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Así no la pagues, la bolsa plástica pasa factura

Con el tiempo, los océanos del mundo se han ido convirtiendo en grandes piscinas de pelotas, pero no por sus colores, sino por la desmedida cantidad de residuos plásticos que terminan allí.

Tomás Tello
16 Oct 2020 12:38:38 PM

La escena ahora es común: llegas a una tienda y pides cinco tapabocas y un par de guantes. Es mejor estar preparado. El virus seguirá allí un buen tiempo. Los usas el tiempo prudente y, como ordena el protocolo, separas y lo pones en la basura y listo. El tababocas desapareció de tu vida. Se acabó el problema. ¿o no? Para la Tierra no tanto, porque ese tapabocas no va a descomponerse por los próximos 500 años, mínimo.

Eso es porque estos productos están hechos de plástico, material deribado del petróleo con el que hemos inundado al mundo en el último siglo, literalmente. En una estimación que hizo la Agencia de Investigación Científica Gubernamental Australiana a finales de septiembre de 2020, se sugiere que en el océano hay entre 8 y 14 millones de toneladas de micróplásticos

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Pero este número palidece frente a los 8.300 millones de toneladas total de plástico que se han producido desde 1950, de acuerdo con una investigación de la Universidad de California en 2017. Para 2050 la cifra podría ser 34.000 millones.

El problema es que este año ha visto un aumento desbordado en el uso de elementos plásticos, que la pandemia por el nuevo coronavirus ha fomentado: tapabocas, guantes y, sobre todo, bolsas plásticas, han vuelto a abrirse paso en planeta, aunque su impacto negativo para la biodiversidad y los ecosistemas lleva años diagnosticado. 

De acuerdo con cifras de la consultora Grand View Research, por ejemplo, la venta de tapabocas pasará de 800 millones en 2019 a más de 166.000 millones este año. De todo este nuevo plástico que estamos produciendo, las Naciones Unidas calculan que el 75% terminará en mares y océanos. 

Y si bien este aumento en el consumo de plásticos debería ser temporal mientras encontramos medidas más amigables para el planeta, ya está en el planeta y no se irá por mucho tiempo. Por eso para muchos la solución no pasa ni siquiera por reciclarlo, sino que se debe prohibir su producción.

Por ejemplo, mediante el esquema conocido como Responsabilidad Extendida del Productor (REP) la Asociación Colombiana de Industrias Plásticas, Acoplásticos, planea triplicar la tasa de reciclaje para el 2030. Ese año, entonces, se reciclará el 30% de envases y empaques. 

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“Es absurdo porque el 30% en 2030, si la industria sigue creciendo como está creciendo hoy, pues básicamente es no hacer nada. Es por eso por lo que es imposible manejar este tema a través del reciclaje, sino que hay que prohibirlo. No hay de otra, afirma Juan Carlos Losada, representante a la Cámara por Bogotá. 

El problema es que, al menos en Colombia, los esfuerzos para prohibirlo no han dado buenos frutos. Pero ¿por qué?

“Un primer elemento es que los productores de plástico en Colombia se han negado durante décadas a tener regulaciones más fuertes y no existe todavía esta regulación en Colombia, prosigue Losada.

Hablamos con Losada porque fue el autor del proyecto de ley que buscaba prohibir el uso de plásticos de un solo uso en el país. Proyecto que, por falta de trámite, fue archivado al final de la legislatura pasada, a mediados de este año.

“Durante años la industria de plástico en colombia ha sabido, como lo sabe en todo el mundo, que su producto es tremendamente contaminante, pero no han querido hacerse responsables y no había regulación que los hiciera responsables por darle cierre de ciclo a los productos que ponen en el mercado”, sostiene.

Y es que el plástico no solo contamina al planeta Tierra. Varios estudios han demostrado que este producto, en partículas pequeñas -el ya mencionado microplástico-, afecta la salud de los seres vivos. 

Esto se debe a que sus moléculas no se descomponen, como sí ocurre con la materia orgánica. “No es que el plástico se degrade para ser parte de algo más, como cuando se pudren las frutas, sino que solo está cambiando de forma. Ningún bicho se lo está comiendo, mejor dicho”, explica Carlos Devia, ingeniero forestal con Maestría en Desarrollo Rural y profesor de la Universidad Javeriana.

Devia explica que esta fragmentación del plástico es peligrosa para la salud, pues por el tamaño de las partículas, estas terminan en nuestro cuerpo. “Y es peligrosísimo porque son destructores endocrinos. Lo terrible es que entren al flujo sanguíneo. Entran al cuerpo y reemplazan elementos. Eso ya está demostrado”, dice. 

