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	<title>causas del feminicidio &#8211; Canal Trece</title>
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	<title>causas del feminicidio &#8211; Canal Trece</title>
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		<title>El terror de ser mujer en América Latina</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Redacción Canal Trece Colombia]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 04 May 2021 13:10:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[NOTICIAS]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Recopilamos las voces e historias de mujeres que quieren contar su historia, experiencia y reivindicar desde sus relatos esas memorias que duelen, pesan y atormentan.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://canaltrece.com.co/noticias/terror-ser-mujer-america-latina-violencia/">El terror de ser mujer en América Latina</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://canaltrece.com.co">Canal Trece</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Este es un espacio para las voces de mujeres que quieren narrarse. &iquest;Qu&eacute; es lo m&aacute;s terror&iacute;fico? Ser mujer y saber que dos de nosotras es asesinada cada d&iacute;a, o incluso m&aacute;s. Aqu&iacute; los relatos.</p>
<h2><strong>Dos puertas, un mismo miedo</strong></h2>
<p><em>Violeta G&oacute;mez</em></p>
<p><img decoding="async" src="/uploads/ck-uploads/2020/10/30/1.JPG" style="width:100%" alt="El terror de ser mujer en América Latina"></p>
<p>Imag&iacute;nate estar por fuera de tu casa, est&aacute;s en un centro comercial comiendo helado, en una librer&iacute;a o en un caf&eacute; con una amiga, en un bar con tus amigos o en clase en la universidad. De repente te das cuenta de que tienes que <strong>entrar al ba&ntilde;o.</strong> De pronto has tomado mucha agua, o algo te cay&oacute; mal. No te gusta la idea de tener que <strong>usar un ba&ntilde;o p&uacute;blico</strong> pero ni modo, para eso est&aacute;. Preguntas a alguien que trabaja en el lugar y te se&ntilde;ala con su mano la direcci&oacute;n en la que se encuentran los ba&ntilde;os. Vas hacia all&aacute; y te encuentras con dos puertas: una tiene un mu&ntilde;equito con lo que asumes es un pantal&oacute;n, otra tiene un mu&ntilde;equito con lo que asumes es una falda. Nada raro, b&aacute;sicamente todos los ba&ntilde;os que no sean el de tu casa est&aacute;n segregados por g&eacute;nero, y t&uacute; tomas este hecho como algo normal y entras al ba&ntilde;o al que has entrado durante toda tu vida, sea el de hombres o el de mujeres. <strong>Nadie te mira raro</strong>, nadie llama a seguridad, nadie te dice que ese no es tu ba&ntilde;o y claramente no sientes como que ese ba&ntilde;o sea un lugar en el que te puedan violentar f&iacute;sicamente por el hecho de estar en &ldquo;un lugar en donde no deber&iacute;as estar&rdquo;.</p>
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<p>Si has tenido el privilegio de usar un ba&ntilde;o p&uacute;blico sin mayor problema debe ser porque eres una <strong>persona cisg&eacute;nero,</strong> es decir: alguien que est&aacute; conforme con el g&eacute;nero que le asignaron al nacer. En cambio, si eres una persona transg&eacute;nero, como yo, que no est&aacute; conforme con el g&eacute;nero que le asignaron al nacer y se identifica con el opuesto o con otro que se salga de lo binario (hombre-mujer), <strong>un ba&ntilde;o p&uacute;blico es probablemente uno de los espacios m&aacute;s violentos en los que has podido estar, m&aacute;s cuando eres visiblemente trans.</strong></p>
<p>No es por nada que muchas personas trans terminan desarrollando infecciones urinarias recurrentes o evitando consumir alimentos y l&iacute;quidos cuando salen de sus casas por miedo a la violencia t&aacute;cita que existe en la idea de tener que entrar en un ba&ntilde;o p&uacute;blico segregado por g&eacute;nero.</p>
