los planes y las prioridades, las cosas solamente debían pasar. A las 8 en punto estaba vestida, maquillada y lista para ir a trabajar; puede parecer poco tiempo para una mujer cualquiera arreglarse en treinta minutos, aunque para ella era sencillo. Vestirse como el clima y ponerse el labial que su madre le había regalado antes de morir… rojo pasión que aviva la belleza de los labios y que trae a la memoria el recuerdo de un cuerpo que parte bajo el clamor de las llamas que dicen adiós.
Odiaba ir en carro o en bus, amaba caminar, disfrutaba de la soledad urbana, de la melodía de la mañana ante el afán de quienes viven la vida como una carrera que olvidan terminará. A las 9 estaba en la entrada del edificio, su oficina quedaba en el piso 56, sabía que tenía el tiempo suficiente para llegar a su puesto, e inclusive, de leer un poema mientras el ascensor terminaba su ascenso. Empezó el camino hacia la cúspide del edificio y fastidiada por los murmullos de la gente, la mala música y el mal olor, decidió abrir su libro y leer…

¡Nunca insultéis a la mujer caída!
Nadie sabe qué peso la agobió,
ni cuántas luchas soportó en la vida,
¡hasta que al fin cayó!
¿Quién no ha visto mujeres sin aliento
asirse con afán a la virtud,
y resistir del vicio el duro viento
con serena actitud?
Gota de agua pendiente de una rama
que el viento agita y hace estremecer;
¡perla que el cáliz de la flor derrama,
y que es lodo al caer!
Pero aún puede la gota peregrina
su perdida pureza recobrar,
y resurgir del polvo, cristalina,
y ante la luz brillar.
Dejad amar a la mujer caída,
dejad al polvo su vital calor,
porque todo recobra nueva vida
con la luz y el amor.

–Víctor Hugo.

