En Bogotá alguien puede irse de jeta al piso; en Medellín dirán que se dio un totazo; en la Costa, que se esmondarilló; y en Santander, que se pegó un porrazo. El golpe es el mismo, pero las palabras cambian según la región.
Si después de semejante caída alguien lo invita a una pola, no se asuste: no le están hablando de la heroína de la Independencia, sino de una cerveza.
Así hablamos los colombianos. Compartimos un mismo idioma, pero cada territorio le imprime su propia identidad.
Y no solo cambian las palabras para describir lo que pasa; también cambian las que usamos para nombrar a las personas. En la Costa, un pelao es un niño; en Pasto, una guagua; y en Bogotá, un chino. Pero cuidado con el contexto: si un costeño dice “ese pelao viene para acá”, habla de un niño. Si alguien responde “estoy pelao”, probablemente no se le perdió el hijo: se quedó sin plata. Y si le dicen “ese man está pelao”, tampoco significa que sea un muchachito, sino que perdió el cabello.
Y no solo cambian las palabras para describir lo que pasa; también cambian las que usamos para nombrar a las personas. En la Costa, un pelao es un niño; en Pasto, una guagua; y en Bogotá, un chino.
Así de traicionero puede ser el español colombiano. Uno cambia de departamento y termina preguntándose si hablan de un niño, de un calvo o de alguien que no tiene ni para el bus.
Lo mismo ocurre con los saludos. En Bogotá aparece el clásico ¿Qué hubo?; en Medellín, ¿Qué más, pues?; y en la Costa, ese poderoso ¡Ajá! ¿Cómo va la vaina?, capaz de servir como saludo, pregunta e incluso como el inicio de una conversación completa.
Pero el lenguaje no solo conserva la memoria de un país, también conserva sus prejuicios. Hay expresiones que repetimos como si fueran simples chistes, aunque carguen racismo, machismo o clasismo desde hace generaciones. Frases como «negro tenía que ser», «trabajo como negro para vivir como blanco» o «corre más un marica en chancletas», siguen circulando con la naturalidad de quien nunca se detuvo a preguntarse qué historia cuentan. Porque las palabras hacen mucho más que comunicar y también revelan la sociedad que las pronuncia.
Al final, en esta tierra de mil acentos, las palabras hacen mucho más que comunicar. Revelan nuestra historia y también pueden reforzar prejuicios. Lo que en una región suena a chiste, en otra puede convertirse en un insulto. Lo que aquí parece un piropo, allá puede resultar una grosería.
A veces ni siquiera nos entendemos entre colombianos… y eso que todos hablamos español.
Si Colombia tuviera una receta, probablemente sería un sancocho.
No porque todos lo preparen igual.
Sino porque cada región llega con un ingrediente distinto.
Con las palabras ocurre exactamente lo mismo.
Y esta historia comienza ahí.
Alrededor de una olla.
La olla
Todo buen sancocho empieza mucho antes de que hierva el agua. Empieza cuando alguien decide qué ingredientes compartirán la misma olla. La gallina no sabe a yuca. El plátano no pretende ser papa. El cilantro nunca compite con el ñame. Cada ingrediente conserva su sabor y, precisamente por eso, el caldo funciona.
Colombia también. Es una olla donde conviven acentos, regiones, culturas y maneras distintas de nombrar el mundo. Cada persona llega con una palabra heredada, un saludo aprendido en casa o un dicho que escuchó desde la infancia, y como ocurre en muchas cocinas, algunos ingredientes parecen tener más prestigio que otros, con las palabras pasa exactamente lo mismo.
En Colombia hay expresiones que no solo se dicen: también se discuten. Una de las primeras palabras en entrar a esta historia fue vaina.

Llegó desde el Caribe con Jennifer Ballestas.
En Cartagena nunca necesitó explicación.
En Bogotá, sí.
Puede significar un problema, un objeto, un asunto cualquiera o incluso la vida misma. Pero también puede convertirse en motivo de corrección, de burla o de incomodidad en ciertos espacios donde todavía se cree que el lenguaje tiene un único dueño.
- «Habla bien, eso no se llama vaina.»
La frase, aparentemente inofensiva, marcó a Jennifer Ballestas, comunicadora social y periodista cartagenera que hoy vive en Bogotá. No por la palabra, sino por lo que reveló: que en Colombia el idioma también funciona como una forma de poder, donde no todas las maneras de hablar reciben el mismo reconocimiento.
