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Un viaje a lo más profundo de Inírida

En la capital del departamento de Guainía, Inírida, la vista se pierde en el infinito entre océanos de selva. Esta es la bitácora de un viaje de cuatro días por la región.

César 'El de Tabio'
25 Abr 2018 11:00 AM

688 kilómetros separan a Inírida, capital de Guainía, de Bogotá; 688 kilómetros que recorrimos junto al equipo de Somos Región para poder conocer este mágico lugar.

Día 1. Martes.

Agapito nos estaba esperando, pero ni él ni nosotros sabíamos a quién abordar. Sin embargo, un chaleco blanco que lo identificaba como funcionario de la Alcaldía de Inírida y nuestra cara de foráneos hizo que el contacto fuera inmediato y que su mano se estirara para presentarse como Arcángel, coordinador municipal de turismo y quien haría las veces de guía durante nuestra visita.

Arcángel / Foto: Julián Ossa - Somos Región

Arcangel es un indígena puinave a quien todos conocen en Inírida como Agapito, el apellido de su padre y su abuelo, y quien para el grupo de periodistas que llegó a su tierra se convirtió en más que un líder.

Inírida es puerto sobre el río que le da su nombre y está a 688 kilómetros de Bogotá. Es también la capital del departamento de Guainía y a la vez su único municipio. Su clima y vegetación selvática nos dan la bienvenida a lo que técnicamente ya se puede considerar amazonía y en donde la única manera que existe para conectarse con el centro del país es el vuelo diario que la empresa aérea del Estado envía en la mañana y regresa a la capital una hora después. Por tierra es imposible llegar a esta zona de aguas.

Foto: Julián Ossa - Somos Región

Arcángel, o Agapito, se encarga de llevarnos al hotel, acomodar nuestras maletas y ponernos en marcha hacia nuestro primer destino: la zona de Coco Viejo. Ahí nos unimos al grupo de colegas que llegó el día anterior y empezamos el recorrido gastronómico en que se convirtió el viaje. Esta vez el menú incluía palometa (pescado), patacón y arroz, la vista del río Inírida y el encuentro con otro de los personajes que habitan la zona, Camilo Puentes, el bogotano.

En los últimos años la fiebre del coltán se sumó a los dolores de cabeza que trae la minería ilegal a esta zona del país, que también ha dejado de paso la llegada de muchos aventureros a desangrar la selva guainarense.

Camilo / Foto: Julián Ossa - Somos Región

Pero Camilo no llegó por gusto ni por la fiebre mineral. Cuando tenía 15 años hizo una fiesta en su casa en Bogotá y el castigo de sus padres fue enviarlo a donde su hermano mayor trabajaba como registrador. Desde entonces han pasado 35 años y para este hombre alto, de cabello ondulado y contextura delgada, su hogar está donde nunca se lo imaginó.

Después del almuerzo, Inírida abre sus puertas mostrándonos su pasado. Melvino, indígena curripaco, abre su mochila para mostrarnos un libro que él mismo escribió y en donde narra el origen de "su universo", un mundo que está grabado en los petroglifos que muestra con orgullo. Allí está la historia de Ńapirikuli, Kuwai, Amaru y cada uno de los integrantes de la cosmovisión de esta comunidad ancestral.

Petroglifos / Foto: Julián Ossa - Somos Región

Gracias a Melvino y su familia el Parque Rupestre Amarrú no solamente se puede conocer y entender sino que mantiene viva la espiritualidad y el futuro de los curripacos, y también de las distintas etnias que habitan Guainía, que constituyen el 90% de su población total.

Arcángel observa pero también traduce, pues para los puinave la historia es similar pero los nombres de cada representación son otros, así como lo es su lengua e inclusos algunas de sus facciones. Por su parte, Camilo, que aunque estudió administración hotelera y turismo, parece más un antropólogo, utiliza esta primera visita para hablarnos de Sofía Müller, una norteamericana que a mediados del siglo XIX se internó en esta tierra marginal y tradujo la biblia y sus creencias protestantes a la lengua de cinco comunidades que ni siquiera sabían hablar español. Por este motivo, según Camilo, quienes abandonaron a los dioses indígenas no se fueron precisamente para el catolicismo pero al mismo tiempo empezaron a olvidar el significado de lo que aún hoy perdura sobre la piedra.

