El fútbol, en su estado más puro y cruel, nos obligó ayer a vivir la cara más dura del deporte. Tras un empate 0-0 que se extendió con el alma en un hilo durante 120 minutos, la Selección Colombia quedó eliminada de la Copa del Mundo en la tanda de penales (4-3) frente a Suiza. Duele, claro que duele, pero la madurez deportiva también radica en aceptar el hecho, agradecer el camino y soltar el proceso para mirar hacia adelante.
Un esfuerzo que se quedó sin premio
El partido en Vancouver fue una batalla táctica de desgaste absoluto. El equipo dirigido por Néstor Lorenzo mostró pasajes de buen juego, orden defensivo y un Camilo Vargas inmenso bajo los tres palos que nos mantuvo con vida en los momentos más grises. Las opciones estuvieron ahí: un remate al travesaño de Jhon Lucumí en la prórroga y las aproximaciones de Luis Díaz mantuvieron encendida la ilusión.
Sin embargo, el balón no quiso entrar. El destino llevó el desenlace a la lotería de los doce pasos, donde la efectividad helvética y las intervenciones del portero suizo Gregor Kobel terminaron por cerrar el telón para nuestra delegación.
Agradecer la ilusión y el orgullo
Se vale llorar la derrota, ver el rostro desconsolado de Dávinson Sánchez o Luis Díaz nos rompe el corazón a todos porque refleja el peso de un país sobre los hombros. Pero por encima de la tristeza, debe prevalecer la gratitud:
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A James Rodríguez: Que con el brazalete de capitán lideró el mediocampo y demostró que la jerarquía no se negocia.
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A la nueva sangre: Jugadores como Richard Ríos, Jáminton Campaz y Gustavo Puerta que ganaron un kilometraje invaluable para las batallas que se avecinan.
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Al cuerpo técnico: Que devolvió la identidad competitiva y la mentalidad ganadora a un grupo que volvió a poner a vibrar a más de 50 millones de personas.
Soltar para volver a construir
El Mundial de Norteamérica se terminó para Colombia en los octavos de final. Quedarse anclado en los penales fallados o en el «qué hubiera pasado» sólo estanca los procesos. La base de esta selección es sólida, combina veteranía y juventud, y el camino hacia los próximos retos internacionales arranca desde el aprendizaje de esta dolorosa tarde en Canadá.
Gracias, muchachos. Compitieron con el corazón, nos hicieron soñar despiertos y, aunque hoy toque asimilar el golpe, el orgullo de ver la camiseta tricolor en lo más alto sigue intacto. A soltar el dolor y a preparar el regreso.