<p>En mi caso, solo <strong>bast&oacute; un encuentro verbal con una persona</strong> en este espacio para no querer volver a entrar a un ba&ntilde;o p&uacute;blico en un buen tiempo. Hace aproximadamente un a&ntilde;o, despu&eacute;s de llevar m&aacute;s o menos seis meses viviendo abiertamente como una persona trans decid&iacute; empezar a vestirme y presentarme de una manera m&aacute;s expl&iacute;citamente femenina, en contraposici&oacute;n a lo que hac&iacute;a antes que era buscar que las personas no me leyeran como trans en la calle al usar ropa masculina ancha y no usar maquillaje.</p>
<p>En ese entonces pod&iacute;a seguir usando el ba&ntilde;o de hombres sin problemas m&aacute;s all&aacute; de sentirme completamente miserable mientras lo hac&iacute;a. Pero desde el momento en que decid&iacute; cambiar mi presentaci&oacute;n de g&eacute;nero <strong>sab&iacute;a que usar el ba&ntilde;o de hombres no era una opci&oacute;n</strong> debido a la violencia que podr&iacute;a vivir al entrar a este espacio con ropa femenina y maquillaje.</p>
<p>De todas formas, mi problema no se solucionar&iacute;a al usar el ba&ntilde;o de mujeres. Hay personas trans, tanto hombres como mujeres, que tienen la facilidad de pasar desapercibidas al no ser le&iacute;das como trans, ese no es mi caso. Mi altura y mi vello facial y corporal chocan con la concepci&oacute;n que la mayor&iacute;a de personas tienen sobre la manera en la que se deber&iacute;a ver una mujer, y claramente te lo hacen saber, con miradas de inquisici&oacute;n o sorpresa, m&aacute;s a&uacute;n cuando te atreves a entrar en un espacio que &ldquo;no es para ti&rdquo;.</p>
<p>Sucedi&oacute; en el tercer d&iacute;a en el que me maquill&eacute; y vest&iacute; de manera femenina. Fui&nbsp;junto a mi mam&aacute; a un centro comercial a almorzar y pasar la tarde y despu&eacute;s de unas horas supe que no pod&iacute;a postergar lo inevitable y decid&iacute; entrar por primera vez a un ba&ntilde;o de mujeres en un lugar p&uacute;blico. Con toda la ansiedad del mundo y caminando de manera apresurada entr&eacute; y me dirig&iacute; a un cub&iacute;culo, contando con la fortuna de no encontrarme con nadie a mi entrada.</p>
<p>Salir era m&aacute;s complicado, ya que escuchaba pasos y lavamanos abiertos, sin embargo lo hice y me dirig&iacute; a uno de los lavamanos. No pasaron m&aacute;s de dos minutos antes de que una se&ntilde;ora de aseo que estaba a mi lado me dijera con toda tranquilidad que <strong>&ldquo;este ba&ntilde;o no era para m&iacute;, que pod&iacute;a usar el de discapacitados&rdquo;</strong>. Me paralic&eacute;, no supe qu&eacute; decir m&aacute;s all&aacute; de preguntar si ese era el caso &ldquo;a&uacute;n as&iacute; hubiera cambiado mis documentos&rdquo;. La se&ntilde;ora me dijo que no importaba, que esa era la pol&iacute;tica del centro comercial. Completamente humillada me escurr&iacute; las manos y sin dirigirle la mirada a la se&ntilde;ora sal&iacute;. Algo m&aacute;s le dije pero olvido qu&eacute;&nbsp;fue. Poco a poco la humillaci&oacute;n dio paso a la rabia y a l&aacute;grimas que se iban acumulando en los bordes de mis p&aacute;rpados. Afortunadamente no estaba sola, mi mam&aacute; me esperaba, le cont&eacute; todo y renegamos del maltrato que hab&iacute;a recibido.</p>
<p>Puede no parecer mucho, pero ese peque&ntilde;o hecho me hizo cogerle p&aacute;nico volver a entrar a un ba&ntilde;o de mujeres y posiblemente sufrir violencias o humillaciones m&aacute;s expl&iacute;citas. Desde ese entonces evito entrar a ba&ntilde;os p&uacute;blicos. Mis lugares favoritos son aquellos que tienen ba&ntilde;os neutros y hasta perd&iacute; el coraje de salir al espacio p&uacute;blico maquill&aacute;ndome y usando ropa femenina siendo visiblemente trans.</p>
<p>Tristemente, la pandemia ha sido una bendici&oacute;n en el sentido de no tener que habitar el espacio p&uacute;blico hace m&aacute;s de 8 meses y siento que muchas personas trans, no binarias y no conformes con el g&eacute;nero est&aacute;n de acuerdo conmigo.</p>
<p>Ahora solo temo la ansiedad, la humillaci&oacute;n y el terror que sentir&eacute; la pr&oacute;xima vez que si o si tenga que usar un ba&ntilde;o p&uacute;blico.</p>