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Pero aunque esté demostrado, tanto Devia como Losada consideran que el conocimiento de sus efectos sobre la salud y el medio ambiente no ha sido suficiente para que se tomen medidas. Es más, la producción de plástico en Colombia ha seguido creciendo. 

De acuerdo con cifras de Acoplásticos, la producción nacional pasó de 1.34 millones de toneladas de resinas de plástico en 2017 a 1.36 en 2019. Esto se debe, en parte, a que el consumo de plásticos aumentó 13.2% en el mismo periodo.

¿Por qué aumenta el consumo si, a pesar de todo, se ha advertido de los efectos del material? “Como pasó con el cigarrillo, que si bien había claridad sobre la relación entre el cigarrillo y el cáncer, había detrás intereses muy fuertes que evitaban que eso saltara a la conversación”, argumenta Devia. 

Esos intereses no son solo nacionales. Desde 2010, empresas petroleras como la Exxon o Shell han invertido más de 180 mil millones de dólares en plantas productoras de plástico. 

¿La segunda es la vencida?

Aunque su primer intento para prohibir los plásticos de un solo uso -botellas, empaques, bolsas desechables, etc- no fue exitoso, Juan Carlos Losada volvió a radicar el proyecto con la misma intención, aunque con algunos cambios. 

Por ejemplo, el plástico PET (tereftalato de polietileno) que es con el que se fabrican la mayoría de envases y empaques, ya no estará prohibido. “Ahora lo permitimos, pero con un 70% obligatorio de PET reciclado nacional por botella”, explica Losada. 

El representante explica que este cambio surgió, en parte, para no ser tan drásticos con la medida, pero también para tener en cuenta a los productos en los que, efectivamente, este material puede mejorar sus condiciones. 

“Nosotros podemos dejar los empaques para productos que esté comprobado que mejoran la calidad del producto para el consumidor final. En el caso de los cárnicos, yo soy vegano, pero está claro que en estos tienen unas consideraciones de transporte y de almacenamiento que lo favorece”

También cita el ejemplo del arroz que antes se empacaba en fique, pero que por esto mismo se podía llegar a perder hasta el 25% de la producción de esta semilla. 

Aún con estos cambios y la flexibilización en el proyecto, Losada sabe que le espera una pelea dura, sobre todo en el Senado, pues en la Cámara el primer proyecto pasó con 17 votos a favor y ninguno en contra. Y como puede que con este proyecto pase lo mismo que con el primer intento, el representante sabe que es importante ejercer una presión sobre el Congreso. 

“El nivel de presión que puedan ejercer las ONGs y los ciudadanos es lo que va a definir si el Congreso toma la decisión o no la toma. Como el proyecto de prohibición de testeo en animales con fines cosméticos, que ya es ley de la república”.

Un mundo sin residuos ya existió

Mientras se prohibe, el mundo y Colombia deben comenzar a ver cómo reducir la cantidad de plásticos que tienen. “La idea es que toca quitar el plástico. Mientras tanto hay un stock de plastico y ¿qué hacemos con eso?”, se pregunta Devia. 

Aunque hay procesos para aprovechar este material para la generación de energía, estos no son masivos y es necesario que se hagan bien para que solo salga dióxido de carbono a la atmósfera. Para Devia, esta es la única manera de deshacerse del material, pues ni siquiera aprovecharlo para otras actividades bastaría.

“Puedo hacer materas con plástico, pero eso no es funcional porque el productor piensa: no me preocupo por ese plástico porque la están usando para algo, ya no es basura sino una materia prima para algo”. Lo mismo pasa con la llamada madera plástica que, de madera, “solo tiene el nombre”. 

Por eso, este ingeniero cree que prácticas como las bolsas reutilizables y recuperar el vidro para, por ejemplo, la leche, son pasos que se deben dar. O mejor, desandar, porque esa era la forma como el mundo venía funcionando un siglo atrás. 

“Doña Juana arranca desde la bolsa de plástico que yo uso para echar un residuo. Pero no debería existir. ¿Usted se imagina cuánta plata se gasta la ciudad en Doña Juana y para qué se puede utilizar esa plata? En ese sentido, si nosotros contemplamos que los consumos que tenemos pueden generar unos residuos, pero esos residuos que se dan pueden ser ensamblados en un ciclo natural adecuado, en ese momento la idea de residuo desaparece. Y es que en la naturaleza no existe ese concepto...”

 


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