Y ahí empieza esta historia, que es más peligrosa que tiroteo en un ascensor. (Consulta el diccionario si quieres conocer su significado)
Bogotá no solo es la capital del país. También es el lugar donde más voces terminan encontrándose.
Según estimaciones construidas a partir del Censo Nacional de Población y Vivienda de 2018 del DANE, millones de habitantes de Bogotá nacieron en otros municipios del país. Personas provenientes del Caribe, el Pacífico, los Llanos, el Eje Cafetero, la Amazonía y muchas otras regiones han convertido la ciudad en un punto de encuentro donde los acentos conviven, se mezclan… y, en ocasiones, también se corrigen.
Cada persona llega con algo más que una maleta.
Trae una forma de saludar.
Una palabra.
Un acento.
Una historia.
Y cuando todos esos ingredientes empiezan a cocinarse juntos, también aparecen los prejuicios.
Para entender por qué algunas maneras de hablar parecen tener más prestigio que otras, consultamos a Simón González, profesional en Lenguas y Cultura de la Universidad de los Andes y promotor de acciones en favor de los derechos lingüísticos de comunidades étnicas.
«El lenguaje es un terreno en disputa y tiene mucho que ver con el poder. Durante años se construyó el relato de que el español colombiano, especialmente el bogotano, era el más ‘neutro’ y ejemplar. No es casual que a Bogotá se le conociera como la Atenas Suramericana, ni que durante la hegemonía conservadora existieran los llamados presidentes gramáticos, quienes promovieron el cultivo de la lengua castellana como un rasgo central de la identidad nacional.»
Ese proceso histórico consolidó la idea de que existía una forma de hablar más correcta que las demás. Aunque hoy esa visión ha empezado a cuestionarse, todavía sobreviven imaginarios alrededor de los acentos regionales y de quién habla «bien» o «mal».
Jennifer lo entendió muy pronto.
En Bogotá descubrió que el acento entra primero que la persona.
Antes del nombre.
Antes del cargo.
Antes de la historia.
Y con él llegan también los estereotipos: el costeño que «pone ambiente», el que siempre hace chistes, el que supuestamente sirve más para divertir que para dirigir.
Cuando le preguntan quién es, Jennifer no habla primero de sus títulos universitarios.
- «Lo primero que se me viene a la cabeza es afrocaribeña.»
Su respuesta resume buena parte de su historia. Una historia atravesada por la migración interna, la construcción de identidad lejos del territorio de origen y la manera en que una persona puede ser leída incluso antes de terminar la primera frase.
En Bogotá, asegura, muchas veces la primera pregunta no es su nombre.
Es de dónde viene.
La vaina nunca fue la palabra
El episodio ocurrió en un entorno laboral.
Jennifer pidió información para una publicación y utilizó una palabra completamente cotidiana en su región:
- «Vaina.»
La respuesta llegó de inmediato.
- «Habla bien.»
Lo que parecía una simple corrección escondía una idea mucho más profunda: la creencia de que existe una única manera correcta de hablar español en Colombia.
- «Me dio rabia. No entendía por qué una palabra tan común era tratada como incorrecta.»
Sin embargo, la palabra sí existe.
Lejos de ser un «error», vaina aparece registrada en el Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española (RAE), que recoge, entre otros, estos significados:
Vaina. f. Funda ajustada para armas blancas o instrumentos cortantes o punzantes.
Vaina. f. Contrariedad o molestia. Uso en América Central, Chile, Colombia, Ecuador, Perú, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela.
Vaina. f. coloq. Colombia, Cuba, Ecuador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá, Perú, Puerto Rico y Venezuela. Cosa o asunto cuyo nombre se desconoce, no se recuerda o no se quiere mencionar.
Después de tanta vaina, resulta que la vaina de Jennifer sí estaba bien dicha.
Como explica Simón González, la evolución de esta palabra responde a un fenómeno conocido como cambio semántico.
«La palabra vaina parece venir del latín vagina y originalmente hacía referencia al estuche de una espada. Con el tiempo, ese significado se amplió para nombrar otros ‘estuches’, como la cáscara de algunas semillas, hasta convertirse en la palabra flexible que hoy utilizan millones de colombianos para nombrar casi cualquier cosa.»
Las palabras cambian.
Viajan.