<h2><strong>No es inc&oacute;modo, es una mierda</strong></h2>
<p><em>Valentina.&nbsp;</em></p>
<p><img decoding="async" src="/uploads/ck-uploads/2020/10/30/2.JPG" style="width:100%" alt="El terror de ser mujer en América Latina"></p>
<p>Me gustar&iacute;a dar un peque&ntilde;o contexto primero. Digamos que el terror es algo que me han metido desde peque&ntilde;a si nos referimos al terror de ser mujer. Mi mam&aacute; fue polic&iacute;a, las cosas que ella experiment&oacute; dentro de ese lugar dejan marcas de todo tipo. Abusos por parte tanto de hombres como de mujeres, <strong>gente que no respeta tus condiciones</strong>, opiniones, gustos&hellip; entre otras cosas. Afortunadamente (aunque no deber&iacute;a ser as&iacute;) ella solo fue v&iacute;ctima del exhibicionismo por parte de dos mujeres, de comentarios inapropiados de sus altos mandos y amenazas a su puesto por no acceder a cosas que ellos quer&iacute;an.&nbsp;</p>
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<p>Uno de los recuerdos que tengo de mi infancia es a mi mam&aacute; dici&eacute;ndome &ldquo;<strong>Valentina, usted no se puede dejar tocar por ning&uacute;n hombre. &iquest;Me entendi&oacute;? Ni siquiera de su pap&aacute;. Y si es as&iacute; me dice.&rdquo;</strong> S&iacute;, le entend&iacute;. Pareciera que a pesar de no haberle escuchado el consejo antes, ya lo ten&iacute;a claro. Como si viniera en mi ADN o algo as&iacute;. Tambi&eacute;n recuerdo que tiempo despu&eacute;s de ese comentario, tendr&iacute;a como 8 a&ntilde;os, &iacute;bamos en un taxi con mi pap&aacute; y &eacute;l me cogi&oacute; la mano. Normal. Pero me dio miedo, se la quit&eacute; y despu&eacute;s mucho silencio m&aacute;s una barrera entre los dos. Mi pap&aacute; es un gran hombre, jam&aacute;s ha sido abusivo ni pasado hasta donde yo s&eacute;. Es un recuerdo que veo con mucho dolor, una ni&ntilde;a no deber&iacute;a tenerle miedo a su pap&aacute;.&nbsp;</p>
<p>Ya m&aacute;s grande, convencida de que hay que tener cuidado y a la vez con la ingenuidad de &ldquo;como yo no vivo all&aacute; a m&iacute; no me pasa&rdquo; tuve una experiencia muy maluca.&nbsp;</p>
<p>El 23 de Junio del 2016, ten&iacute;a yo 18 a&ntilde;os, me baj&eacute; de la estaci&oacute;n Camp&iacute;n y emprend&iacute; mi camino hacia la casa. Fui andando entre las casas del Nicolas de Federman, es muy agradable pasar por ah&iacute;, hay casas muy lindas, &aacute;rboles&hellip; y que si bien no est&aacute; del todo transitado se intuye que es seguro. Eran como las 4 de la tarde, iba vestida con un pantal&oacute;n holgado negro y un crop-top. Me gustan los crop tops porque me dan mucha frescura. Fui caminando con mucha tranquilidad y en una de las casas vi un gato precioso, <strong>decid&iacute; tomarle una foto</strong>, estaba tratando de enfocar al gato cuando de pronto me pasa un hombre por el lado. Obviamente yo me alert&eacute; porque:&nbsp;</p>
<p>1. Ten&iacute;a mi vientre al descubierto y 2. Me podr&iacute;an robar f&aacute;cilmente el celular.&nbsp;</p>
<p>Agarr&eacute; el celular con las dos manos, apret&eacute;, fing&iacute; que estaba revisando un mensaje y lo dej&eacute; pasar. Cuando v&iacute; que el hombre avanz&oacute; respir&eacute; hondo y contin&uacute;e mi camino.&nbsp;</p>
<p>A dos cuadras volv&iacute; a ver al se&ntilde;or, no estaba segura de que fuera &eacute;l sin embargo me dije<strong> &ldquo;para evitar cualquier cosa camino r&aacute;pido, lo paso, no miro atr&aacute;s y final feliz&rdquo;.</strong> As&iacute; hice. Sin embargo el tipo aceler&oacute; el paso y me empez&oacute; a alcanzar. Obviamente ya la cosa estaba rara. Cambi&eacute; de plan. me dije &ldquo;voy a caminar m&aacute;s lento, lo dejo pasar y as&iacute; mejor lo tengo pisteado yo y no &eacute;l a m&iacute;&rdquo;. Funcion&oacute;, el tipo me pas&oacute; y yo estaba a una distancia prudente de tal forma que &eacute;l tipo no pensara que ten&iacute;a miedo y que si me iba a robar tuviera el espacio para correr si era necesario.&nbsp;</p>
