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Cultura

Pedro Pascasio: otro niño olvidado

"Eso de ser pobres tiene muchas cosas malas, arrastra no tanto física hambre, pero sí física rabia". P.P.

Nátaly Londoño Laura
17 Nov 2019 4:27:27 PM

Pedro Pascasio Martínez Rojas, o Pedro Pascasio simplemente, fue el encargado de ponerle fin a la guerra entre criollos y españoles por la independencia de Colombia, al capturar, tal vez por suerte, tal vez no, al General Barreiro, el encargado de subyugar a la gente que, por siglos, había sido dueña de esta parte de la tierra. Acá una pequeña impresión sobre ‘Pedro Pascasio: héroe antes de los doce años’ (Panamericana, 2004), de Fernando Soto Aparicio, uno de nuestros libros recomendados.

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No sabía que era un niño. No sabía que era colombiano. No sabía que era Pedro. No sabía que era alguien, o que fue alguien. Nada. No lo conocía, ni siquiera tenía un bosquejo en la memoria cuando furiosa rebujé dentro de mí intentando justificar que en la casita llena de libros en la que me crié, había un sitio para él, y que lo había pasado conmigo no era más que un descuido infantil, tonto y propio. Pero nada. En esa casita llena de libros y de plantas, no había nadie con ese nombre: Pedro Pascasio. Así que me condené. Me condené por la imposibilidad tan obvia de no reconocer esas letras enfiladas: "¿Cómo es posible? —pensé—, ¿cómo es posible que en esto que llamamos Colombia hayan existido seres tan valientes, honorables y llenos de humanidad y que en el colegio no nos lo cuenten, los papás no nos lo cuenten, los libros no nos lo cuenten? ¿Cómo es posible que la historia se encargue de fracturar así a los que la construyen de verdad? ¿Cómo es posible que sigamos pensando que los héroes fueron esos tales Simón Bolívar, Camilo Torres, El Sabio Caldas y demás? Me condené, se los juro, y después, como por un asalto celestial, vino Fernando Soto Aparicio a dejarme escucharlo con los ojos, y pensé entonces en Borges cuando decía, en ‘Los justos’, que había cierto tipo de personas, desconocidas entre sí, que estaban salvando el mundo, porque la llegada de ese señor que murió hace dos años, era la confirmación de que con una línea se puede abrazar a la tierra completa.

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“Yo sé que, dentro de un reguero de años, las palabras que escribí en el tablero de la escuela y que borraron los aguaceros y el viento reaparecerán en la voluntad de mucha gente. Ese es, al menos, mi mayor deseo. Porque yo quise una patria en paz, limpia, amorosa y libre. Y no sé si moriré con la esperanza, o si la esperanza morirá conmigo”, es el primer acercamiento que tengo con el protagonista de esto que les cuento: Pedro. El niño que nunca fue a la escuela pero que aprendió a leer y a escribir; el que iba a escuchar y a ver las clases por una ventana porque no se animaba a entrar al salón: un rebelde; el que decía que los caballos comían estrellas y del que decían que podría ser un caballo; el que con entrega y con determinación escuchaba a su maestra enseñarle cosas mientras caminaban juntos entre los pastos altos; el que creía en el poder de la palabra; el que un día le dijo a su papá que aunque chiquito, quería ser soldado y luchar por la libertad al lado de Bolívar y se fue a cuidar ese caballo blanco del que todos habla porque simplemente algo lo empujaba a formar parte de ese ejército heterogéneo y múltiple, el que capturó a Barreiro y no se dejó sobornar para dejarlo en libertad en una sociedad donde todo se compra y se vende: “Cuando el tal Barreiro me mostró ese montón de oro sentí rabia porque dije: se compra una oveja pero no una persona, y también pensé que lo ajeno es ajeno y que uno no puede meter la mano en el bolsillo de los demás, y que lo que nos pertenece es sagrado porque les pertenece a otros”; el que terminó su vida en la pobreza absoluta, recogiendo leña para vender y tener algo que aportar en la casa de la hija en la que pasó sus últimos 78 junios; el que ya de viejo, casi sin fuerzas, visitaba la escuela y sentía la nostalgia feroz de sus recuerdos en el único muro que quedaba de pie y se animaba a escribir cosas sueltas en él; al que no le pagaron nunca lo que le prometieron por su hazaña; al que su hija le reclamaba: “¿De qué sirvió todo lo que hizo? ¡De nada! Estamos peor que antes. ¿Cuánto hace que se ganó la independencia? Mucho más de medio siglo. Y lo único que ha cambiado es que antes nos atropellaban los chapetones y ahora nos atropellan los criollos”; y el que reflexionaba después: “¡Qué curioso! Esas guerras entre personas de una misma nación, son como los odios entre personas de una misma familia: feroces. Liberales, conservadores, radicales, nacionalistas, históricos, partidarios de la regeneración, todos hijos de esta misma tierra, todos parientes. Pobres, qué duda cabe, porque en la paz no somos sino bueyes de carga y en la guerra carne de cañón. Veo esas batallas sangrientas, fratricidas, espantosas, matanzas que duran 15 o 20 días en el mismo sitio y dejan los campos sembrados con miles y miles de muertos. Los hombres no le sembramos a la tierra un río ni una madrugada, solamente la llenamos de cadáveres”.

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Pedro, el niño al que hoy con la voz quebrada le digo, que seguimos igual, que este pueblo mezquino y cruel, sigue matándose a zanjadas entre sí, que no aprendimos nada y que lo olvidamos todo; que esta nación enferma, para la que él escribió como si fuera un médico la receta que podría salvarla: el respeto, la honradez, la lealtad, el valor, la libertad, la igualdad, la paz y el amor, sigue doliéndonos a algunos: pues aunque hace dos siglos nos arrancaron del corazón las herencias de nuestros antepasados para sembrar en él distintos valores, distintos odios, distintas maneras de percibir la vida, unas maneras viscerales, torpes y violentas, no tuvimos la fuerza para desarraigarnos de la idea de que no podíamos ser un conjunto. Pedro, el niño al que hoy le digo gracias, porque hoy sus palabras florecieron en mi voluntad y en unos cuantos más a los que conozco.

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