 Melvino / Foto: Julián Ossa - Somos Región

En Inírida anochece más temprano. Por su ubicación geográfica, en el extremo oriental, nuestros relojes parecen estar a destiempo, pues a las seis de la tarde la luz del sol prácticamente ya no existe y en cuestión de minutos la oscuridad se toma el ambiente.

Así mismo, nuestros guías nos indican que lo mejor es aprovechar, dormir y cargar todos nuestros aparatos electrónicos pues llegarán dos días muy largos pero dignos de aprovechar. La cena es en Paujil, cerca al río. Pescado, de tres clases y en preparaciones diferentes, yuca, patacón y ají, mucho ají.

Cena típica e la región / Foto: César 'El de Tabio' - Somos Región

Día 2. Miércoles.

Martha, la propietaria del hotel, nos invita a un breve desayuno de cereal y leche pero lo adereza con el comentario que dicta la experiencia: “aprovechen porque lo van a extrañar”. Inmediatamente nos entrega, a cada uno de nosotros, un sanduche y un jugo de caja para el camino. El destino esta vez era los cerros de Mavicure, una noche de campamento a orillas del río y la posibilidad de compartir con los puinave que custodian los cerros.

El puerto fue el punto de partida y el lugar en donde Marcos, puinave, nos estaba esperando para comenzar el recorrido en contra de la corriente del Inírida, por donde nos llevó durante casi dos horas con la experticia de quien navega a diario por una autopista de 200 metros de ancho y 30 de profundidad, y con la sabiduría que dan los años y la sangre indígena para sortear sin problema los bancos de arena, las piedras y los raudales que Marcos distingue a los lejos como si se trataran de señales de tránsito.

 Foto: Julián Ossa - Somos Región

A pocos minutos de zarpar, Camilo le pide a Marcos que se detenga en Caño Bocón y el espectáculo no se hizo esperar. Los toninas, nombre que le dan los locales a los mal llamados delfines rosados, son completamente espectaculares y juguetones, eso sí, bastante rápidos en sus movimientos para casi no dejarse fotografiar, pero lo suficientemente sagrados para que sea prohibido siquiera intentar pescar uno de ellos.

Seguimos navegando y mientras lo hacemos, Camilo nos explica que el río divide a Guainía de Vichada y por consiguiente a la amazonía de la orinoquía, algo que se hace visible con solo mirar a los lados y notar que la margen derecha, en este caso, es más alta, mientras que la izquierda es más baja, por lo que se explica el porqué de las constantes inundaciones en que vive la selva.

 Foto: Julián Ossa - Somos Región

Marcos maneja, Arcángel y Camilo duermen, algunos de nosotros también, pero la mayoría tan solo nos maravillamos de la gran cantidad de agua y selva que todavía podemos disfrutar.

Una por una, las enormes piedras se van mostrando a lo lejos, son la señal de que estamos llegando y la buena noticia de que podremos ponernos de pie. Son cerca de las 10 de la mañana y la profe Magaly apenas se está bañando en el río porque a ella le dijeron que los visitantes llegarían después del mediodía. Pero no importa, sale del agua, nos saluda y nos asegura que ya nos están esperando y que tenemos el permiso necesario para entrar a la comunidad de Remanso.

 Foto: Julián Ossa - Somos Región

Magaly es de Neiva pero está en Inírida como profesora de emprendimiento del Sena, un trabajo que hace para que los pueblos indígenas aprendan a desarrollar proyectos que les permitan vivir del turismo y dejar a un lado las actividades ilegales que circundan la zona. Con su pelo negro corto y la sonrisa enorme que la caracteriza se ganó la confianza de los lugareños y se enamoró tanto del lugar que incluso realiza una labor voluntaria invaluable: la creación de un museo vivo de Guainía.

Con el permiso necesario y habiendo organizado lo estrictamente indispensable empezamos la subida hacia Mavicure, el único de los tres cerros al que se puede ascender. Mavicure (300 metros aproximadamente), Mono (400) y Pajarito (700) son los tres tepuyes, o montañas de piedra, que con alturas diferentes conforman el principal atractivo turístico de Inírida y de Guainía en general. Además, son el vestigio más antiguo de nuestro planeta, pues las investigaciones geológicas afirman que son afloramientos rocosos con más de 1.800 millones de años de antigüedad y en este caso son la orilla occidental del gran Escudo Guayanés, del que también hacen parte formaciones similares en Brasil, Venezuela y por supuesto las Guyanas.