<p>El man se quit&oacute; la chaqueta que ten&iacute;a y se la llev&oacute; colgada en el antebrazo, pens&eacute; que se estaba metiendo algo al bolsillo mientras caminaba porque no le ve&iacute;a la otra mano y estaba desacelerando. Cuando de repente se detiene. Yo me freno en seco. El tipo se gira, tiene el pene afuera, erecto. Se lo agarra, lo sacude y me dice <strong>&ldquo;Uy,&nbsp;mona, mira c&oacute;mo me lo pusistes de grande&rdquo;&nbsp;</strong></p>
<p>Empiezo a correr, le paso por el lado, avanzo unas 4 cuadras, llego a un paradero de la calle 53, agitad&iacute;sima. Veo a una se&ntilde;ora mir&aacute;ndome, a unos chicos, me siento desorientada a pesar de estar cerca a mi casa, veo in&uacute;tilmente a ver si me est&aacute; siguiendo, quiero pedir ayuda, quiero hablar con alguien, quiero advertirles. Al mismo tiempo no quiero molestar. <strong>Entonces sigo caminando hacia mi casa.&nbsp;</strong></p>
<p>Pienso mucho en si decirle a mi mam&aacute; o no. Termino envi&aacute;ndole un mensaje a unas amigas cont&aacute;ndoles lo que me paso, les digo que no es tan grave porque no me hizo nada. Pero s&iacute; tengo miedo, s&iacute; dudo sobre la gravedad. Llego a mi casa, timbro, no le voy a decir a mi mam&aacute;. Ella me abre la puerta, me pregunta &iquest;Qu&eacute; le paso? Termino cont&aacute;ndole. No quiero que suene tan grave, me convenzo de que no es grave, al menos no me pas&oacute; nada. <strong>Ella concuerda, pero siento su impotencia tambi&eacute;n</strong>. Le cuento a mi&nbsp;novio, no quer&iacute;a que sonara grave&hellip; me llam&oacute;, me pregunt&oacute; c&oacute;mo estaba, tambi&eacute;n se sent&iacute;a impotente, maldecimos al hombre, le deseamos vainas muy feas. Al final&hellip; lo mismo&hellip; al menos no me pas&oacute; nada.&nbsp;</p>
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<p>Pero pasa el tiempo y s&iacute;. S&iacute; pas&oacute; y sigue pasando.&nbsp;</p>
<p>Nunca agarro Transmilenio por la 30, no camino por Nicolas de Federman sola, no miro a los extra&ntilde;os a los ojos, camino r&aacute;pido, si me invitan a un plan que implique agarrar Transmilenio por la 30, no salgo, busco excusas. Si no estoy sola, si no tengo la certeza de llegar a mi casa sin problemas no accedo a nada. Y esto puede sonar chistoso, pero igual quiero decirlo, necesito decirlo, porque nunca lo he hecho. Yo no estoy tranquila antes de tener sexo&hellip; ese pre que es tan maravilloso tiene al menos 1 segundo de ese hombre de Nicolas de Federman. Porque est&aacute; ah&iacute;, su pene asqueroso, su mirada, su voz, mi miedo, mi vulnerabilidad.&nbsp;</p>
<p>Todo ese momento est&aacute; ah&iacute; y es inc&oacute;modo. Es incomodo que despu&eacute;s de 4 a&ntilde;os est&eacute; en mi intimidad.&nbsp;</p>
<p>No. <strong>No es inc&oacute;modo, es una mierda</strong>.</p>
<h2><strong>La merienda</strong></h2>
<p><em>Daniela C. Venegas</em></p>
<p><img decoding="async" src="/uploads/ck-uploads/2020/10/30/2-2.JPG" style="width:100%" alt="El terror de ser mujer en América Latina"></p>
<p>Link al texto <a href="https://danielacvenegas.weebly.com/escritos/la-merienda#comments" rel="nofollow noopener" target="_blank">aqu&iacute;.</a></p>
<p>Hoy me duele la garganta. He gritado mucho. Antes no gritaba y solo callaba. Esa bocanada de aire que uno suele tomarse antes de un fuerte dolor y un sonido ahogado era lo &uacute;nico que me permit&iacute;a emitir. Siempre cre&iacute; que as&iacute; soportaba m&aacute;s el dolor y en verdad solo lo postergaba. Hoy grit&eacute; porque me arranc&oacute; un pedazo verdaderamente sensible. Jam&aacute;s llegu&eacute; a pensar que doliera tanto la zona de arriba del pecho, lo sent&iacute;a como una navaja en el cuello; estataba entre degollada y despellejada.</p>
<p>Recuerdo el primer mordisco:<strong> era de noche y lleg&oacute; hambriento.</strong> Hab&iacute;a comida en la alacena pero yo ten&iacute;a que entender que hay veces que el hambre es de capricho. Con su aliento a an&iacute;s y sus torpes movimientos me tumbo al suelo donde &eacute;l yac&iacute;a y me clav&oacute; los dientes cerca al codo. Por supuesto que doli&oacute;, aunque en comparaci&oacute;n con el pecho no era nada.&nbsp;</p>