Piso 20, el ascensor está casi vacío y la mujer cobra poco a poco la esperanza de disfrutar su viaje a solas, de tener el tiempo de sentirse libre de pensar, de respirar, de moverse; porque el ascensor es sinónimo de atadura ante la mirada de los otros, de los que la ven en la cercanía y quienes vigilan en la distancia, el aparato que representa la escases de lo bello y el cautiverio de lo humano. Piso 25, por fin son ella y la horrible caja que va ascendiendo, vuelve a leer el poema y siente que se refiere a ella, a su vida, al amor que es tan ausente disfrazado de placer ante lo corto, lo instantáneo. Es la subida la que da cuenta de sus vacíos, la que le permite sentir que es una pobre infeliz buscando amor en el café, los libros, el sexo, el amanecer, su gato… tantas cosas absurdas y simples que se han vuelto el estilo de vida de esos que viven la moda de ser diferente.
Decepcionada de su maldita vida, olvida que un joven se sube en el piso 40 y hace tiempo no ha parado de verla. Con una alta capacidad para comunicarse le pregunta…
–Si se le perdió algo, no creo que yo lo tenga y si cree que se lo robé, olvide que se lo regresaré.
El hombre, algo sorprendido, le responde
–Creo que está confundida, la verdad solo la estaba mirando, tengo una entrevista de trabajo y los nervios me obligan a moverme descontroladamente o buscar con quien hablar.
–Espero que no sea conmigo –responde ella sutilmente -.
El hombre, decepcionado, baja su mirada y da un paso hacia el frente para ignorarla completamente. La mujer, decepcionada de caer en el comportamiento típico del humano cautivo en el ascensor toca dos veces el hombro del extraño y le pregunta…
–¿A qué tipo de empleo está aplicando?
–El hombre sonriente le responde – quiero ser asesor de mercadeo de una reconocida marca de ropa, mi trabajo es entender que hace feliz a la gente.
–¿Es eso posible?– pregunta ella-.
–Lo más probable es que sí.
–Entonces dígame, ¿qué me hace feliz?
El silencio se apodera del ascensor, el hombre preocupado busca dar una respuesta certera para demostrar su conocimiento y no quedar como un parlanchín ante una mujer tan extrañamente interesante.
–Por lo visto, veo que su atuendo es algo modesto, básico, eso quiere decir que tal vez es una mujer que busca la felicidad en las cosas simples… creo que lo que menos quiere es encajar, quizás busca encajar de otro modo.
–Entonces soy una mujer básica?– responde ella-
El hombre siente que es un completo idiota, sabe que su respuesta ha empeorado todo y que ella ya no se verá atrapada por su encanto y su capacidad de persuasión. La mujer, aún más frustrada ante la reafirmación de un extraño por la simpleza de su vida decide dar un paso atrás y esperar que él o ella lleguen al piso que les corresponde. Piso 50, ninguno de los dos abandona el ascensor, la tensión empieza a ser más fuerte entre ambos, no sabe quién de los dos hablara primero… las luces del ascensor se vuelven intermitentes, el número que indica el piso no se distingue, de pronto el ascensor se desploma… uno, dos, tres, cuatro pisos, la caída hace que ella sienta algo de vértigo, mientras que el busca la forma de sostenerse y de pedir a Dios que el maldito aparato se detenga.
Cinco, seis, siete, ocho, el hombre ya está en el suelo, inconsciente, invadido por el miedo. Suena un estruendo y el ascensor detiene su caída, la mujer desconoce el piso donde se encuentra, oprime el botón de auxilio pero nadie responde, se escuchan golpes alrededor, algunos murmullos, pero todo es incierto. Decide sentarse con cuidado, pues siente que el maldito cajón donde está encerrada puede desplomarse y convertirse en su propia tumba, recuerda que el hombre está inconsciente, trata de ver si aún respira y si ha tenido algún golpe, hace lo que puede con movimientos limitados y descubre que todo se encuentra en orden.
Poco a poco siente que el aire se acaba, sus ojos se aburren de ver cuatro esquinas grises y sin vida y su mente empieza a anhelar que el maldito ascensor se caiga y acabe con su frustración de inmediato. No sabe cuánto tiempo ha pasado desde que empezó a subir hasta donde se encuentra ahora, lo que menos le importa es llegar puntual a su trabajo, lo detesta, ella solo lo hace para que el café nunca le falte y no tenga que dormir en la calle.
Suena un crujido, la luz de nuevo es intermitente, ella sabe lo que se avecina, toma su libro, pone la cara contra el poema, cierra los ojos para dejarse caer… abre los ojos, va caminando por un jardín, alguien la lleva de la mano, es su madre… sorprendida parpadea las veces que puede y se pellizca para preguntarse si es un sueño o es real, parece que todo es tan claro que sus sentidos no la engañan, se detiene, abraza a su madre y deja que las lágrimas recorran su rostro, siente un vacío en su pecho, un vacío que su madre no puede llenar.
Continúan caminando y encuentran un par de niños sentados frente a un pequeño parque de juegos, a su lado, los niños están con un hombre alto, de cabello oscuro. El hombre da media vuelta, ella queda atónita, no puede moverse… lo ve aproximarse, siente como el la besa y como los niños abrazan cada uno, una de sus piernas. Siente un vacío en sus entrañas, en su mente, ya no sabe cómo hablar, como moverse, sentir y respirar. Aquel hombre que la besó, el mismo que estaba en el ascensor, la lleva cargada en su hombro mientras su madre y los niños ríen sin razón, juntos llegan al final del camino donde un árbol gigante los esperaba. El hombre como pudo la acomodó sentada bajo el árbol y se dirigió a jugar con los niños mientras la madre de la mujer preparaba algo de comer. Se sentía tan vacía que el viento hizo con ella lo que quiso, como una hoja que se desprende de una rama, poco a poco se fue elevando, nada más podía ver en su interior todas las batallas que había tenido que librar… la ausencia de su madre, un golpe en el rostro. El abuso de su padre, sangra su nariz. La soledad y el rechazo de quienes conocía, se queda sin aire. La falta de amor en su vida, su pierna se rompe. Su maldita vida simple… cierra los ojos para dejarse caer…
Como hoja al viento, finalmente cae contra la tierra y se pierde con el tiempo bajo el lodo que hace la lluvia y otras hojas que caen. Suenan golpes y voces, sabe que todo está perdido, sabe que no la encontrarán a tiempo, que será un cadáver más que llenará el espacio en las noticias, una x más dentro de la ecuación de los que no importan, de los vacíos que solo están para llenar más vacíos más grandes. Ella sabe que el poema, ese que la acompaña en su lecho de muerte posado sobre su rostro se equivoca, que Víctor Hugo es un optimista sin remedio, que su vida simple no le hará ver la luz del resurgimiento, ya que siempre será la pobre infeliz, la mujer caída, una hoja más que será parte del polvo y no recobrará nueva vida.