 Foto: Julián Ossa - Somos Región

Pero para la comunidad de Remanso y los puinave en general son más que rocas antiguas, son tradición, medicina, amor y muchas otras cosas, por eso hay que admirarlas con respeto y llegar la cima de una de ellas para que Arcángel nos cuente la leyenda.

Mario es miembro de la comunidad y nos está acompańando por razones de seguridad, y no es para menos. Sobre sus hombros lleva una cuerda gruesa y vieja con la que a veces hay que sujetar a quienes pierden la fuerza subiendo o bajando la piedra. Su mirada impávida no permite que ahondemos más en su papel, sin embargo queda claro que los foráneos somos quienes llevamos botas y zapatos de montaña, mientras que él camina con apenas unas chanclas que quizá no son necesarias, pero que utiliza para no hacernos sentir tan mal.

Ascenso a Mavicure Foto: Julián Ossa - Somos Región

El recorrido lo hacemos despacio, respirando lentamente e hidratándonos constantemente, pues la subida toma algo más de hora y media, en donde además de lidiar con el esfuerzo, el calor y las hormigas, es necesario utilizar algunas escaleras que los nativos fabricaron para hacer posible la visita. En medio de la montaña un pequeño grupo de turistas paisas está haciendo una pausa, van bajando, son amigos de hace muchos años y decidieron cambiar el lugar para reencontrarse.

Es casi la una de la tarde y estamos arriba, la fatiga valió la pena. No se equivocan quienes hablan de océanos de selva, y menos si lo dicen desde este mágico lugar en el que lo único que se atraviesa con la mirada son Mono y Pajarito que están al frente, por lo demás, la vista se pierde en el infinito hacia cualquier lugar que se observe.

 Cerro Mavicure / Foto: Julián Ossa - Somos Región

Sentados, obnubilados por el paisaje, Arcángel inicia su relato señalando algún punto en el fondo verde narrando la manera como Densikoira, "mujer de dulce olor", siendo una bella y joven nińa fue víctima de un guerrero que quiso conquistarla usando la puzana (quereme) que crece en los cerros, haciendo que terminara por esconderse dentro de Pajarito, el más alto e inalcanzable, desde donde vigila y protege los secretos de los puinave, y en donde al cantar deja caer hilos de agua de donde surgirá la endémica e inmortal flor de Inírida.

El cansancio se va a volar con la imaginación y por un momento la leyenda parece explicar el porqué pese a la distancia y la falta de comunicación con la "civilización" los hombres, mujeres y niños que viven a la sombra de los cerros son tranquilos y activos, fuertes y tímidos e inteligentes y certeros en su manera de enfrentar la vida.

Cerro Mavicure / Foto: Julián Ossa - Somos Región

Pese a estar desconectados, pues ningún operador celular funciona en esta zona, hay que volver a la realidad, que en este caso es la de bajar nuevamente por el mismo camino, puesto que es probable que llueva y en la selva no hay lluvia pequeña.

Remanso es el nombre de la comunidad que custodia los cerros, a la que pertenece Arcángel y su familia y en donde nos esperan para almorzar. Pescado, yuca, patacón y ají, otra vez mucho ají.

Remanso es también uno de los poblados a orillas del río Inírida en donde un radio-teléfono es su única conexión con la ciudad, pues a diferencia de Venado, el pueblo vecino, aquí aún no hay teléfono satelital, de los que entregó el Ministerio TIC y que les permite anunciar cualquier eventualidad.

Foto: Julián Ossa - Somos Región

Alimentado el espíritu y el cuerpo nos volvemos a embarcar para avanzar unos minutos más y organizar las carpas en las que pasaremos la noche.

El cansancio es más que notorio, pero el día aún no termina. Por invitación de Arcángel, y mientras Camilo y Pablito terminan de armar el campamento, nos dirigimos al Caño San Joaquín, en donde como niños terminamos metidos y disfrutando de sus aguas color naranja, fruto de la gran cantidad de minerales que albergan sus suelos.

En San Joaquín, Arcángel conecta su tradición con sus anhelos y habla con altivez de su paso por la universidad en Bogotá y su viaje a Estados Unidos, lugares en los que nunca negó su origen y de los que regresó para decirle a su pueblo que sí es posible conectarse con los blancos sin temor a perder la identidad, que se pueden convertir en un gran destino turístico y étnico, pero que depende primero que todo de ellos el que se mantenga vivo y al servicio del mundo entero. Cerca a San Joaquín no solamente conocimos los deseos de Arcángel sino que nos acercamos al lugar en donde vivía originalmente la princesa Inírida y por eso no había mejor manera de terminar la jornada.