<p>Poco a poco el cuerpo se me fue consumiendo: los brazos, los hombros, las mejillas&#8230; Era significativamente una fuente de alimento y &eacute;l ten&iacute;a hambre &iquest;Qu&eacute; pod&iacute;a decir yo ante alguien que lo necesitaba? &Eacute;l tambaleaba &iquest;Qu&eacute; pod&iacute;a decir yo ante alguien que no sabe plenamente lo que hace? <strong>Hay ocasiones en que tenemos que sabernos condumio ante algunos sucesos de la vida.</strong></p>
<p>Los tejidos se me regeneraban con el paso del tiempo como es natural. De la costra y sin vendaje salia piel nueva y aparentaba estar intacta. Esa capacidad de regeraci&oacute;n fue decallendo de a poco: la edad, el cansancio&#8230; No lo s&eacute;. Este mordisco en el pecho tenia algo especial, llevaba meses sin curar y cuando sentia que estaba mejor, sangraba de nuevo. Algo en m&iacute; supo que otro mordisco suyo ser&iacute;a mi &oacute;bito.&nbsp;</p>
<p>Tom&eacute;&nbsp;un vestido rojo que envolviera mi cuerpo y que me asegurara que la sangre no fuese notoria,<strong> bien parec&iacute;a una decoraci&oacute;n los vendajes de mi pecho</strong>, y tom&eacute; marcha lejos de all&iacute;. Pude ver en la multitud un secreto de lo que yo quer&iacute;a experimentar y me preguntaba si la gente al acercarseme se fijaba en los mordiscos de mi cuerpo. Siempre hablaba con ellos e intentaba descifrar en sus gestos si les agradaba o disgustaban mis vendajes que a veces pod&iacute;an estar empapados en sangre y se hab&iacute;an pegado a la llaga de mi pecho. Realmente me dol&iacute;a cuando alguien se asqueada ante ello, preferir&iacute;a no leer eso en sus rostros, pero era inevitable.&nbsp;</p>
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<p>Me sorprend&iacute; al ver el apetito que yo generaba. <strong>El rojo suele llamar la atenci&oacute;n y el perfume de la sangre seduce.</strong> A veces, inesperadamente, mientras estaba en un bus, caminaba por la calle, tomaba un caf&eacute; o le&iacute;a un libro, llegaban algunos de ellos a devorarme un pedazo. Las heridas hechas por bocas nuevas costaban cada vez m&aacute;s en sarnar, pero se estaba convirtiendo en una sensaci&oacute;n cotidiana y en la rutina siempre habita una supuesta tranquilidad. Lo &uacute;nico que me irrumpia la calma era la molestia de gritar. Me recordaba el dolor del mordisco y no me permit&iacute;a ignorarlo, lo hac&iacute;an presente y evidente. <strong>El estruendo de mi voz siempre me recordaba que hab&iacute;a algo desagradable por sentir.&nbsp;</strong></p>
<p>Caminaba todas las tardes buscando una buena merienda. Esa tarde el vac&iacute;o de mi vientre me desesperaba y me afanaba a conseguir algo de comer, as&iacute; no fuese exquisito. <strong>Las necesidades del cuerpo muchas veces no van en consonancia con las del alma y en la necesidad tambi&eacute;n aparece la indecisi&oacute;n.</strong> Tantas opciones y tanta hambre. Tanta sed tambi&eacute;n. Los labios secos y partidos me hac&iacute;an pensarme como un vagabundo mirando arriba, esperando la lluvia para abrir la boca, sacar la lengua y beber del cielo. Los locales cerrados y las tiendas vac&iacute;as me reduc&iacute;an las opciones &iquest;De d&oacute;nde todo el mundo sacaba comida si yo no pod&iacute;a ver nada disponible? Me dol&iacute;a el hambre y me quebraba la sed. &iquest;D&oacute;nde encontrar algo?&nbsp;</p>
<p>​Cerr&eacute; los ojos y empec&eacute; a saborearme un filete de los que hac&iacute;a tiempo no probaba y sent&iacute; sus jugos en mi boca. Presion&eacute; con los dientes cada vez m&aacute;s fuerte y, reafirmando mi propio sabor, arranque el primer pedazo en un gesto impulsivo y desesperado. Una corriente de linfa bajo por mis mejilla junto con la sensaci&oacute;n de hambre y me dediqu&eacute; a saborear mientras miraba el manto de la noche. Al segundo mordisco necesite ayuda de mis manos y templ&eacute; mi sinhueso para arrancar m&aacute;s de &eacute;l, esta vez mi movimiento fue m&aacute;s lento. El tercer, cuarto y quinto bocado no fueron tan grandes como los dos primeros, pero me saciaron, sent&iacute;a satisfacci&oacute;n y placer, me sent&iacute;a llena.</p>
