Alto contraste
Música

La tigra sabe rugir

Entre el 18 y el 21 de enero de 2018 el municipio santandereano de Piedecuesta fue testigo de un huracán de música, teatro, humor, pogo, baile, rebeldía y fraternidad.

Astrid Ávila
28 Feb 2018 2:50:50 PM

La segunda versión del Festival de la Tigra entregó una programación inquieta que convocó a músicos y curiosos de todas las latitudes a brindar, una vez más, por el fracaso.

Ha pasado más de un mes desde que tomamos la carretera rumbo al departamento de Santander para asistir al Festival de la Tigra. Durante estos días, cuando por Bogotá han pasado gran cantidad de eventos musicales, en mi cabeza han dado vueltas algunas preguntas: ¿Cómo un festival pequeño en una provincia convocó semejante variedad de música? ¿Por qué ha sentado un precedente sobre la gestión cultural sin ser un festival estatal, mucho menos un festival estrictamente comercial? ¿Cómo se han blindado contra la burocracia? ¿Qué nos queda por aprender a nosotros, periodistas y gestores arrogantes, tercos y citadinos, sobre la circulación de la música?

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Todo viaje carga su delirio y el nuestro no estuvo exento. El retraso de la partida nos llevó el jueves 18 de enero pasadas las 9 de la noche hasta el área metropolitana de Bucaramanga, Villa de Piedecuesta, un municipio ubicado en el departamento de Santander, con una población que alcanza las trescientas mil personas y que apenas supera la población de la localidad de Teusaquillo en Bogotá. Su extensión, sin embargo, supera tres veces la de la localidad de Suba.

El camino de ida estuvo ambientado por un par de chubascos que encontraron su eco en la Serranía del Peligro, una reserva natural con cascadas inmensas y senderos pedregosos y empinados, que en armonía con el clima hostil y la banda sonora revistieron el viaje con la nostalgia precisa.

La posada que nos esperaba, al menos hasta ese momento, estaba ubicada a un costado del Parque de la Libertad, el mismo lugar que los siguientes tres días sería el escenario de un huracán de música. Por cuestiones de generosidad y azar tuvimos la fortuna de ser hospedados en Villa Lolita, una casona extensa y fascinante que nos acogió las primeras dos noches.

Cuentan los que lo vivieron que el primer día de programación musical, el jueves, una bandada de pericos se posó en el techo de la iglesia La libertad para observar el concierto inaugural. El encargado de dar inicio a esta faena fue Sebastián Rozo, quien se precipitó al ruedo con un ensamble de improvisación que días atrás había conformado allí mismo, en Piedecuesta. Armado con su eufonio y el delirio necesario, comandó a un puñado de sopladores que aparecieron de muchos rincones del Parque. Así dio inicio a la liturgia.

Después la pelotera se movió dos cuadras, hacia el Elefante Blanco, como se conoce popularmente a un centro cultural con nombre de señor rimbombante. En un escenario dispuesto para 380 personas se montó el Dúo Chispún, una de las cuotas matikeras,  conformado por los entusiastas del ruido Santiago Botero y Benjamin Calais, quienes interpretaron noise acompañados por la trompeta del León Pardo. Les siguieron Los Gegé -y sus cantos llaneros-, Óscar Alviar y  Juan Francisco Lastra. Para finalizar Edson Velandia, la mente detrás del festival, dirigió las Sinfonías Municipales con la Asociación Banda de Músicos de Piedecuesta, que ya tiene más de 125 años de existencia. El cierre de la jornada pasó en la casa Kussi Huayra con un homenaje a Manuel Gustavo Chacón, líder sindical y obrero asesinado en 1988.

Festival de la Tigra - Pedecuesta Santander

Fotos: Julián Camilo García Castro

El despertar del viernes nos tomó a los viajeros por sorpresa. El canto de un par de guacamayas burlonas anticipó una programación ecléctica que empezó temprano en la mañana con un taller sobre gestión de giras y otro sobre teatro de muñecos por parte de Los Animistas. Al parque llegamos hacia las 4:20, hora profética, y nos encontramos con un coro de barras del Club Atlético Bucaramanga que entonaban cánticos al ritmo de la Banda del Leopardo, esa “murga oficial de la Fortaleza Leoparda Sur” que acompaña a los hinchas del equipo desde 1998 y que tiene su casa en Bucaramanga.