Se adaptan.
Y terminan contando la historia de quienes las usan.
Lo que Jennifer vivió no fue simplemente una discusión sobre vocabulario. Fue un ejemplo de lo que la sociolingüística denomina prejuicio lingüístico: la tendencia a juzgar a una persona por su acento o por las palabras que utiliza, como explica Francisco Moreno Fernández en Principios de sociolingüística y sociología del lenguaje.
Porque la lengua no solo habla de sonidos.
También habla de territorio.
De memoria.
De identidad.
Jennifer lo resume con una pregunta que sigue abierta:
- «¿Así que yo tengo que cambiar mi acento para ser respetada, cuando de esta manera también se habla en Colombia?»
Ya tenemos la olla.
Ya está el agua.
Y ya entró el primer ingrediente de este sancocho: las palabras.
Pero no todo lo que cae en la olla alimenta.
También hay dichos y expresiones que, mientras parecen inocentes, siguen cocinando racismo, machismo y clasismo.
Esos serán los siguientes ingredientes de esta historia.
Los ingredientes: El país que aprendió a explicarse con dichos
Si en el capítulo anterior pusimos la olla al fuego, ahora llegó el momento de empezar a cocinar.
Ningún sancocho se hace con un solo ingrediente. Cada uno aporta un sabor distinto, una textura, una historia. Algunos llegaron hace siglos y nadie recuerda quién los puso por primera vez en la receta. Otros fueron apareciendo con el tiempo hasta volverse indispensables. Con las palabras ocurre algo parecido.
En Colombia no solo hablamos distinto: también aprendimos a explicarnos el mundo a través de los dichos. Son pequeñas fórmulas que resumen experiencias, transmiten consejos, alivian dolores, provocan carcajadas o lanzan críticas sin necesidad de nombrarlas directamente. Han pasado de generación en generación con tan pocos cambios que, a veces, parecen conservar el sabor de la época en que nacieron.
Si alguien es tacaño, rara vez se dice así. Es más amarrao que culo de salchichón.
Si exagera, tiene más barriga que burro en dos patas.
Si pasó una mala noche, tiene más ojeras que un oso panda.
Y si la belleza no fue precisamente generosa, siempre aparecerá alguien dispuesto a decir que es más feo que un tropezón en el dedo chiquito.
En Colombia pocas veces hablamos de manera literal. Preferimos la exageración, la comparación y la metáfora. Es una forma de ponerle humor a la realidad, de suavizar los golpes de la vida o de decir aquello que, de otra manera, sonaría demasiado directo. Los dichos condensan siglos de memoria popular en apenas unas cuantas palabras.
Pero también hacen algo más profundo: conservan intacta una forma de entender el mundo.
«Cuando tú modificas una expresión, cuando te la inventas, estás construyendo una reflexión propia. Pero en los dichos populares ese conocimiento no es tuyo; te lo enseñaron tus papás, tus abuelos. Está por encima de ti y se transmite casi como un ritual. Por eso las palabras dentro de estas expresiones se protegen, casi que se congelan», explica Simón González, de la Universidad de los Andes.
Para González, los dichos funcionan como pequeñas cápsulas del tiempo. Cada generación los recibe de la anterior y los entrega a la siguiente casi intactos. Por eso todavía sobreviven expresiones como «Adonde fueres, haz lo que vieres», cuya estructura conserva formas antiguas del español que ya desaparecieron de la conversación cotidiana, pero siguen vivas en el lenguaje popular.
Como ocurre con los ingredientes de un sancocho, nadie suele preguntarse quién puso primero la yuca o el plátano en la olla. Simplemente estaban ahí cuando aprendimos la receta. Los dichos funcionan de la misma manera: pocas veces conocemos a quien los creó, pero terminan convirtiéndose en patrimonio de toda una comunidad.
Sin embargo, no todos los ingredientes alimentan de la misma forma.
Hay expresiones que también heredaron prejuicios.
Durante décadas se han repetido frases como «negro tenía que ser», «trabajo como negro para vivir como blanco» o «corre más un marica en chancletas». Muchas personas las pronuncian sin intención de ofender, convencidas de que hacen parte del humor popular. Pero el hecho de que un dicho sea antiguo o ampliamente conocido no significa que sea inocente. Detrás de esas expresiones sobreviven estereotipos raciales, de género y de orientación sexual que se han normalizado precisamente porque viajan disfrazados de tradición.