<p>​Despu&eacute;s de esa merienda jam&aacute;s volv&iacute; a gritar.&nbsp;</p>
<h2><strong>&ldquo;Las ni&ntilde;as ricas como t&uacute;&rdquo;</strong></h2>
<p><em>Andre</em></p>
<p><img decoding="async" src="/uploads/ck-uploads/2020/10/30/4.JPG" style="width:100%" alt="El terror de ser mujer en América Latina"></p>
<p>Justo ese d&iacute;a decid&iacute; salir de fiesta con mis amigos (y soy m&aacute;s bien de poca fiesta) disfrute tanto que no sent&iacute; que nada pudiera arruinar mi noche &#8230; a eso de las 3 am, tome un taxi en el carulla de la 85 hacia mi casa, al llegar a mi porter&iacute;a el se&ntilde;or me dijo que eran 20.000 pesos, me dispuse a pagar y cuando me di cuenta me hac&iacute;an falta mil pesos. <strong>Le coment&eacute; al se&ntilde;or la situaci&oacute;n y lo primero que hizo fue cerrar los seguros del carro,</strong> en ese momento sent&iacute; mucho miedo pero lo dej&eacute; pasar, el tipo este me comenz&oacute; a mirar con un morbo tenaz, y luego de unos segundos de silencio me dice: bueno pues la &uacute;nica forma de arreglar este problema es con <strong>un polvito r&aacute;pido</strong>, ah&iacute; si que empec&eacute; a sentir que me mor&iacute;a, miraba por las ventanas y no hab&iacute;a nadie a qui&eacute;n hacerle un gesto pidiendo ayuda, le dije que era un atrevido y que mejor se esperara mientras yo entraba a mi casa por el dinero.&nbsp;El se&ntilde;or, ya de muy mal genio me dijo que no, que no se iba a arriesgar a que yo lo robara porque &ldquo;las ni&ntilde;as ricas son muy ladronas y malas&rdquo; le dije que me dejara bajar del carro&nbsp;y no quer&iacute;a, empez&oacute; a empujar hacia atr&aacute;s su asiento y a moverse hacia mi, me alcanz&oacute; a tocar la pierna mientras me dec&iacute;a que no me iba a hacer nada que ya no me hubieran hecho y que no me fuera a gustar, que se notaba que a m&iacute;&nbsp;eso me gustaba. <strong>Completamente angustiada ca&iacute; en cuenta que en mi tel&eacute;fono ten&iacute;a a mi pap&aacute; como contacto favorito,</strong> as&iacute; que mientras fing&iacute;a seguir aleg&aacute;ndole al se&ntilde;or no s&eacute;&nbsp;c&oacute;mo logre marcarle a mi pap&aacute;, vi que contest&oacute;&nbsp;y lo deje escuchando, gracias a Dios a los 2 minutos sali&oacute; mi pap&aacute; y empez&oacute; a darle golpes a la ventana, mientras el tipo dec&iacute;a que yo le hab&iacute;a dicho que as&iacute; arreglar&iacute;amos el problema. <strong>Desde ese momento nadie de mi familia volvi&oacute; a coger taxi ni yo a irme sola.</strong></p>
<h2><strong>Un temor construido </strong></h2>
<p><em>Diana Lozano</em></p>
<p><img decoding="async" src="/uploads/ck-uploads/2020/10/30/5.JPG" style="width:100%" alt="El terror de ser mujer en América Latina"></p>
<p style="text-align:center"><span style="font-family:Courier New,Courier,monospace">&ndash;Mam&aacute;, &iquest;por qu&eacute; pap&aacute; se levanta de la mesa sin recoger los platos y te ordena hacerlo? &iquest;No puede solo? </span></p>
<p style="text-align:center"><span style="font-family:Courier New,Courier,monospace">&ndash;&Eacute;l no tiene que hacerlo, nenita. Es mi deber como mujer. </span></p>
<p style="text-align:center"><span style="font-family:Courier New,Courier,monospace">&ndash;&iquest;Y por qu&eacute; como mujer no puedes ponerte la falda que tanto te gusta? Te queda s&uacute;per bonita. </span></p>
<p style="text-align:center"><span style="font-family:Courier New,Courier,monospace">&ndash;Es peligroso, nenita, otros hombres aqu&iacute; en la Costa Caribe podr&iacute;an tener malos pensamientos y yo estar&iacute;a insegura. </span></p>
<p style="text-align:center"><span style="font-family:Courier New,Courier,monospace">&ndash;&iexcl;Qu&eacute; raros son los humanos, mam&aacute;! Unos pueden, otros no. Los hombres s&iacute;, las mujeres, no.</span></p>
