Los Cerros Orientales de Bogotá no siempre lucieron como los vemos hoy. Siglos antes de la llegada de los europeos, el pueblo Muisca habitaba principalmente las planicies y las bases de estas montañas, mientras que las laderas conservaban una vegetación virgen de bosque altoandino. Estos ecosistemas centenarios albergaban árboles que podían alcanzar hasta 20 metros de altura, con troncos cargados de orquídeas, quiches y musgos.
En las cimas más altas y laderas rocosas, el paisaje cambiaba hacia matorrales resistentes al sol y pequeñas hondonadas de vegetación paramuna, donde dominaban los frailejones.
La transformación: Del bosque antiguo a la roca desnuda
Con la llegada de los españoles y el crecimiento de la ciudad, la presión sobre los cerros se intensificó drásticamente por diversas actividades:
-
Extracción de madera: Se talaron árboles para construcción, leña y la producción de carbón vegetal.
-
Minería artesanal: Se extrajeron materiales de cantera y arcillas para fabricar tejas y ladrillos.
-
Ganadería: Las quemas y talas constantes abrieron terrenos para el pastoreo, lo que provocó que la vegetación de páramo descendiera, un proceso llamado «paramización».
A comienzos del siglo XX, el daño era tan profundo que muchas laderas mostraban únicamente la roca desnuda, habiendo perdido casi toda su cobertura vegetal.
El siglo XX y el reto de la reforestación
La protección de estas montañas comenzó con la compra de terrenos por parte del Acueducto de Bogotá y se consolidó en 1977 con la creación de la Reserva Forestal Protectora Bosque Oriental.
Para recuperar los suelos erosionados, entre las décadas de los 40 y 70 se realizaron grandes plantaciones de especies exóticas como eucaliptos, pinos, cipreses y acacias. Aunque estas plantaciones no tuvieron un criterio inicial de biodiversidad, cumplieron la función crítica de reverdecer las rocas desnudas y permitir la formación de nuevos suelos.
El futuro: Regeneración natural y nuevos desafíos
Hoy en día, la flora de los cerros está en constante movimiento. En muchos sectores, la vegetación nativa está regresando de forma espontánea:
-
Sotobosques nativos: Bajo los viejos eucaliptales crecen hoy cucharos y tunos esmeraldos.
-
Regeneración en claros: En los espacios que dejan los pinos al caer, surgen especies como la mano de oso y el salvio negro.
Sin embargo, el ecosistema enfrenta nuevas amenazas. Especies invasoras como el retamo liso y el retamo espinoso se extienden rápidamente, especialmente después de los incendios. Además, la introducción de especies «nativas» de otras regiones de Colombia, como el roble o el yarumo blanco, está cambiando la composición original de estos cerros, demostrando que la naturaleza de nuestra cordillera sigue siendo un organismo vivo y dinámico.