Festival de la Tigra - Pedecuesta Santander

Fotos: Julián Camilo García Castro

Con los ánimos álgidos por el canto futbolero vimos subirse a la tarima principal a Granito de Oro, la otra descendencia del señor Germán Velandia, contagiada ella también del humor picoso, vulgar y corrosivo propio de su familia.  Un par de versos sobre la infidelidad y los bríos implacables no le cayeron muy bien a algunos incautos que salían de misa, pero a los demás nos contagió con su pícara argucia.

Festival de la Tigra - Pedecuesta Santander

Fotos: Julián Camilo García Castro

Hacia las 6 de la tarde nos movimos para ver al cantautor chileno Juan Francisco Lastra, después salimos a degustar las empanadas caseras de un joven dulce y su maravilloso ají, y regresamos para ver algo increíble: Tristán Alumbra deleitó a los oyentes con un espectáculo de pólvora, poesía, ruido y delirio sin fronteras, anticipando lo que será su tercer disco. Regresamos entonces al Parque y empezó Basura S.A, una banda piedecuestana de punk que en su primera canción puso a bailar a un niño de 5 años, en la segunda animó a otro par de devotos, y ya para la quinta había impulsado un pogo catártico y feroz. El cierre estuvo a cargo de Altibajo Latin Son, que puso a bailar salsa a varios románticos. El hilo que unió el punk con el son no podía ser otro que Germán Velandia, quien con fino humor e infinito carisma agradeció cada tanto al Comandante de la Policía y a todos los involucrados en el Festival.

Festival de la Tigra - Pedecuesta Santander

Fotos: Julián Camilo García Castro

La noche terminó en Kussi Huayra con improvisaciones que al final bordearon el chispún ruidoso, energía estrambótica que causó algún corto circuito que puso fin al jam súbitamente.  

El sábado a la 1 pm los menos magullados por los licores de la noche anterior llegaron a Kussi Huayra, ese bohemio recinto piedecuestano dedicado al arte, el activismo y la música, para presenciar la charla sobre Arte y guerra entre Teresita Gómez, Macías cantor de lejanías, Javier Giraldo, Rubén Darío Yepes y Edson Velandia. Los trasnochados decidimos desenguayabar en la piscina y hacia las 4 de la tarde llegamos para ver el final de una puesta en escena dirigida por Iván Gaona y ejecutada por el grupo de teatro Incubaxion y después a los raperos de Natural Family Crew.

Festival de la Tigra - Pedecuesta Santander

Fotos: Julián Camilo García Castro

Después de un cambio en la programación -tal vez el único imprevisto evidente de todo el festival-, los oyentes nos acercamos al Elefante Blanco para ver la puesta en escena de la artista Nathaly Rubio, quien dispuso ante al teatro la historia de su padre, militar que estuvo presente en la toma del Palacio de Justicia en 1985, acompañados de la Coral Universitaria de la Universidad de Santander. La siguió Oscar Alviar, un cantautor santandereano que movió a los presentes a la nostalgia con porros, boleros y danzones.  

Festival de la Tigra - Pedecuesta Santander

Caía la noche y algunos conjuramos la tristeza con un par de cigarrillos y unos tragos de brandy mientras escuchábamos la voz de Macías Cantor de Lejanías y su esposa en medio del silencio de la plaza. "Adelante campesinos del nordeste antioqueño. No abandonen sus parcelas porque ustedes son los dueños". Y ahí estaban ellos dos, contando las historias más trágicas del campo profundo.  Qué poderosa ofrenda a nuestro campo, tantas veces desdeñado por nosotros mismos. ¿Cuándo en Bogotá resuena algo así en una plaza pública?

