Alto contraste
Cultura

No es como soplar y hacer botellas

Esta es la primera entrega de una serie de relatos que llamaremos: Mapa de historias. Iniciamos con esta narración que nos llevará al sur de la ciudad de Bogotá a una fábrica de vidrio artesanal.

Catalina Ceballos C.
17 Dic 2017 7:00 PM

Hoy empiezo con esta columna. No me comprometo a una periodicidad fija ni a tener un lenguaje periodístico, traigo el aroma de una antropóloga que recorre desde hace muchos años esta ciudad que me acogió a los 14 años. Mi espíritu paisa no me abandona, me gusta la arepa y la morcilla. Hablo paisa cuando tengo algo que me recuerda mis orígenes del suroeste antioqueño, pero soy rola. Amo y odio esta ciudad.

Hoy empiezo con esta columna. No me comprometo a una periodicidad fija ni a tener un lenguaje periodístico, traigo el aroma de una antropóloga que recorre desde hace muchos años esta ciudad que me acogió a los 14 años. Mi espíritu paisa no me abandona, me gusta la arepa y la morcilla. Hablo paisa cuando tengo algo que me recuerda mis orígenes del suroeste antioqueño, pero soy rola. Amo y odio esta ciudad.

La primera parada fue en el Barrio Girardot de la localidad de Santafé, en el oriente de Bogotá, colindando con la localidad de La Candelaria. Allá arriba donde hay más verde y más casas que semáforos y grandes edificios. Llegamos a Cristal Artesanal Limitada, la última fábrica de vidrio artesanal de la ciudad. La empresa existe como un emprendimiento familiar de los años 60 y que prosperó gracias a un proyecto que en los 80 financiaron el IFI (Instituto de Fomento e Industria) y Artesanías de Colombia. En ese momento el abuelo de Deivin Pachón, nieto del fundador y quien nos hace el recorrido, Alejandro Pachón, decide que aun sin la existencia del proyecto él continuaría con el negocio. Alejandro fue también el primer artesano y quien heredó su conocimiento a sus hijos y nietos.

El recorrido va más allá de lo que esperábamos. Comienza en el almacén donde no hay que ir, o hay que ir con plata…. ¡todo se me antoja! De ahí nos vamos en carro al barrio contiguo, el barrio Cartagena.

Con la vista de todo el gran sur de Bogotá se encuentra esta joya: la fábrica donde todo ocurre. Una gran bodega donde el ruido a fundición y el olor a óxido invaden el ambiente. 30 hombres entre los 22 y 70 años trabajan en 4 estaciones (fundición, soplado y forma, corte y enfriamiento).

Cada estación es a su vez una obra artesanal. Desde los tubos para soplar hasta los hornos de fundición recubiertos por ladrillos electrofundidos son armados por la familia Pachón; al costado de la fábrica un hombre dedica sus horas de trabajo al mantenimiento de las herramientas.

El hombre más joven llama mi atención. Alrededor de los 25 años, con piercings y ojos claros y con audífonos, pasa el material fundido para que el siguiente hombre reciba y haga el soplado. Le pregunto cómo se llama pero sobre todo qué oye y para mi grata sorpresa Esteban -como yo-, oye lo que más le gusta, reggae.

Vemos con dedicación a Marcos quien tiene alrededor de 70 años y es quien lleva más tiempo trabajando en la fábrica. Él, como todos los otros 29 hombres, llega a las 6 de la mañana y trabaja hasta las 2. Al igual que los demás se sienta o se para en su lugar de trabajo al lado de los hornos que calientan entre 800 y 1500 grados.

Se saben artesanos y con orgullo Deivin Pachón así lo expresa, y cómo no, convierten desperdicio de vidrio en vasos, floreros, lámparas, platos y otras bellezas, en una variedad de colores.

Antes de irme pregunto por qué dicen que “eso es como soplando y haciendo botellas”. La respuesta es simple:

“NO SÉ, ESO ES UNA OFENSA”.

Y tiene razón. Mi visita hoy no fue a una fábrica de vidrio, fue a un museo que le rinde homenaje a los artesanos de Bogotá.

 

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