David Santiago Parra Gómez

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***

II

Doy pasos adelante y atrás, pero no avanzo.
Salto fuerto pero no llego alto.
Trato de recostarme en él.
Suelo pero no logro tocarlo.
No puedo escapar, ya es inevitable, ha llegado a visitarme. 
Sólo quisiera estar conmigo un par de horas. Pero ha llegado de noche, por lo que debe estar  cansada y extrañando mi cuerpo con demasiado deseo. 
Ya empiezo a sentir cómo vuelve a ser parte de mí.
Empiezo a preguntarme acerca de todo.
Pienso demasiado y al final no pienso en nada. Lo que estaba bien ahora está mal y me han invadido unas ganas terribles de llorar porque hace frío y no tengo con quién dormir. 
Cuando ella llega me siento mucho más sola. Siento que el corazón pesa tanto que se me va a caer y mis piernas se vuelven débiles. 
Decido dormir con la esperanza de no encontrarla en la mañana. Pero cuando suena mi alarma, me doy cuenta que no tengo sueño, pero que no puedo levantarme de la cama. 
Ella sigue aquí, hace que espere 30 minutos en la cama porque simplemente no tengo fuerzas para levantarme. Hasta que veo luz en la ventana y me llena el miedo de llegar tarde y ya sé que voy tarde y empiezo a pelear conmigo por dejarme convencer cuando ella me dijo que esperara un poco más.
Siempre hace eso. Quiere que le haga compañía todo el día y me quede en casa. Que me encierre en el baño y dure horas en la ducha, así puedo llorar sin que se escuche.
Ya cuando llego a trabajar, decide alejarse un poco y puedo ser yo por pocos minutos. 
Pero una vez estoy sola, ella corre hacia mi. El camino a casa es doloroso. No tengo apetito y sólo decido tirarme en la cama. 
Le pregunto otra vez. ¿Por qué has vuelto, si todo marcha bien? ¿ahora qué hice mal? 
Y no me dice nada. Entonces, decido ser un bebé y corro a los brazos de mi madre, y lloro mucho. Y mi madre vuelve a sentir ese dolor como cuando no podía decirle que lloraba porque tenía sueño. Y decide hacer lo mismo, meserme en sus brazos ya un poco menos fuertes, pero con el mismo amor y cuidado de hace muchos años.
Y después de su abrazo, me siento llena otra vez. Y ella se ha ido. 
No me ha dicho si volverá. Pero siempre regresa. Y no creo estar lista para eso.