<p>Mar&iacute;a Antonieta creci&oacute; haci&eacute;ndose preguntas una y otra vez. Y tratando de entender los comportamientos de los hombres y las mujeres de su casa.<strong> Su madre siempre le recordaba el rol que la mujer tiene en la casa, pero pensamientos de oposici&oacute;n retumbaban en su cabeza. </strong>Al crecer, Mar&iacute;a Antonieta decidi&oacute; ir contracorriente y se tatu&oacute; en su pierna un tatuaje como artefacto que le recordara este ideal y la llenara de fuerzas. Ella no quer&iacute;a ser una mujer como las dem&aacute;s. As&iacute; que comienza a exponerlo con una falda corta para que todos lo vean. Tambi&eacute;n, decide ser independiente y se va a vivir sola. En el barrio donde vive, la gente comienza a identificarla. Es f&aacute;cil reconocer a una persona y m&aacute;s si es una chica tatuada. Especialmente, hay un grupo de hombres que la tiene identificada y que decide montarle caser&iacute;a porque no quieren que sus mujeres sean como ella. Constantemente, cuando ella camina, desaceleran sus carros y le lanzan comentarios sexuales para que se incomode. En sus carros se r&iacute;en juntos de esta gracia. Cuando est&aacute; en el supermercado, se le quedan mirando fijamente mientras toma los productos que necesita. La miran de pies a cabeza e intentan acerc&aacute;rsele hasta que ella tiene que irse. Mar&iacute;a Antonieta comienza a sentir miedo de andar sola en la calle, incluso de estar sola en su casa. <strong>Una noche volviendo a casa, un se&ntilde;or mayor le dijo que tuviera mucho cuidado</strong>, que Dios la bendijera porque era peligroso que mujeres como ella andaran solas por ah&iacute;. Mar&iacute;a Antonieta apret&oacute; el paso, sent&iacute;a que era un prodigio sobre lo que pasar&iacute;a al final de la cuadra. Al llegar a la puerta de su casa, sinti&oacute; la presencia de alguien detr&aacute;s, su coraz&oacute;n comenz&oacute; a palpitar&#8230; sab&iacute;a que hab&iacute;a llegado el momento de &quot;justicia&quot; por ir en contra de su profec&iacute;a. No sab&iacute;a si era alguien de verdad o las im&aacute;genes de terror que se hab&iacute;an creado en su cabeza por todas las agresiones que hab&iacute;a recibido recientemente, pero las voces en su cabeza y la sensaci&oacute;n de presencias al caminar la aterrorizaban.</p>
<h2><strong>Un recuerdo tormentoso</strong></h2>
<p><em>Juliana Figueroa</em></p>
<p><img decoding="async" src="/uploads/ck-uploads/2020/10/30/5-2.JPG" style="width:100%" alt="El terror de ser mujer en América Latina"></p>
<p>Eran las 5:30 a.m y, como de costumbre, la alarma son&oacute;. Me levant&eacute;; <strong>dej&eacute; la cama sin hacer y me dirig&iacute; al ba&ntilde;o</strong>. Cepill&eacute; mis dientes mientras el agua que sal&iacute;a de la ducha se calentaba; al salir de ella, me vest&iacute; y arregl&eacute;. Ten&iacute;a 13 a&ntilde;os, as&iacute; que deb&iacute;a alistar los libros correspondientes a las asignaturas del d&iacute;a; cuando termin&eacute; eso, tom&eacute; mis llaves, sal&iacute; de casa y me dirig&iacute; a la parada del colectivo.</p>
<p>Cuando baj&eacute; del colectivo,<strong> camin&eacute; las calles que siempre deb&iacute;a caminar para llegar a la escuela</strong>, pues, desafortunadamente, el transporte no me dejaba frente a ella. &laquo;A&uacute;n me pregunto por qu&eacute; las mujeres debemos sentirnos inseguras y vulnerables en la calle, por qu&eacute; ir solas a lugares comunes como la escuela, puede ser tan <strong>peligroso para nosotra</strong>s&raquo;.</p>
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<p>Siempre ten&iacute;a que cruzar un puente para, despu&eacute;s, caminar la manzana que dirig&iacute;a a mi escuela; pero ese d&iacute;a no camin&eacute; como siempre. Ese d&iacute;a, un tipo que vest&iacute;a chaqueta de cuero, jean y gorro azul, me acos&oacute;, persigui&oacute;, arrincon&oacute; y toc&oacute; la vagina. <strong>Cuando logr&eacute; correr, me alcanz&oacute;, adelant&oacute; e intimid&oacute; con su mirada.</strong></p>
