Uno de los aciertos más profundos y aplaudidos de la serie transmedia “Conecta el País de la Belleza” radica fundamentalmente en el cambio de perspectiva ética y narrativa a la hora de poner la cámara frente a los territorios colombianos. Históricamente, la televisión comercial y los formatos tradicionales de viajes han retratado a las poblaciones rurales, campesinas o étnicas como un mero elemento decorativo, una pieza folclórica dentro del fondo de una bonita postal turística. Esta producción llega para romper definitivamente con esa mirada centralista y superficial.
Dentro del diseño narrativo de la serie, las comunidades indígenas, los habitantes tradicionales de las regiones, los cuidadores directos de la biodiversidad y las personas que sostienen los oficios tradicionales aparecen en el centro absoluto de la pantalla como los verdaderos anfitriones de sus propios relatos. No se trata de un equipo central de producción que llega desde Bogotá a imponer un libreto, grabar un par de tomas bonitas y marcharse; se trata de permitir que quienes habitan, sufren y celebran esos territorios expliquen en primera persona qué significa vivir allí.
Este enfoque cambia radicalmente la forma de narrar el país porque le devuelve la palabra a las regiones. A través de este respeto por el saber local, la audiencia nacional puede entender de primera mano qué se protege en las selvas y mares, qué tradiciones se transmiten con orgullo de generación en generación, qué realidades se están transformando gracias al ingenio comunitario y qué lecciones invaluables de dignidad debería conocer el resto de Colombia sobre sus propias culturas.