Xiomy Silena Estupiñan

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***

Instantes acalorados

La noche en Barranquilla nunca había sido tan fresca. El viento soplaba en sincronía a las olas del mar, con una velocidad desmesurada, tal vez por eso todos los barranquilleros habían preferido resguardarse en sus casas y acostarse muy temprano, pues siendo las 8:54 p.m. no se veía un alma en ninguna de las 84 calles y 59 carreras de la ciudad. Pero no era este clima el único rey de la noche, también la oscuridad se robaba el protagonismo al cubrir con su negro manto cada uno de los edificios y de las casas de la ciudad.
En medio de ese negro reinado solo se divisaban dos luces encendidas: la de la Luna y la de la cocina de la casa Guerra Granados. En esta casa de familia solían cenar a las 7:30 p.m., sentarse a ver las noticias o una que otra telenovela hasta las 10:00 p.m. en la poltrona beige que tenía cuatro puestos (justo el número necesario para la cantidad de miembros de la familia), y una vez terminaban de ver sus programas, cada quien se iba a su habitación a esperar la llegada del sueño… o a simular dormir.
Sin embargo, esa tradición se rompió en esta misma noche, todos habían llegado cansados y, por eso, después de una cena silenciosa y sin interrupciones, se dirigieron a sus camas sumiéndose en un sueño profundo. Pero para Rafael, el gran patriarca de la casa, el cansancio no era suficiente para conciliar el sueño, todas las noches se desvelaba por andar pensando largas horas en Rocío Angulo. Las horas se le pasaban en hacer un recorrido por cada una de las partes de su cuerpo: pensaba en sus ojos color arequipe y en cómo estos siempre estaban evadiendo encontrarse con los de él; luego llegaba a su nariz pequeña y engrosada; a sus labios carnosos que solo sabían responderle órdenes –“Sí, señor, hay jugo de carambolo”, “Sí, señor, ya le traigo sus zapatos”–, nunca escuchaba de ellos las palabras de amor que tanto anhelaba –“Rafael, huyamos de aquí”, “Tengamos hijos”–; su cabello lleno de ondas, con mucho más movimiento que las olas del mar de aquella noche; sus senos firmes y almidonados; sus caderas que se zarandeaban con el caminar en un son realmente provocador; sus piernas bien torneadas, gruesas y suaves como el pan fresco; y su piel color coco, tan brillante, tersa y suave.
Después de hacer este recorrido comenzaba a recordar las veces que, haciéndose el desinteresado, la había visto pasar por el rabillo del ojo, o las veces que le había solicitado un favor y ella siempre mirando al suelo se lo hacía. ¿Cuántas noches más? ¿Cuánto más tiempo sin ella?
Era infeliz, Luz Marina siempre fue la mujer para tener hijos y presentar en los cócteles de la empresa, pero nunca fue la mujer para amar. Ya nada puedo perder. Sin temor a lo imposible, se paró rodándose de la cama para que Luz no sintiera aquella leve brisa que enfría la cara cuando se mueven las sabanas de la cama, no se puso las pantuflas, no se vistió, mucho menos revisó su aspecto en el espejo, así, con el cabello arremolinado, en calzoncillos, descalzo y sin camisa bajó arrebatado a la cocina, su mente no procesaba, era el deseo el que mandaba sobre sus acciones.
Rocío estaba terminando de lavar la loza mientras movía las caderas y los hombros como si estuviera sonando un vallenato a todo volumen en su cabeza, cuando se volteó a guardar los platos que ya estaban secos, la figura de Rafael la sorprendió, abrió los ojos y se quedó inmóvil. ¿Estará sonámbulo?
–Señor Rafael, ¿en qué le puedo servir?
Él, sin ser capaz de modular una sola palabra, se le acercó tanto que con solo tambalearse suavemente hacia adelante sus narices podían tocarse, su mano comenzó a tocar la mejilla, el cabello y el cuello de Rocío. Tal vez estaba confiado de que el negro manto de la oscuridad nocturna ocultaría sus acciones impulsivas, o tal vez ya no le importaba nada más, estaba dispuesto a arriesgarse.
–¿No le parece que la soledad es una mala compañera, Rocío? La noche está fresca y lúgubre.
Rocío creyó entender y se balanceó hacia adelante con el deseo de sentir un amor que le sacudiera los huesos. Así, no solo se lanzó al abismo del amor, sino que también eliminó todos los motivos que le habían causado insomnio a Rafael, un pacto se había sellado ese día. Pero el deseo pudo más que el pudor y aquellos besos repetidos en varias noches consecutivas llevaron a la consumación más profunda del amor, todo lo que había estado reprimido florecía en millones de caricias y besos.
Las noches se fueron calentando con el tiempo, ya no había tanta brisa, las olas estaban más calmadas, poco a poco el calor empezó a ser infernal, sudaban tanto que todas las madrugadas -cuando Rafael se volvía en silencio a su cama conyugal- los colchones amanecían húmedos. La temperatura, así como el amor, eran implacables.