En Colombia, la discriminación no siempre se grita.
A veces se cuenta como un chiste.
Otras veces se sirve en forma de refrán.
Y por eso el lenguaje nunca es completamente inocente: además de guardar la memoria de un pueblo, también conserva las huellas de sus desigualdades.
Entre esos dichos aparece uno cuyo origen sigue siendo incierto: «cachaco, palomo y gato: tres animales ingratos». Algunas versiones populares lo relacionan con conflictos sociales ocurridos durante la primera mitad del siglo XX, e incluso con el contexto de la Masacre de las Bananeras. Sin embargo, no existen registros históricos que permitan confirmar esa versión. Como ocurre con buena parte de la tradición oral, su origen se perdió entre las voces que lo repitieron durante décadas.
Eso también dice mucho sobre la manera en que funciona el lenguaje popular. No todas las palabras tienen un acta de nacimiento. Muchas sobreviven porque alguien las escuchó de sus abuelos, luego las repitió a sus hijos y estos, sin saber exactamente de dónde venían, volvieron a ponerlas sobre la mesa.
Así ha ocurrido con buena parte del español colombiano.
Como un sancocho que sigue cocinándose generación tras generación, nuestras palabras cambian de sabor sin dejar de parecerse a las de quienes las prepararon antes.
Y cuando esas palabras viajan de una región a otra, también lo hacen los acentos, las costumbres y las maneras de entender el mundo. Cada colombiano que migra, lleva consigo un pequeño puñado de expresiones heredadas en casa. Algunas logran mezclarse fácilmente con las del nuevo lugar; otras permanecen intactas, como esos ingredientes que siguen conservando su sabor incluso después de horas de cocción.

Eso fue lo que ocurrió con Jhorman Alexander Montezuma cuando dejó Pasto para vivir en Bogotá.
Antes de conocer su profesión o escuchar su historia, muchas personas ya intuían de dónde venía. Bastaban unas cuantas frases para reconocer el ritmo pausado de su voz y algunas expresiones propias del sur del país. El acento, igual que le ocurrió a Jennifer en el capítulo anterior, hablaba antes que él.
Cuando le preguntan quién es, Jhorman tampoco comienza enumerando sus títulos profesionales. Aunque es comunicador social, técnico en Diseño e Integración Multimedia, tecnólogo en Creación de Páginas Web y profesional en formación en Gerencia de Proyectos, la primera palabra con la que se define es mucho más sencilla.
- «Pastuso.»
No es una respuesta casual. Es una manera de decir que el territorio también habita en la forma de hablar.
Jhorman nació en Pasto, la capital de Nariño, una ciudad donde la cordillera, las tradiciones andinas y el volcán Galeras forman parte del paisaje cotidiano. Para muchos visitantes, esa montaña representa un riesgo permanente. Para quienes crecieron bajo su sombra, en cambio, es una presencia familiar.
«Todos los que llegan a nuestra ciudad tienen miedo del volcán, pero nosotros no. Estamos acostumbrados a vivir debajo de esta montaña maravillosa que nos acompaña y nos guía.»
Así como el Galeras hace parte de la memoria visual de los nariñenses, el lenguaje también conserva la memoria del territorio.
Sin embargo, cambiar de ciudad también implica enfrentarse a un nuevo paisaje lingüístico. Como les ocurre a muchas personas que migran dentro del país, Jhorman sintió durante un tiempo la necesidad de adaptar su manera de hablar. No porque quisiera renunciar a sus raíces, sino porque deseaba integrarse con mayor facilidad al lugar que ahora habitaba.
«Cuando uno es más joven quiere que se le pegue rápido el acento del lugar donde está.»
No es una experiencia excepcional.
Según explica Simón González, el lenguaje se construye siempre en relación con los otros.
«Los seres humanos no desarrollan el lenguaje cuando están aislados; lo hacen de manera interactiva. Lo construimos con la familia, los amigos, la escuela, los lugares donde vivimos y las experiencias que atravesamos. Nuestra forma de hablar guarda la memoria de los caminos que hemos recorrido. Por eso el lenguaje puede dar pistas sobre una persona, pero no debería utilizarse para clasificarla o reducirla a un estereotipo.»
Con el tiempo, Jhorman comprendió que adaptarse no significaba desaparecer. Aprender nuevas expresiones no exigía abandonar las que había heredado en casa. Podía incorporar palabras de otros lugares sin dejar de hablar como alguien que creció bajo el Galeras.
