[/ux_text]Más del 80 % del daño solar que una persona acumula a lo largo de su vida ocurre antes de los 18 años. En un país como Colombia, donde la radiación ultravioleta es alta durante todo el año, la educación temprana en fotoprotección se convierte en una herramienta fundamental para la prevención de enfermedades como el cáncer de piel.
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La piel de los niños es especialmente sensible a la radiación solar. Durante la infancia, el sistema de defensa cutáneo aún se encuentra en desarrollo, lo que hace que la exposición prolongada al sol genere daños silenciosos que pueden manifestarse años más tarde. Diversos estudios médicos advierten que cada quemadura solar en la niñez aumenta de forma significativa el riesgo de desarrollar cáncer de piel en la adultez.
En Colombia y otros países de Latinoamérica, donde los niveles de radiación UV son elevados, la prevención sigue siendo un reto de salud pública. Según la Liga Colombiana Contra el Cáncer, el cáncer de piel es uno de los más frecuentes en el país y su incidencia continúa en aumento, en parte por la falta de hábitos de protección desde edades tempranas.
Frente a este panorama, iniciativas educativas buscan transformar la relación de los niños con el sol. A través de programas escolares que integran ciencia, pedagogía y participación familiar, se promueve la fotoprotección como una práctica cotidiana, tan importante como el cepillado de dientes o el lavado de manos. Estas acciones han logrado involucrar a miles de estudiantes, docentes y familias en la adopción de hábitos responsables frente a la exposición solar.
Los especialistas recomiendan que, a partir de los seis meses de edad, los niños utilicen fotoprotectores con factor de protección solar alto, aplicados antes de la exposición y reaplicados durante el día. Sin embargo, el uso del protector no es el único elemento clave. El uso de gorros, ropa adecuada, buscar la sombra y evitar la exposición en las horas de mayor radiación también hacen parte de una fotoprotección integral.
Uno de los principales desafíos en el entorno escolar es la reaplicación del protector durante la jornada. Por ello, algunos programas han desarrollado herramientas prácticas y contenidos educativos que facilitan este proceso y ayudan a que los propios niños comprendan la importancia de proteger su piel, incluso cuando el día está nublado o no sienten calor.
Más allá de la prevención inmediata, enseñar fotoprotección desde la infancia tiene un impacto a largo plazo. Los hábitos adquiridos en los primeros años suelen mantenerse en la vida adulta, reduciendo riesgos futuros y fortaleciendo una cultura del autocuidado. En este sentido, la educación temprana se consolida como una de las estrategias más efectivas para proteger la salud cutánea de las nuevas generaciones.
Proteger la piel desde la niñez no solo previene enfermedades, también permite que los niños disfruten del sol de forma segura y consciente. La fotoprotección, entendida como un hábito diario, se convierte así en una inversión en bienestar y calidad de vida para el futuro.