 César y Arcángel en Remanso / Foto: Julián Ossa - Somos Región

En la noche, Camilo, Pablito y Marcos fueron por la cena, importante mencionar porque fue la única comida en la que el pescado fue cambiado por gallina, algo que todos ya estábamos extrañando.

Al volver, Pablito, otro bogotano, amenizó la fogata contando de su paso como soldador por la Flota Mercante Grancolombiana y la manera como cambió un Renault 4 por la finquita que ahora tiene al respaldo del aeropuerto de Inírida. Pablito es el padre de Adriana, quien junto a Camilo y a Javier conformaron hace dos años la Fundación Antrópico Amazónico, cuyo objetivo es brindar servicios profesionales que promuevan la conservación y preservación, bajo el concepto de apoyo a las comunidades locales en temas de turismo y desarrollo sostenible.

Foto: Julián Ossa - Somos Región

Día 3. Jueves.

Tengo un gusto personal por la pesca y no podía dejar pasar la oportunidad. Así que le pedí a Arcángel y a Marcos que me señalaran la mejor zona para hacerlo antes de que saliera el sol. Así lo hicimos, pero mis anzuelos resultaron bastante pequeños para el tamañoo de los peces que habitan aquí. Al final, la pesca se convirtió en historias de vida en torno a mis dos acompañantes.

De nuevo en la comunidad nos esparaban para desayunar. Pescado, yuca, patacón y ají, siempre mucho ají, pero al lado del fogón la posibilidad también de sentarse con las mujeres puinave, las que se encargan del conuco (huerta) y de la familia, esas mismas que aunque a simple vista perece que pidieran permiso para todo, de paredes para adentro son quienes influyen en gran parte de las decisiones y en las que recae buena parte de la responsabilidad a la hora de transmitir saberes generacionales.

Son las mujeres quienes cobran el ají que les compramos y las que mandan a sus hombres a que nos lleven a conocer Caño Vagina. Magaly explica que el nombre es traducido y que la occidentalización hace que algunos sientan pena al pronunciarlo, ella trabaja para romper esa barrera y de paso nos muestra las cabañas en las que se espera se hospeden los futuros turistas.

 Foto: Julián Ossa - Somos Región

Hay que dejar la comunidad y a los imponentes cerros porque otro regalo de la naturaleza quiere mostrarse. Debemos volver a Inírida para cargar combustible y seguir durante otra hora más por el río.

Acostumbrados al movimiento de la lancha ya somos más los que podemos dormir en el regreso pero pocas veces se puede ver la unión de cuatro imponentes ríos así que el sueño queda atrás. Además, a pocos minutos de Inírida y mientras bajamos por su río, las amarillas aguas del Guaviare se suman, le quitan el nombre y también le quitan el sueño a los tripulantes de los barcos de carga que durante 15 días lo recorren para conectar a Guainía con San José del Guaviare.

Ahora son uno solo, son el Guaviare en su máximo esplendor y juntos van hacia el oriente para darle nacimiento a la Estrella fluvial de oriente, de Inírda o de Humbolt, este último en honor al naturalista alemán quien lo conoció en 1800 y pudo sentir de cerca quizá la misma emoción de nosotros. Pero la Estrella apenas está empezando a brillar.

Foto: Julián Ossa - Somos Región

Kilómetros más adelante, del norte, llega el Atapabo, o río Negro, nombre al que hace gala el color del agua y que parece trazar una delgada línea divisoria cuando se junta con el Guaviare para que en cuestión de minutos se una el Orinoco que viene de la serranía venezolana y forman, con suficiente agua y fuerza, el Gran Orinoco, el tercer río más caudaloso del mundo, el río cuya desembocadura fue documentada por Cristóbal Colón, pero que no fue explorado sino 450 años después de su descubrimiento, el que junto al Amazonas son los dos ríos más importantes de todo el continente americano.

Pero esta estrella fluvial no solamente maravilló a Humbolt por sus aguas sino por la extensa flora y fauna que habita en él y a su alrededor, en especial los delfines rosados que menciona en sus escritos y que tuvimos la suerte de observar de nuevo y quienes disfrutaron también de la visita, pues durante varios minutos su espectáculo parecía haber detenido el tiempo.