Por eso sonríe cuando afirma:
- «Nosotros tenemos nuestro propio diccionario.»
Y tiene razón.
En Pasto, una guagua es un niño o una niña. Achichay expresa el frío intenso; achichucas, el calor; y bámbaro cambia de significado según el contexto y la conversación.
Para alguien que nunca ha vivido en Nariño, esas palabras pueden sonar extrañas. Para Jhorman, en cambio, son la voz de su familia, los juegos de la infancia, las conversaciones en la plaza de mercado y las historias escuchadas alrededor de la mesa. Son palabras que no solo nombran objetos o sensaciones: nombran un lugar en el mundo.
El Instituto Caro y Cuervo, a través del Diccionario de Colombianismos, ha documentado miles de voces regionales que demuestran la enorme diversidad del español colombiano. Sin embargo, ningún diccionario logra capturar una lengua por completo. Todos los días nacen palabras nuevas, otras caen en desuso y algunas sobreviven únicamente porque alguien insiste en seguir pronunciándolas.
Como ocurre con un sancocho, cada región aporta un ingrediente diferente a la olla. Algunos sabores son reconocibles en todo el país; otros solo aparecen en una cocina específica. Pero todos hacen parte de la misma receta.
Quizá por eso la pregunta nunca debería ser cuál es la manera correcta de hablar en Colombia, sino cuántas formas distintas existen de nombrar el mismo país.
Hay palabras que enriquecen la mezcla, otras que conservan la memoria de quienes las pronunciaron primero y algunas que solo sobreviven porque alguien se niega a dejarlas desaparecer. El idioma no se cocina únicamente con lo que heredamos, sino también con aquello que seguimos diciendo todos los días.
Mientras recorríamos el país para este reportaje, entendimos que ninguna receta alcanza a contener todos sus sabores. Por eso construimos un diccionario colaborativo, donde personas de diferentes regiones compartieron las palabras, dichos y expresiones que forman parte de su vida cotidiana. Cada aporte llegó como un nuevo ingrediente a esta gran olla colectiva y confirmó que el español colombiano está vivo: cambia con quienes lo hablan, se transforma con el tiempo y viaja con quienes dejan su tierra para empezar una nueva vida en otro lugar.
Y es justamente ahí donde la receta empieza a mezclarse. Porque hay un lugar donde los ingredientes de todas las regiones terminan encontrándose. Una ciudad donde un costeño conversa con un pastuso, un santandereano trabaja junto a un llanero, y un rolo aprende que una misma palabra puede significar cosas distintas dependiendo de quién la pronuncie.
Esa ciudad es Bogotá. Y allí comienza otra parte de esta historia.
El hervor: cuando todos los ingredientes llegan a la misma olla
Si un sancocho permaneciera con el agua fría, cada ingrediente conservaría su propio sabor sin llegar a mezclarse con los demás. La yuca seguiría siendo únicamente yuca, el plátano seguiría siendo plátano y el cilantro jamás compartiría su aroma con el resto de la receta. Es el hervor el que transforma una suma de ingredientes en un solo plato.
Con el lenguaje colombiano ocurre algo parecido.
Hay un lugar donde los acentos del Caribe se cruzan con los de Nariño, donde las palabras del Llano conviven con las de Boyacá y donde las expresiones del Pacífico terminan compartiendo conversación con las del Amazonas. Esa gran olla tiene un nombre: Bogotá.
Para Avi, creador de contenido y una de las voces más influyentes de las nuevas generaciones en redes sociales, esa mezcla hace parte de la vida cotidiana. Creció escuchando palabras que llegaban desde todos los rincones del país y entendió que el español colombiano no se habla de una sola manera.
- «Bogotá tiene muchos mundos», dice.
Cada barrio tiene expresiones propias. Cada grupo de amigos construye su propio lenguaje. Incluso una misma palabra puede cambiar de significado dependiendo de quién la pronuncie.
El español que llega a Colombia no es un solo español. Desde la misma España ya existían dialectos y otras lenguas, por eso las formas de hablar que llegaron al territorio colombiano también tenían diferencias: venían de personas de Castilla, del País Vasco, de Andalucía y de otras regiones de la península ibérica que llegaron a colonizar distintos lugares.