Festival de la Tigra - Pedecuesta Santander

Fotos: Julián Camilo García Castro

Después de las tonadas -por igual descorazonadas y enternecedoras- de Macías, la plaza central de Piedecuesta esperó con ansias a Velandia y La Tigra, esa banda fundacional que ha desafiado los límites geográficos y que ha desajustado  los cimientos del rock nacional para llamar la atención sobre nuestra propia infamia. “Deje la tristeza, mama, que ya nacimos tristes”, conjuraron los emisarios al final de la noche lánguida.

El letargo de la mañana del domingo sorprendió a los viajeros con guayabo terciario. Hacia la 1 de la tarde nos congregamos en torno a la charla de Luis Daniel Vega con el músico y recientemente escritor Álvaro Serrano, quien compartió con los asistentes las memorias de unos años dorados de rock and roll, viajes y aventuras, especialmente con su banda Los Be Bops.   

Festival de la Tigra - Pedecuesta Santander

Fotos: Julián Camilo García Castro

Después de una conversación memorable, el fotógrafo de este relato y yo fuimos a almorzar carne oreada y mute santandereano a “Donde Emilce”, un corrientazo generoso y exquisito. Después volvimos a la plaza para degustar mango biche con sal y para escuchar  a la banda bumanguesa de death metal Borroza. Hacia las 6 reservé la última silla del teatro para ver a Life is not a picnic, un ensamble con músicos santandereanos comandados por el artista, actor y cantante belga David Bursztein. Los asistentes nos rendimos después ante la interpretación de Teresita Gómez acompañada por Blas Emilio Atehortúa. Algunas lágrimas rodaron y el auditorio tembló en silencio.

Festival de la Tigra - Pedecuesta Santander

Fotos: Julián Camilo García Castro

El cierre estuvo a cargo del Tocayo Vargas y después de la Papayera Caleta en el parque. Sin previo aviso Adriana Lizcano subió a la tarima y nos movió las entrañas con una magnífica versión de 'El Barzón', ese corrido de la Revolución Mexicana compuesto por Luis Pérez Meza, “El trovador del campo”, en los años 30. Después de semejante himno se coronó al Rey de la Tigra, que este año fue el eufonista Sebastián Rozo.

Festival de la Tigra - Pedecuesta Santander

Fotos: Julián Camilo García Castro

Varias ideas me han rondado desde que el Festival de la Tigra terminó. Por ejemplo que la burocracia no se compone solamente de firmas y permisos, sino que es ante todo una manera de relacionarse. Que vencerla también requiere romper ciertas barreras humanas y recibir al otro con la dosis oportuna de empatía, tan escasa en otros festivales que, detrás de ruedas de prensa, escarapelas y accesos restringidos, esconden un profundo arribismo frente a la música y frente a las personas. Que no me malinterpreten: valoro todos los esfuerzos encaminados a que la música circule. Pero no nos digamos mentiras: somos presas del tramposo embeleso al hablar desde las ciudades, con nuestras certezas irrefutables y nuestro gusto espléndido y refinado. Quizás por eso a veces no vemos ni escuchamos lo que está justo a nuestro lado: lo marginal, lo impetuoso, lo verdaderamente estremecedor.

Festival de la Tigra - Pedecuesta Santander

Fotos: Julián Camilo García Castro

Por eso este Festival resulta tan refrescante. Por eso habría que volcar la mirada hacia la música creada, grabada e interpretada en las ciudades y municipios medianos y pequeños. Por eso esta curaduría, única en su especie, dispuso de un arsenal de música muy distinta entre sí y la compartió por igual con el errante y con el policía, con el cachaco y con el metalero, con el campesino y con el burócrata.  Por eso, incrédulo de las etiquetas y desafiante de lo establecido, el Festival de la Tigra recordó que lo importante es que la música seguirá ahí hasta el final del día. Por eso fueron cuatro días de programación incluyente, anárquica y amorosa. Por eso este Festival, le paren o no le paren bolas, tiene bríos para rato.

Al término de la jornada, ese primaveral domingo de enero los pericos volvieron a posarse en el techo de la iglesia para despedir a una turba de bailarines extasiados que vibraron al calor de los vientos y los tambores.

 

 

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