<p>Aquel tipo me persigui&oacute; y acos&oacute;, m&aacute;s o menos, durante un mes. Siempre escapaba antes de que alguien lo reconociese o, siquiera, viese; hasta este momento, tiemblo cuando observo a un sujeto con su misma vestimenta. <strong>Recordarle me genera un lloriqueo insaciable y un vomito inevitable.</strong></p>
<p>Ten&iacute;a 13 a&ntilde;os, iba para la escuela y un tipo, contra mi voluntad, me introdujo en un tema al cual, desde entonces, le temo: la sexualidad.</p>
<h2><strong>D&eacute;rma</strong></h2>
<p><em>Lina Lafont</em></p>
<p><img decoding="async" src="/uploads/ck-uploads/2020/10/30/5-3.JPG" style="width:100%" alt="El terror de ser mujer en América Latina"></p>
<p>El mundo exterior. El terror.<strong> Las historias de tantas como ella, cercanas y extra&ntilde;as.</strong> Tantas historias. Tantas, que ya han dejado de existir. Tantas, que es imposible recordarlas a todas. Y as&iacute;, la vida sigue y la siguiente puede ser ella. La ganadora de un horrible premio en un juego macabro del que nunca acept&oacute; ser parte.</p>
<p>Ella observa desde su balc&oacute;n los andenes, las personas, la luz del sol que cae sobre las monta&ntilde;as. La ciudad se despierta c&aacute;lida y amable. <strong>Es una trampa y ella lo sabe muy bien. </strong>Est&aacute;n ah&iacute;, siempre acechando, siempre prestos a la siguiente oportunidad. Engendros camuflados. Todos diferentes. Todos tan iguales. Todos tan normales. Almas putrefactas ocultas bajo un disfraz perfectamente respetable y cordial. Depredadores implacables y crueles, que se valen de los m&aacute;s viles enga&ntilde;os para lastimar a tantas como ella, cuyo &uacute;ltimo destino es la indiferencia y el olvido.</p>
<p>Es la manera de las cosas, la forma en que siempre han sido y la forma en que siempre ser&aacute;n. Ella lo entiende perfectamente y la mayor&iacute;a de los d&iacute;as ese pensamiento le provoca un asco profundo, un deseo incontenible de zafarse de esa carne fr&aacute;gil y peque&ntilde;a que la contiene. <strong>Desligar su existencia de ese cuerpo</strong> que le pertenece por azar, de ese cuerpo que no es enteramente suyo porque siempre est&aacute;n ellos observ&aacute;ndola, dese&aacute;ndola, lastim&aacute;ndola.</p>
<p>El ascensor est&aacute; vac&iacute;o, pero es un peque&ntilde;o alivio que se desvanece en el momento en que sale del edificio y pisa la calle llena de personas que vienen y van. Siente las miradas sobre su piel y el hormigueo repugnante &#8211; pero familiar- que empieza en su nuca y se extiende imposiblemente lento por su espalda, sus brazos, su rostro. Cada paso es m&aacute;s dif&iacute;cil que el anterior y el aire se atasca en su garganta. En un gesto r&aacute;pido, sin entender muy bien lo que ocurre, su mano derecha se aferra al antebrazo contrario y sus u&ntilde;as se enganchan en la piel blanda que all&iacute; encuentran. De un solo tir&oacute;n arranca la piel.</p>
<p><strong>Un grito se desprende de su garganta y se extiende sobre la ciudad como una onda explosiva.</strong> Luego otro, y otro m&aacute;s, y son tantos que parecen nunca acabar. Pronto, es claro que son cantos de victoria, declaraciones de libertad que acompa&ntilde;an a los trozos de piel que caen al suelo ex&aacute;nimes, empapados de sangre. Con una minuciosidad discordante desprende hasta el &uacute;ltimo pedazo. Primero de sus brazos, luego sus piernas, su abdomen, su rostro. <strong>Delicadamente suelta la delgada piel de entre sus dedos</strong>. Lenta y constante se deshace de su cabello, que golpea el suelo con un chapoteo blando. Poco a poco, en un espect&aacute;culo grotesco del que docenas de caminantes son espectadores reacios, se libera de una carga asfixiante que nunca quiso llevar.</p>
<p>Mira su piel inerme en la acera y es ahora algo ajeno, lejano. Una peque&ntilde;a monta&ntilde;a de piel y sangre y pelo absurda que nunca pudo haberle pertenecido y mucho menos controlado su existencia de la forma en que lo hizo.</p>
<p>El mundo exterior. La libertad propia. El terror ajeno. Las nuevas posibilidades.</p>
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