“Con el paso del tiempo, esas diferencias también se mezclaron con las formas en que las comunidades colombianas construyen su identidad. La manera de hablar nos da una conciencia de quiénes somos y a qué grupo pertenecemos, porque muchas veces hablamos como nuestro grupo y no como los otros grupos. Incluso las diferencias lingüísticas relacionadas con la clase social tienen que ver con esa búsqueda de diferenciarnos de los demás”, explica Simón González, profesional en Lenguas de la Universidad de los Andes.
Con el tiempo, Avi se mudó a Medellín. Allí descubrió que, así como él identificaba el acento paisa, los demás también reconocían inmediatamente que él venía de Bogotá. Su forma de hablar viajaba con él.
Pero, a diferencia de muchas personas que sienten la necesidad de suavizar su acento para encajar, nunca intentó esconderlo.
Al contrario.
Lo convirtió en parte de su identidad.
Si tuviera que escoger una palabra para resumir Bogotá, elegiría «veci».
No porque sea exclusiva de la capital, sino porque representa esa manera cercana y espontánea de relacionarse con los demás. Una palabra que nació en la calle, pasó por las tiendas de barrio y hoy también circula en redes sociales, demostrando que el lenguaje sigue transformándose todos los días.
La experiencia de Avi contrasta con la de Jennifer y Jhorman, pero también la completa. Jennifer llegó a preguntarse por qué alguien podía decirle que «vaina» no existía. Jhorman pensó durante un tiempo que debía cambiar su acento para adaptarse a Bogotá. Avi, en cambio, pertenece a una generación que ha empezado a hacer lo contrario: convertir sus regionalismos en una forma de identidad y de conexión con otros.
Sin embargo, esa transformación no significa que los prejuicios hayan desaparecido.
Cuando los ingredientes llegan a la misma olla, no siempre se mezclan de inmediato.
A veces aparecen las burlas.
Las imitaciones.
Las correcciones.
Y la idea equivocada de que existe una única manera correcta de hablar.
Aunque en Colombia no existen estadísticas oficiales dedicadas exclusivamente a la discriminación lingüística, diferentes investigaciones ayudan a comprender el contexto en el que ocurre. La Encuesta de Cultura Política del DANE ha mostrado que una parte importante de la población considera que los derechos de distintos grupos sociales y étnicos no están suficientemente protegidos. Si bien estas mediciones no evalúan directamente el acento, sí evidencian que las diferencias culturales continúan siendo motivo de exclusión.
La lingüista Rosina Lippi-Green, autora de English with an Accent: Language, Ideology and Discrimination in the United States, sostiene que la forma de hablar suele convertirse en un mecanismo de clasificación social. En la misma línea, la UNESCO ha señalado que proteger la diversidad lingüística también implica reconocer el valor de las distintas maneras en que las comunidades nombran el mundo.
La discriminación por la forma de hablar rara vez queda registrada en una encuesta. Se manifiesta en escenas mucho más cotidianas: cuando alguien imita un acento para provocar risas, corrige una palabra regional como si fuera un error o asume que una persona sabe menos únicamente por la forma en que pronuncia una frase.
Y, sin embargo, las palabras siguen viajando.
Siguen mezclándose.
Siguen encontrando nuevas formas de existir.
Como ocurre en un buen sancocho, ningún ingrediente pierde su identidad por compartir la misma olla. La yuca no deja de ser yuca porque se cocine junto al plátano, ni el cilantro compite con la papa por ocupar un lugar en la receta. Cada uno aporta un sabor distinto y es precisamente esa mezcla la que hace único el plato.
Con el español colombiano sucede lo mismo. Cada región aporta sus palabras, sus acentos y sus maneras de nombrar el mundo. El problema nunca ha sido la diversidad, sino creer que solo una forma de hablar merece un lugar en la mesa.
Avii hace parte de ese grupo que los costeños llaman cachacos y que muchas veces no están muy bien representando en los dichos, uno de ellos es: «Cachaco, palomo y gato, tres animales ingratos». Una de las versiones más difundidas relaciona el dicho con los acontecimientos posteriores a la Masacre de las Bananeras, ocurrida en 1928, cuando el Ejército colombiano reprimió una huelga de trabajadores de la United Fruit Company en Ciénaga, Magdalena. Según este relato popular, el resentimiento hacia los soldados y autoridades provenientes del interior del país —a quienes en la Costa Caribe se les llamaba de manera general «cachacos»— habría dado origen o habría fortalecido la circulación de la expresión. Sin embargo, esta explicación pertenece al ámbito de la memoria oral y no existen fuentes históricas que permitan confirmar de manera concluyente que ese fue el
origen del dicho.