Y fue tanto el amor, que Rafael sembró en el vientre de Rocío un niño, en los primeros meses no se veían los frutos, pero a partir del séptimo mes era imposible negar lo que se tendría que cosechar próximamente. Pero Rafael, el gran señor de la casa, tan respetable, tan impecable, tan renombrado ¿cómo podría aceptar una cosa así?
–Eso fue que una noche de sueño pesado Rocío se instaló en mi ingle y yo no me percaté.
Se atrevió a decirle a Luz Marina cuando Rocío lo acusó de ser el padre de la criatura.
–Aquí todo sigue bajo control, dejémonos de tanto drama, Luz Marina, es solo una muchacha acusándome de sus errores. Lo mejor que podemos hacer es echarla, ya conseguirá un trabajo y un papá para su hijo.
Rocío a los ocho meses y medio de embarazo, con una barriga de sandía y diez mil lágrimas en los ojos tuvo que regresar a vivir en Lipaya con su madre. Un bebé es un motivo de felicidad. Un hijo es una bendición. La frescura de aquella primera noche de amor que ahora Rocío recordaba con desilusión nunca volvió a la ciudad, ahora todo era calor y humedad, sudor y lágrimas.
Cuando Joaquín nació, la tristeza desapareció del corazón de Rocío, ahora ayunaba más y dormía menos, pero ese niño era todo lo que necesitaba para renacer, para encontrarle motivos a su vida siempre tan cobijada por el terciopelo de la soledad. Todas las fuerzas que ganó gracias a su bebé le sirvieron para ponerle una denuncia a Rafael por no reconocerle la paternidad y por echarla de su puesto de trabajo sin razones justificadas. Las energías que la acompañaron en la motivación de denunciarlo, permearon el proceso penal y consiguió que el honorable señor Guerra fuera enviado a la cárcel por 4 años.
La justicia siempre había estado acompañando al dinero y al poder, en Barranquilla siempre había sido fácil lavarse las manos para una familia de alcurnia, y había sido aún más fácil echarle los platos sucios a una familia pobre, sin importar si era realmente culpable o no. ¿Este era un triunfo de la pobreza sobre la riqueza? ¿O de la justicia sobre los privilegios? Algo se estaba haciendo bien finalmente.
Cuando el niño cumplió cinco meses, toda la familia Angulo se reunió a celebrar el bautizo del niño: hicieron sancocho de pescado, compraron una torta y tomaron mucha cerveza. Rocío se había puesto un vestido rojo que daba cuenta de cada una de las curvas y pliegues de su cuerpo, estaba maquillada y con el cabello trenzado.
–Venga, mamá, ¿será que nos tomamos una foto? Es que mis primos nunca vienen a visitarnos y solo Joaquín logró reunir a todos los Angulo aquí.
En la foto todos salieron muy emperifollados, borrachos y felices, aunque fue una foto de gran dificultad, pues casi no caben las 47 personas que asistieron al bautizo de Joaquín en el formato de los titulares de El Heraldo. En Barranquilla las fotos de eventos sociales privados solo se publican cuando en ellas hay personajes de alto estatus y, evidentemente, en el núcleo de esta numerosa escena aparecía Rafael Guerra muy sonriente al lado de Rocío.
El último en enterarse de que había asistido al evento fue Rafael, un calor progresivo invadió todo su cuerpo, pero esta vez no podía actuar desde el impulso como lo hizo en aquella noche de insomnio fresca, aunque a la vez acalorada de amor. Lo único que pudo hacer fue llamar a Rocío y ordenarle que luchara por su honor, pues si su nombre quedaba manchado, el de todos los Guerra Granados se ensuciaría también y de paso haría que ella quedara como una mentirosa ante toda la costa atlántica.
Rocío, ciega de amor, o quizás de miedo, caminó a toda velocidad hasta las salas de redacción de El Heraldo y no se detuvo, ni siquiera cuando el semáforo se puso en verde y el flujo de los carros casi la atropella, no había tiempo que perder.
–¡Necesito hablar con el periodista encargado de esta farsa fotográfica!
Salió de su cubículo a dar la cara con el pecho en alto un muchacho que parecía más un bachiller que un periodista de un diario tan prestigioso como El Heraldo.
–Sí, doña, soy el periodista Armando Rivera, ¿en qué le puedo colaborar?
–¿Qué es este chiste, señor Rivera? ¿Le parece de muy buen gusto burlarse así de toda una familia? Esta foto es un montaje, es un hecho que no pudo ser. Pensé que en este diario había periodistas respetables…
Rocío guardó silencio por unos minutos para calmarse.
–Dígame una cosa, ¿usted tiene hijas, señor Rivera?
–Sí, tengo una hija de 5 años –dijo el periodista con el tono de un feligrés cuando se va a confesar ante el sacerdote con gran arrepentimiento.
–Pues ojalá su hija nunca tenga que ser madre soltera.
La mujer tomó su bolso, el periódico impreso que traía en la mano y su dignidad y caminó hacia el calor infernal que ya no abandonaba a Barranquilla, ni siquiera para dejarla dormir.

Ana María Betancourt Ovalle 

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