La Estrella / Foto: César 'El de Tabio' - Somos Región

Aunque el tiempo siempre va en contra de nosotros los periodistas, no es solo por eso que nuestra visita a la Estrella debe terminar pronto. Otro de los motivos lo marca el mismo río y es debido a que en medio de toda esta confluencia de aguas también se juntan dos naciones. Colombia y Venezuela se encuentran en este punto y frente a nosotros está San Fernando de Atabapo, la ciudad más antigua de la amazonía, fundada en 1.758 por exploradores españoles y trístemente célebre por haber sido epicentro de la explotación y aniquilamiento al que fueron sometidos los pueblos indígenas en medio del auge que trajo consigo la extracción de caucho.

En medio de este comentario Camilo aprovecha para decir que los tres grandes males de la amazonía fueron el caucho, la evangelización y el reguetón. Arcángel, por su parte, asegura que hace unos años era normal desembarcar y hacer compras en San Fernando pero que la actual situación del vecino país aquí no es ajena y es por eso que nos recomienda dar media vuelta, bajar un poco en el Gran Orinoco y buscar una pequeña isla de rocas sobre la cual tomar algunas fotos y emprender el regreso hacia Inírida.

Con la emoción de sentir cuatro poderosos ríos y ver cómo se convierten en uno solo, más el sabor extraño de tener tan cerca y tan lejos a un país hermano, volvemos a la ciudad con destino a Sabanitas, otra zona de resguardo en donde se ubica Jípana, una asociación indígena de turismo comunitario de la familia curripaca, en donde pese a tener una magnífica presentación los alimentos siguen la misma línea. Pescado, yuca, patacón y ají, nunca puede faltar el ají. Fredy Yavinape, es el representante legal de la asociación y quien además de darnos la bienvenida también nos muestra el lugar.

La Estrella / Foto: César 'El de Tabio' - Somos Región

Él, junto a Óscar, el capitán de la comunidad, y las mujeres que los acompañan diseñaron un sitio de encuentro para su pueblo pero en el que los visitantes pueden aprender acerca de la lengua, la idiosincrasia, la comida y hasta la manera de vivir de curripacos, puinaves, cubeos y los demás pueblos que conforman el departamento. En Jípana además se está llevando a cabo una escuela de lenguas, pues los tiempos han cambiado por lo que ya es comúnmente aceptado que dos grupos se mezclen entre sí, a través de una pareja por ejemplo, pero con la condición de que ninguna de las culturas se sobreponga a la otra.

Como la mayoría de guainarenses, los habitantes de Sabanitas se dedican al cultivo y comercialización de peces ornamentales ya que cerca del 80% de los que llenan nuestros acuarios en las grandes ciudades del país nacen y se reproducen de manera natural en los caños de la región. Termina el paso por Jípana, yo les compré un remo, de los que utilizan para moverse en el agua, hecho con madera de laurel y desgastado por el uso pero que al igual que cada elemento que usan habla de lo que son, pues de acuerdo a la terminación que tenga la empuñadura del remo se puede saber a qué comunidad se pertenece.

Nos llevamos también una buena charla y el estómago satisfecho pues a su base alimenticia se le agregó jugo de borojó y frutos de la selva, o amazónicos, como la uva caimarona, el arazá, la piña y el asaí. En menos de dos horas estábamos cenando en el centro de Inírida pero al igual que en cada comida la preparación o la variedad del pescado era tan especial que fue imposible rechazarla.

 Frutos de la región / Foto: César 'El de Tabio' - Somos Región

Día 4. Viernes

Arcángel y Camilo madrugaron al hotel. Querían presentarnos a Camilo Puentes, sobrino de Camilo y actual alcalde de Inírida, un joven al que se le siente el amor por su región y quien además de agradecer que los medios de comunicación visitemos su departamento para visibilizarlo positivamente, nos dejó entrever que buena parte del desarrollo y protección de Inírida involucra a todos los colombianos, eso incluye a quienes desde la política lo pueden proteger, a los gremios que quieran invertir, a los turistas que los quieran visitar, y a sus ciudadanos, los que todavía se le burlan porque puso tres semáforos en donde casi no hay carros, pero que según Camilo, un día entenderán que la cultura ciudadana también los engrandece.

Promesas y propuestas que ojalá se cumplan por el bienestar de Camilo, de su tío Camilo, de Pablito, de Adriana, de Marta, de todas y cada una de las personas que hicieron de este un viaje digno de repetir y de impulsar. Por el bien de Arcángel que antes de despedirse me pidió que le dejara algunos anzuelos a cambio de ají. Inírida es, sin duda, para volver enamorado.


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