Más allá de su procedencia, la frase ilustra cómo el lenguaje también conserva las huellas de conflictos sociales e históricos. Al reducir a un grupo de personas a un estereotipo negativo, reproduce una visión generalizante que hoy resulta problemática. Como ocurre con otros dichos heredados, su permanencia invita a preguntarnos si todas las expresiones transmitidas por la tradición oral merecen seguir repitiéndose sin reflexión o si algunas deberían entenderse, más bien, como testimonios de una época y de los prejuicios que la atravesaban.
A diferencia de expresiones como “cachaco, palomo y gato, tres animales ingratos”, cuyo origen se mantiene en la memoria popular sin una fecha comprobada, el dicho “más perdido que el hijo de Lindbergh” sí tiene una historia documentada. La frase nació a partir de una tragedia que conmocionó al mundo: en 1932, Charles Lindbergh, el famoso aviador estadounidense que realizó el primer vuelo transatlántico sin escalas, sufrió el secuestro de su hijo Charles Augustus Lindbergh Jr., un caso que tuvo gran repercusión internacional.
Con el paso del tiempo, esa tragedia llegó al lenguaje cotidiano y la expresión comenzó a utilizarse para referirse a alguien que está desorientado, confundido o fuera de lugar. En Colombia, el dicho se transmitió de generación en generación hasta convertirse en una de esas frases populares que usamos sin pensar en la historia que hay detrás.
Los dichos y refranes no nacieron en Colombia.
Muchos tienen raíces en la tradición oral europea, especialmente en el latín y las lenguas romances que surgieron tras la fragmentación del Imperio Romano. Con la llegada de la colonia, estas estructuras se mezclaron con lenguas indígenas y africanas, dando origen a un español fragmentado, híbrido y profundamente regional.
En la época colonial, las regiones estaban aisladas. Viajar entre ciudades como Bogotá, Popayán o Medellín era difícil y lento. Esa separación permitió que cada territorio desarrollara su propio universo lingüístico.

¿Cómo se dice?
Después de recorrer el país durante esta investigación entendimos que el español colombiano tiene algo de juego y mucho de memoria. Basta con mostrar una imagen para descubrir que dos personas pueden estar hablando del mismo objeto con palabras completamente distintas. Ninguna está equivocada. Simplemente crecieron en lugares diferentes, y heredaron un diccionario que no aprendieron en la escuela, sino en la casa, en la tienda del barrio, en la plaza de mercado o jugando en la calle.
Por eso queremos hacerte una invitación.
Mira la siguiente ilustración.
¿Cómo llamarías esto?

Si naciste en la Costa Caribe, probablemente respondiste boli. En otras regiones tal vez pensaste en un congelado, un refresco, un chupi o cualquier otro nombre que aprendiste durante la infancia.
No hay una respuesta correcta.
Hay muchas.
Y cada una cuenta una historia distinta.
Boli también hizo un viaje.
Salió del Caribe con Jennifer Ballestas y un día apareció en una conversación de oficina en Bogotá, preguntando si alguien sabía dónde podía comprar un boli. La respuesta fue el silencio. Nadie entendió de qué estaba hablando. Solo después de explicar que se trataba de ese dulce congelado que se vende en bolsas plásticas, la conversación volvió a tener sentido. Lo que parecía una palabra cualquiera terminó convirtiéndose en una pequeña lección sobre el lugar del que venía.
No era el postre el que estaba perdido.
Era la palabra.
Con Jhorman ocurre algo parecido. En Pasto, una guagua es un niño; achichay es la expresión que aparece cuando el frío cala los huesos; achichucas hace referencia al calor; palabras que adquieren significados distintos según el contexto y quien las pronuncie. Palabras que heredó de su familia, de las conversaciones cotidianas y de una región que ha construido su propia manera de nombrar el mundo.
Las generaciones más jóvenes viven una experiencia distinta. Para Avi, muchas palabras ya no nacen únicamente en una región: también nacen en internet. Las redes sociales han acelerado el viaje del lenguaje. Una expresión creada en Bogotá puede llegar al Caribe en cuestión de horas. Veci, por ejemplo, dejó hace tiempo las tiendas de barrio para instalarse en las redes sociales. Hoy aparece en videos, comentarios y conversaciones de jóvenes que nunca crecieron en el mismo lugar. Una expresión nacida en una esquina puede llegar al otro extremo del país rápidamente.
Eso no significa que las diferencias desaparezcan. Significa que la receta sigue cambiando.
Durante esta investigación descubrimos que cada región incorpora ingredientes propios a ese gran sancocho que llamamos español colombiano. En el Caribe abundan los dichos cargados de humor, exageración y picardía; en los Llanos aparecen caballos, ganado y sabanas infinitas; en el Pacífico, los ríos, la música y la memoria afrodescendiente atraviesan buena parte de las expresiones cotidianas; mientras que en la Amazonía muchas palabras dialogan con la naturaleza y con los conocimientos de los pueblos indígenas.
La Región Trece resume buena parte de esa diversidad. Bogotá reúne voces llegadas de todo el país; Boyacá y Cundinamarca conservan el eco del mundo campesino; Tolima y Huila mezclan su lenguaje con las fiestas y la música; Meta, Guaviare y Vichada comparten expresiones propias de la cultura llanera; Caquetá y Putumayo muestran el encuentro entre la colonización y la selva; y en Guainía y Vaupés el español convive con decenas de lenguas indígenas que recuerdan que Colombia nunca ha tenido una única forma de nombrar el mundo.
Mientras más palabras reuníamos para el diccionario colaborativo de Así Se Dice, más evidente se hacía una conclusión: era imposible terminarlo.
Siempre aparecía una nueva.
Una palabra que alguien aprendió de su abuela.
Un dicho que solo se decía en un barrio.
Una expresión que había sobrevivido porque alguien se negó a dejar de pronunciarla.
Entonces entendimos que nuestro diccionario nunca iba a estar completo.
Tal vez esa sea la mayor riqueza del español colombiano. No es un idioma terminado, sino una receta que sigue cocinándose. Cada generación incorpora nuevos sabores, cada región conserva los suyos y cada conversación deja caer un ingrediente más. Al final, ninguna palabra explica por sí sola quiénes somos. Pero juntas cuentan la historia de un país que nunca ha dejado de inventar maneras de nombrarse.
Porque las palabras hacen lo mismo que los colombianos.
Migran.
Se mezclan.
Cambian.
Encuentran nuevos lugares donde quedarse.
Y, a veces, regresan convertidas en otra cosa.
Es una receta que sigue cocinándose.
Y cada conversación deja caer un ingrediente más en la olla.
Epílogo | La receta de un país
Así somos los más de 53 millones de colombianos: una mezcla de regiones, culturas y palabras que se han cocinado durante generaciones. Somos la papa y el ñame que le dan cuerpo al caldo; la yuca y el plátano que llenan la olla; la gallina, la costilla y el cilantro que aportan sabor, memoria y tradición. Cada ingrediente conserva su esencia, pero solo juntos hacen posible la receta.
Porque en Colombia una caída puede tener decenas de nombres; un niño puede ser chino, pelao, guagua o pelado; una cerveza puede convertirse en una fría y una simple vaina puede servir para nombrar casi cualquier cosa. Detrás de cada palabra hay una historia familiar, una región, una manera de mirar el mundo y de reconocernos en los demás.
Pero este viaje también nos recordó que las palabras nunca son inocentes. Así como pueden acercarnos, preservar la memoria y fortalecer nuestra identidad, también pueden cargar prejuicios, repetir estereotipos o excluir a quienes hablan diferente. El lenguaje no solo refleja la sociedad: también ayuda a construirla.
Al final, Colombia no se explica con una sola voz. Se cuenta con todos sus acentos, sus dichos, sus silencios y sus maneras de nombrar la vida. En esa diversidad no hay ingredientes de más ni sabores equivocados; hay historias distintas que aprendieron a compartir la misma olla.
Esa es nuestra receta: un sancocho llamado Colombia. Un plato donde nadie sobra, porque son precisamente las diferencias las que hacen posible el sabor.
Y si alguna vez quieren entender este país, no empiecen por un mapa. Empiecen por una conversación alrededor de un sancocho.
Reportaje que hace parte de la estrategia transmedia de Así se dice de Canal Trece




